
Durante mucho tiempo, el modelo clásico del universo parecía claro.
Todo estaba formado por átomos, y estos a su vez por partículas aún más pequeñas.
Parecía lógico pensar que esas partículas constituían los “ladrillos” fundamentales de la realidad.
Pero cuando los físicos comenzaron a estudiar los átomos con mayor precisión, descubrieron algo sorprendente.
Los átomos están compuestos casi completamente de espacio vacío.
Si ampliáramos el núcleo de un átomo hasta el tamaño de una pelota de fútbol, el electrón más cercano estaría a varios kilómetros de distancia.
Entre ambos prácticamente no habría nada.
Esto plantea una pregunta inquietante.
Si los átomos son casi completamente vacíos, ¿por qué el mundo parece sólido?
La respuesta tiene que ver con la forma en que interactúan los campos cuánticos y las probabilidades.
Lo que percibimos como solidez no es realmente materia compacta, sino el resultado de interacciones entre ondas de probabilidad.
Esta idea se volvió aún más extraña con uno de los experimentos más famosos de la física: el experimento de la doble rendija.
En este experimento, partículas como electrones o fotones se comportan como ondas de probabilidad mientras no se observan.
Pero cuando se mide su posición, esas ondas parecen “colapsar” y convertirse en partículas localizadas.
Esto sugiere que el comportamiento de las partículas no está determinado únicamente por propiedades materiales rígidas.
Depende de la información que describe el sistema.

A partir de estas ideas, algunos físicos comenzaron a proponer una visión completamente nueva del universo.
Una de las más famosas fue formulada por el físico John Archibald Wheeler, quien resumió su idea en una frase provocadora: “It from bit”.
Es decir, la existencia surge de la información.
Según esta visión, todo lo que llamamos materia, energía, espacio y tiempo podría surgir a partir de unidades fundamentales de información, similares a los bits en un ordenador.
Para entender esta idea, podemos imaginar un videojuego.
El mundo que aparece en la pantalla parece tridimensional, lleno de objetos, paisajes y personajes.
Sin embargo, en realidad todo está formado por código binario: largas secuencias de ceros y unos.
Cuando el jugador gira la cámara o explora una nueva zona, el sistema genera los detalles del entorno a partir de ese código.
Algunos científicos han sugerido que el universo podría funcionar de manera similar.
Antes de ser observados, ciertos aspectos de la realidad existirían solo como información codificada.
La observación sería el proceso que “actualiza” esa información y la convierte en eventos físicos.
Otra idea fascinante relacionada con esta visión es el llamado principio holográfico.
Según esta hipótesis, toda la información contenida en un volumen de espacio podría estar codificada en su superficie, de forma similar a un holograma.
Este concepto surgió en gran parte del estudio de los agujeros negros.
Los físicos Jacob Bekenstein y Stephen Hawking descubrieron que la información sobre todo lo que cae en un agujero negro no desaparece.
En cambio, parece quedar registrada en su horizonte de sucesos, la superficie que marca el límite del agujero negro.
Esto llevó a una conclusión sorprendente: la cantidad máxima de información que puede contener una región del espacio depende de su superficie, no de su volumen.
Algunos investigadores han propuesto que el universo entero podría funcionar de manera parecida.
En ese caso, nuestra realidad tridimensional sería simplemente una proyección de información codificada en una estructura más fundamental.
Como si todo el cosmos fuera una especie de holograma.
Otra pista de que la información podría ser fundamental aparece cuando se estudia la naturaleza del espacio y el tiempo.
Durante siglos se pensó que el espacio era continuo, como una línea que puede dividirse infinitamente.
Sin embargo, muchas teorías modernas de gravedad cuántica sugieren que el espacio podría estar formado por unidades mínimas indivisibles.
La escala de estas unidades estaría definida por la llamada longitud de Planck, una distancia increíblemente pequeña.
Si esto es cierto, el espacio podría ser algo parecido a una red de píxeles cósmicos.
Y el tiempo, en lugar de fluir de manera continua, podría avanzar en pequeños “fotogramas” discretos.
Este tipo de estructura recuerda mucho al funcionamiento de los sistemas digitales.
Incluso algunos fenómenos físicos parecen tener paralelos con procesos informáticos.

Por ejemplo, existe una velocidad máxima en el universo: la velocidad de la luz.
Nada puede transportar información más rápido que ese límite.
En los sistemas informáticos también existen límites similares, determinados por la velocidad a la que se pueden procesar los datos.
Otro fenómeno misterioso es el entrelazamiento cuántico.
Dos partículas entrelazadas pueden influirse instantáneamente, incluso si están separadas por enormes distancias.
En el marco de la física clásica esto parece imposible.
Pero en un sistema de información centralizado, como un servidor que sincroniza datos para diferentes usuarios, ese tipo de correlación instantánea no sería extraño.
Todo esto ha llevado a algunos científicos a contemplar una idea radical: el universo podría ser un gigantesco proceso de información.
En esta visión, la materia sería simplemente una manifestación de estructuras de información organizadas de cierta manera.
Algo parecido ocurre en biología.
El ADN no es solo una molécula química.
Es un sistema de información que contiene instrucciones para construir y mantener organismos vivos.
Las células interpretan esa información y la convierten en estructuras físicas como proteínas, tejidos y órganos.
De cierta manera, el cuerpo humano es la manifestación material de un programa biológico.
Si la vida funciona así, algunos científicos se preguntan si el universo entero podría operar bajo un principio similar.
En los últimos años incluso se han realizado experimentos que exploran la relación entre información y energía.
Uno de los ejemplos más famosos es el llamado demonio de Maxwell, un experimento mental que muestra cómo el conocimiento sobre un sistema puede permitir extraer trabajo útil de él.
Experimentos modernos han demostrado que la información puede, en ciertos contextos, convertirse en energía utilizable.
Esto refuerza la idea de que energía e información están profundamente conectadas.
Y que quizá la información sea el elemento más fundamental de todos.
Si esta visión resulta correcta, nuestra comprensión del universo cambiaría radicalmente.
La materia, la energía, el espacio y el tiempo dejarían de ser las bases últimas de la realidad.
En su lugar, todo sería una manifestación de información organizada según ciertas reglas.
El universo no sería simplemente una colección de cosas.
Sería un proceso.
Un gigantesco sistema en el que los datos se transforman constantemente en la realidad que experimentamos.
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