Esa noche, en la terraza del hotel, que ya era de los dos, mientras Sofía dormía adentro y la bahía de Cádiz brillaba abajo, Rosa y Villanueva se sentaron el uno junto al otro sin hablar durante un rato.

“¿Sabes lo que pensé el primer día?” , dijo Rosa finalmente. “¿Qué? Que eras el hombre más difícil que había conocido en mi vida.

Era verdad, todavía lo eres a veces. ¿Y qué pensaste después? Rosa lo miró. Que detrás [música] de todo ese blindaje había alguien que había olvidado que podía existir sin él y que ese alguien valía la pena.

Villanueva sostuvo su mirada. ¿Sabes lo que pensé yo el primer día? ¿Qué? Que habías llegado demasiado cerca de la mesa y que tu saludo había tardado 4 segundos de más.

Rosa lo miró fijamente. Mario, y que era la primera persona en años que me miraba a los ojos sin calcular nada.

Silencio. Eso está mejor, dijo Rosa. Estoy aprendiendo. Ella apoyó la cabeza en su hombro.

Abajo, las luces de Caddy se reflejaban en el agua oscura. El restaurante que en otro tiempo había visto huir a tres meseras en una mañana estaba cerrado esa noche decorado con luces para la celebración.

Mañana volvería a abrir. Villanueva volvería a sus estándares imposibles, aunque ya no de la misma forma.

Rosa volvería a la bodega, a los registros, a la carta de vinos que estaba rediseñando para la temporada de otoño.

Y Sofía volvería al colegio el lunes con el corazón sano y un hombre nuevo en casa al que todavía le quedaba por aprender a hacer tortilla de patatas.

No era un cuento, era una vida. Y las vidas reales, las que duran, no empiezan cuando todo es perfecto, empiezan cuando decides quedarte aunque no lo sea.

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