Pensó en el gran salón del miramontes, en la copa de champag, en la apuesta de matrimonio lanzada como insulto, en la sonrisa pequeña y tranquila con la que había respondido cuando ningún ser razonable habría respondido así.

Pensó en que a veces la vida no avisa de los momentos que lo cambian todo.

Simplemente los pone delante y espera a ver qué haces. Pon la música”, dijo. Alguien la puso.

El bandoneón empezó y en el centro de la academia Carmen Ramos, con 100 personas mirando y la foto de su madre en la pared y el proceso judicial en marcha y el plan de negocio que seguía exactamente el calendario previsto, Fernanda Ramos bailó tango esta vez sin que nadie apostara nada, sin que hubiera nada que demostrar.

Solo ella y la música que su madre le había enseñado antes de que supiera hablar y un hombre que había tardado 40 años en aprender a escuchar moviéndose junto sobre la madera del suelo con la torpe precisión de quien todavía está aprendiendo, pero ya sabe por qué quiere aprender.

Guillermo perdió el ritmo en el quinto compás. Lo recuperó en el sexto. Fernanda no dijo nada, solo lo sostuvo como siempre.

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