
La dejaron plantada en su propia boda. Y mientras todos murmuraban, su jefe millonario se acercó despacio, se inclinó hacia ella y susurró, “Finge que soy el novio.
Ya lleva dos horas esperando como idiota. Apuesto lo que sea aquel cobarde ya se rajó.”
Sofía apretó los dedos contra la puerta entreabierta del salón, conteniendo el impulso de salir corriendo.
La voz rasposa del tío Humberto atravesaba las risas contenidas del grupo que se había formado cerca del bar.
200 personas reunidas en el hotel Camino Real y ella podía escuchar cada maldito susurro como si le gritaran directo al oído.
“Pobrecita, ¿te imaginas la vergüenza?” , respondió una voz femenina que Sofía no logró identificar.
Todo ese dinero que gastó don Gerardo, el banquete, las flores, la orquesta y el del novio ni siquiera tuvo los huevos para presentarse.
Una carcajada ahogada. Otra y otra más. El salón entero parecía vibrar con el morvo apenas disimulado.
Sofía cerró los ojos intentando respirar, pero el corsé del vestido de novia la estrangulaba.
Cada inhalación dolía. Cada segundo que pasaba la hundía más profundo en un abismo del que no sabía cómo salir.
Yo lo vi esta mañana subiendo una historia en Instagram, soltó alguien más con ese tono de chisme jugoso que tanto disfrutaba la gente.
Estaba en el aeropuerto. Terminal 2, vuelos internacionales. No El güey se fue del país.
¿Cómo lo oyes? Se fue a Cancún con sus cuates. Ahí está la prueba. Checa mi teléfono.
El murmullo creció como una ola, arrastrando consigo risitas nerviosas, jadeos fingidos de sorpresa, comentarios cada vez más despiadados.
Sofía sintió como sus piernas temblaban bajo el peso de metros y metros de encaje francés.
El ramo de rosas blancas resbaló de sus manos y cayó al suelo con un golpe seco.
Catalina, su mejor amiga, se agachó rápidamente para recogerlo. “Sof, no les hagas caso. Son unos imbéciles”, murmuró Catalina, apretando su brazo con desesperación.
“Vamos a cancelar todo ahorita. Les decimos que hubo una emergencia ahí.” “Una emergencia.” La voz de Sofía salió quebrada, irreconocible.
¿Qué clase de emergencia justifica que el novio desaparezca dos horas antes de la boda?
Todos saben lo que pasó, Kat. Todos. Y era verdad. Los teléfonos ya ardían con capturas de pantalla, videos, mensajes privados.
Almohadilla bodas fallidas 2024 probablemente ya era trending tapic en Twitter. Para mañana, hasta el último conocido compañero de universidad, contacto olvidado de Facebook habría escuchado alguna versión distorsionada de como Sofía Mendoza fue abandonada en su propia boda.
Oigan, Jadens, cuenta. La voz estridente de la tía Leonor cortó el aire como navaja oxidada.
La muchacha sigue ahí escondida como ratón. Alguien tiene que decirle que ya valió madre todo esto.
Que le devuelvan su dinero a don Gerardo y que cada quien se vaya a su casa.
Leonor, no seas insensible, respondió otra voz, aunque sin mucha convicción. La pobre Sofía debe estar destrozada.
Pues sí, pero ¿qué quieres que hagamos? Que nos quedemos aquí toda la tarde esperando un milagro.
El novio se peló. Se acabó el circo. Circo esa palabra retumbó en la cabeza de Sofía con la fuerza de un martillazo.
Eso era lo que todos pensaban. Que esto era un espectáculo, una anécdota jugosa para contar en las próximas reuniones familiares.
¿Te acuerdas cuando la Sofía se quedó esperando en el altar como tonta? Risas. Más risas.
Y ella convertida para siempre en la mujer que no fue suficiente para que su novio cumpliera su promesa.
“Sofía, tu papá viene para acá”, advirtió Catalina con los ojos desorbitados. “Y se ve que está a punto de explotar”.
Gerardo Mendoza atravesaba el salón como toro herido, apartando sillas y empujando gente sin el menor cuidado.
Su rostro estaba rojo, las venas del cuello marcadas, los puños cerrados con tanta fuerza que los nudillos se veían blancos.
Sofía conocía esa expresión. Era la misma de cuando su hermano menor destrozó el coche familiar.
La misma de cuando descubrió que su socio le robaba del negocio. La cara de un hombre cuyo orgullo acababa de ser pisoteado frente a todo el mundo.
¿Dónde está? Rugió llegando hasta donde ella estaba. ¿Dónde está ese hijo de Voy a partirle su madre.
Lo voy a hacer pedazos. Papá, por favor, susurró Sofía, pero su voz se perdió en el estruendo.
Medio millón de pesos. Gritó su padre sacando el teléfono y agitándolo frente a los invitados.
Gasté medio millón de pesos en esta boda y el maldito cobarde se fue a Cancún a emborracharse con sus amigos.
Lo subió a Instagram. Está presumiendo su escapada mientras mi hija lo espera aquí. El salón entero estalló.
Ya no eran susurros, eran gritos, exclamaciones, teléfonos levantándose para grabar, fotografiar, documentar cada segundo de la peor humillación que Sofía había experimentado en sus 28 años de vida.
Su madre apareció corriendo desde el otro lado con el rímel corrido formando surcos negros en sus mejillas.
Mi niña, mi pobre niña. Soyosó Patricia Mendoza abrazándola con tanta fuerza que casi la tira.
¿Cómo pudo hacerte esto? ¿Cómo? Suéltenme, murmuró Sofía intentando zafarse, pero las manos de su madre la apretaban como tenazas.
“Mamá, por favor, suéltame. Lo voy a demandar.” Bramó su padre marcando números frenéticamente. Lo voy a meter a la cárcel.
Va a pagar cada centavo. Se va a arrepentir de haber nacido. Y Gerardo, cálmate.
Intentó intervenir uno de sus tíos, pero fue inútil. Que me calme, que me calme.
Nos dejó en ridículo a mí, a mi hija, a toda mi familia, frente a mis socios, frente a mis clientes, frente a Disculpen.
La voz cortó el caos como visturía, afilado. Todos se voltearon. Un hombre alto, de complexión atlética y traje gris impecable avanzaba por el pasillo central con pasos medidos.
Su presencia irradiaba autoridad sin esfuerzo, como si el simple hecho de estar ahí reorganizara la energía del lugar.
Los invitados se apartaban instintivamente, creando un camino despejado. Sofía levantó la vista limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano y sintió que el mundo se detenía.
Santiago Montero, su jefe, el arquitecto más reconocido de la Ciudad de México, estaba caminando directo hacia ella en medio del desastre más vergonzoso de su vida.
“Señor Montero”, balbuceó Sofía, sintiendo como una nueva ola de humillación la atravesaba. Yo lo siento, no debería estar viendo esto.
Yo Pero Santiago no se detuvo. Llegó hasta donde estaba el altar improvisado, giró para enfrentar a la multitud y habló con esa voz grave que Sofía había escuchado mil veces en juntas de negocios, pero nunca con ese tono particular.
Firme, protector, letal. Lamento mucho la demora”, anunció mirando a los invitados con expresión impasible.
“Tuve un problema con el tráfico en Insurgentes. Un accidente bloqueó tres carriles. Pero ya estoy aquí.”
El silencio que siguió fue absoluto. Sofía parpadeó confundida. “Demora. ¿De qué estaba hablando?” Santiago se volvió hacia ella acortando la distancia en dos ancadas.
Se inclinó apenas lo suficiente para que solo ella pudiera escuchar su siguiente frase, susurrada con una intensidad que le erizó la piel.
Finge que soy el novio. Sofía abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Santiago tomó su mano izquierda con firmeza, entrelazando sus dedos con una naturalidad ensayada.
Sus ojos oscuros la estudiaban con esa misma concentración que ponía al revisar planos arquitectónicos, analizando cada detalle, calculando cada variable.
“Confía en mí”, añadió tan bajo que las palabras apenas rozaron el aire entre ellos.
O déjame hacer esto por ti. Tú decides. El mundo de Sofía se había reducido a ese momento.
A esos ojos que la miraban sin lástima, sin burla, sin el morvo que había visto en todos los demás, solo determinación y algo más que no supo identificar.
Santiago, no puedes murmuró consciente de que los 200 pares de ojos seguían clavados en ellos.
Esto es una locura. No puedes simplemente puedo y lo voy a hacer. Así que necesito que decidas ahorita mismo.
¿Quieres que todos los aquí presentes se vayan a sus casas con la historia de cómo te abandonaron?
¿O prefieres darles algo completamente distinto en qué pensar? Su padre dio un paso al frente frunciendo el ceño.
¿Y usted quién es? ¿Qué está pasando aquí? Santiago soltó la mano de Sofía solo lo suficiente para extender la suya hacia Gerardo Mendoza con gesto cordial.
Santiago Montero, arquitecto, jefe de Sofía en el despacho y el hombre que va a casarse con su hija hoy.
El jadeo colectivo fue ensordecedor. Patricia Mendoza se tambaleó sosteniéndose del brazo de su hermana.
Gerardo Mendoza miró a Santiago como si acabara de anunciar que era extraterrestre. Los murmullos explotaron en todas direcciones, mezclándose en un torbellino incomprensible de sorpresa, confusión, incredulidad.
“¿Qué demonios?” , comenzó su padre. Pero Santiago ya se había vuelto nuevamente hacia Sofía, ignorando por completo el caos que acababa de desatar.
Le tendió la mano abierta, paciente, esperando. Una invitación, una salida, una decisión que cambiaría todo.
Es tu decisión, Sofía, repitió. Pero decídelo ahora. Ella miró esa mano extendida, luego miró a su padre rojo de furia y confusión, a su madre llorando sin parar, a los invitados con los teléfonos alzados grabando, esperando el siguiente capítulo del escándalo.
A Catalina, que la miraba con los ojos como platos, sin saber qué hacer. Y entonces escuchó otra vez la voz del tío Humberto filtrándose entre el ruido.
Este güey, ¿quién se cree? Superman al rescate. Esto ya está para Leticho. Más risas, más burlas, más humillación.
Sofía apretó los dientes, alzó la barbilla y tomó la mano de Santiago Montero con tanta fuerza que sintió como sus dedos se hundían en los de él.
“Hagámoslo”, dijo. Y su voz sonó más firme de lo que había estado en las últimas 3 horas.
Santiago asintió apenas una sonrisa mínima curvando la comisura de sus labios. Luego se volvió hacia el juez del registro civil, que seguía parado junto al altar con expresión de total desconcierto.
“¡Licenciado, ¿podemos proceder con la ceremonia? Lamento el retraso, pero como dije, hubo complicaciones en el tráfico.
El juez parpadeó varias veces, mirando alternativamente a Santiago, a Sofía, a Gerardo Mendoza y de nuevo a Santiago.
Yo necesito verificar los documentos. El acta de nacimiento, la identificación oficial del novio, los testigos.
Tengo todo aquí. Santiago sacó una cartera de piel del interior de su saco y extrajo documentos perfectamente doblados.
Mi identificación, mi acta de nacimiento. Los testigos pueden ser los mismos que ya estaban designados.
¿Algún problema con eso? El juez tomó los documentos con manos temblorosas, revisándolos con meticulosidad profesional.
Sofía aprovechó ese momento para acercarse a Santiago y sicear entre dientes. “¿Traes tu acta de nacimiento a una boda?
¿Quién hace eso?” “Alguien que estaba preparado para cualquier eventualidad”, respondió él sin mirarla, manteniendo esa máscara de serenidad absoluta.
“Esto es una locura. No podemos casarnos de verdad. Tú eres mi jefe. Yo ni siquiera esto no tiene sentido.
Tiene todo el sentido del mundo, replicó Santiago, volteando finalmente para encararla. O prefieres que tu padre termine en la cárcel por intentar matar a Rodrigo cuando lo encuentre, porque créeme, lo va a buscar y conociendo el carácter de don Gerardo, no va a terminar bien.
Sofía miró a su padre, que seguía con los puños apretados, el rostro desencajado, masculando amenazas mientras marcaban números en su teléfono.
Santiago tenía razón. Su padre era capaz de tomar el primer vuelo a Cancún, encontrar a Rodrigo y hacer una estupidez de la que se arrepentiría el resto de su vida.
“Los documentos están en orden”, anunció el juez, aunque su tono seguía siendo dubitativo, “Pero debo advertirles que este es un acto legal vinculante.
Una vez que firmen, estarán legalmente casados ante la ley mexicana. ¿Están seguros de querer proceder?”
Santiago miró a Sofía. Ella sintió el peso de esa mirada, la pregunta silenciosa que contenía.
Todavía podía echarse para atrás, todavía podía decir que no, enfrentar la humillación, dejar que todos se fueran a casa con su versión de los hechos.
O podía hacer esto. Esta locura absoluta que no tenía pies ni cabeza, pero que de alguna manera retorcida tenía sentido.
Estamos seguros, respondió Sofía antes de que su cerebro pudiera convencerla de lo contrario. El juez asintió lentamente.
Muy bien, entonces procedamos. Se volvió hacia los invitados, carraspeó y habló con voz profesional.
Señoras y señores, vamos a dar inicio a la ceremonia civil entre la señorita Sofía Mendoza Gutiérrez y el señor Santiago Montero Villareal.
Les pido que guarden silencio y respeto durante el acto. El murmullo no cesó del todo, pero bajó a un nivel más manejable.
Los teléfonos seguían alzados, los rostros seguían mostrando incredulidad, pero al menos ya no gritaban.
Santiago guió a Sofía hasta el altar con pasos medidos, su mano firme en la parte baja de su espalda.
Un gesto protector que envió escalofríos por toda su columna vertebral. ¿Estás bien?, preguntó él en voz baja mientras se posicionaban frente al juez.
No, respondió Sofía con honestidad brutal. Nada de esto está bien. Lo sé, pero vamos a hacer que parezca que sí.
El juez comenzó a recitar el protocolo estándar leyendo artículos del código civil con tono monótono.
Sofía apenas procesaba las palabras. Su mente seguía dando vueltas, intentando comprender cómo había pasado de estar esperando a Rodrigo a estar parada frente al altar con Santiago Montero, su jefe, el hombre con quien había intercambiado exactamente tres conversaciones personales en 3 años de trabajo.
¿Acepta usted, Santiago Montero Villareal? A Sofía Mendoza Gutiérrez como su legítima esposa? Preguntó el juez.
Acepto, respondió Santiago sin vacilar, mirándola directo a los ojos. El corazón de Sofía dio un vuelco.
Esto estaba pasando. Realmente estaba pasando. ¿Acepta usted, Sofía Mendoza Gutiérrez, a Santiago Montero Villareal como su legítimo esposo?
Sofía abrió la boca. Las palabras se atoraron en su garganta. Todos esperaban. Santiago la miraba con esa intensidad que hacía imposible apartar la vista.
Su padre seguía con el ceño fruncido. Su madre lloraba más fuerte. Catalina se mordía las uñas.
Los invitados contenían la respiración. Acepto, susurró finalmente, y las dos palabras salieron como sentencia.
Por el poder que me confiere la ley, los declaro marido y mujer, anunció el juez.
Puede besar a la novia. Sofía sintió pánico. Eso no lo habían planeado. Bueno, no habían planeado nada de esto, pero definitivamente no habían hablado de besos.
Santiago debió leer el terror en su rostro porque se inclinó apenas, rozando sus labios con los de ella en un contacto tan breve y casto que apenas calificaba como beso.
Pero fue suficiente para desatar una tormenta de aplausos, silvidos, gritos y flases de cámaras.
Ya está”, murmuró Santiago contra su oído. “Ahora sonríe y respira. Lo peor ya pasó.”
Pero mientras se volteaban para enfrentar a los invitados, con las manos entrelazadas y sonrisas forzadas en sus rostros, Sofía no pudo evitar pensar que lo peor apenas comenzaba.
Los aplausos resonaban como truenos distantes mientras Sofía intentaba procesar lo que acababa de hacer.
Casarse. Se había casado con Santiago Montero, su jefe, el hombre que tr horas atrás apenas conocía más allá de juntas ejecutivas y correos corporativos.
La mano de él seguía sosteniendo la suya con firmeza, anclándola a una realidad que se sentía completamente irreal.
Felicidades, mi hijo. La madre de Sofía se acercó tambaleándose, limpiándose el rímel corrido con un pañuelo empapado.
Bienvenido a la familia. Yo, nosotros, no sabíamos que Sofía y tú, su voz se quebró antes de poder terminar la frase.
Santiago inclinó la cabeza con respeto, soltando apenas la mano de Sofía para abrazar brevemente a Patricia Mendoza.
Lamento mucho la confusión, señora. Todo sucedió muy rápido entre nosotros. No quisimos causar problemas.
Problemas. Gerardo Mendoza apareció detrás de su esposa con el rostro todavía enrojecido, pero la furia transformada en desconcierto.
Jovencito, usted me debe una explicación. Mi hija estaba comprometida con otro hombre hace 5 minutos.
Y ahora resulta que, “Papá, por favor”, interrumpió Sofía sintiendo como el pánico comenzaba a trepar por su garganta.
“No es el momento. Hay 200 personas esperando. Podemos hablar después.” Su padre la miró como si fuera una extraña.
Y tal vez lo era. La Sofía que él conocía nunca habría hecho algo así.
Nunca habría tomado una decisión tan impulsiva, tan irracional, tan completamente fuera de carácter. Pero esa Sofía tampoco había sido abandonada en su boda frente a toda su familia y amigos.
“Tu padre tiene razón en querer respuestas”, intervino Santiago con calma. “Y se las daré.”
Pero como bien dice Sofía, ahora mismo debemos atender a los invitados. Gastaron tiempo y esfuerzo para estar aquí.
Sería descortés de nuestra parte no agradecer su presencia. La lógica fría y razonable de Santiago desarmó cualquier argumento.
Gerardo apretó la mandíbula, asintió bruscamente y se alejó masculando algo ininteligible. Patricia Mendoza los miró a ambos con ojos llorosos antes de seguir a su esposo.
Sofía exhaló el aire que no sabía que estaba conteniendo. “Respira”, murmuró Santiago sin mirarla, manteniendo esa sonrisa cortés mientras saludaba con la cabeza a los invitados que comenzaban a acercarse.
“Mantén la compostura. Solo unas horas más y esto termina.” “¿Y después qué?” Siseo Sofía entre dientes, forzando una sonrisa cuando la tía Leonor pasó frente a ellos con expresión suspicaz.
Después lo arreglamos, pero ahora mismo necesito que actúes como si esto fuera exactamente lo que querías.
Catalina llegó corriendo con los tacones repiqueteando contra el piso de mármol. “Sof, ¿qué demonios acaba de pasar?
¿Te casaste con tu jefe? ¿Estás loca? Probablemente, admitió Sofía sintiendo como la histeria amenazaba con burbujear desde su pecho.
Pero ya está hecho, Katá. Ya firmé. Ya dije que sí. Ya. Tú debes ser Catalina.
Interrumpió Santiago, extendiendo su mano libre hacia la mejor amiga de Sofía. He escuchado mucho sobre ti.
Sofía habla de ti todo el tiempo. Catalina estrechó su mano con recelo, estudiándolo como si fuera un rompecabezas que necesitaba resolver.
No recuerdo que Sofía me haya mencionado nada sobre ustedes dos. Ni una sola vez.
Preferíamos mantenerlo privado, respondió Santiago sin vacilar. Dadas las circunstancias laborales, parecía lo más sensato.
Claro, sensato, porque casarse de sorpresa en medio de un desastre es sersensato. Katá, por favor, rogó Sofía.
No, ahora. Su amiga la miró con una mezcla de preocupación y frustración antes de suspirar.
Está bien, pero tú y yo vamos a tener una conversación muy larga después de esto.
¿De acuerdo? Sofía sintió agradecida de que al menos Catalina no montara un escándalo adicional.
El coordinador del evento se acercó con su portapapeles, luciendo considerablemente más aliviado que hace 20 minutos.
Señores, procedemos con la recepción. El banquete está listo. La orquesta espera instrucciones y los invitados comienzan a preguntar por el brindis.
Santiago consultó su reloj, un Patc Philip que probablemente costaba más que el auto de Sofía.
Adelante, todo según lo planeado. Perfecto. Entonces, si me acompañan al salón principal, los siguientes 30 minutos fueron un borrón de caras sonrientes, felicitaciones forzadas y miradas curiosas.
Sofía estrechó más manos de las que podía contar, recibió abrazos de parientes que apenas conocía y sonrió hasta que le dolieron las mejillas.
Santiago se movía a su lado con naturalidad ensayada, respondiendo preguntas con evasivas elegantes, desviando conversaciones incómodas hacia temas más seguros.
“Es un guapo tu esposo”, le susurró una prima lejana al oído. “Y se nota que tiene dinero.
Mira nada más ese traje, esos zapatos. Ese reloj debe costar lo que mi casa.
Sí, respondió Sofía automáticamente, sin saber qué más decir. ¿Y cómo se conocieron? Porque apenas ayer me dijiste que te ibas a casar con Rodrigo y ahora.
Fue complicado, interrumpió Sofía. Disculpa, creo que mi mamá me está llamando. Huyó antes de que su prima pudiera hacer más preguntas.
Se refugió momentáneamente junto a una de las columnas decoradas con guirnaldas de flores blancas, intentando recuperar el aliento.
El corsé seguía apretándole las costillas, el velo pesaba toneladas sobre su cabeza. Los zapatos de tacón le estaban destrozando los pies y lo peor de todo era la sensación constante de estar actuando en una obra de teatro donde nadie le había dado el guion.
¿Estás bien? La voz de Santiago la sobresaltó. No lo había escuchado acercarse. Él le ofreció una copa de champañe que ella aceptó con manos temblorosas.
No, admitió bebiendo un largo trago que le quemó la garganta. No estoy bien. Nada de esto está bien.
Lo sé, pero lo estás manejando mejor de lo que crees. Mejor, Santiago, me acabo de casar contigo.
No sé ni siquiera cuál es tu color favorito. No sé si tienes hermanos. No sé dónde vives.
No sé absolutamente nada de ti, excepto que eres un genio de la arquitectura y que odias el café descafeinado.
Una sonrisa mínima curvó los labios de Santiago. Azul marino. Tengo una hermana que vive en Barcelona.
Vivo en un pento en Polanco y tengo razón en odiar el café descafeinado porque es una blasfemia contra la naturaleza.
A pesar de todo, Sofía sintió una risa histérica burbujeando en su pecho. Esto es una locura.
Completamente, acordó Santiago. Pero es una locura con solución. Escucha, sé que esto es mucho.
Sé que no me conoces, pero te prometo que vamos a arreglar esto. Solo necesitamos pasar hoy, dejar que la gente se vaya tranquila y mañana nos sentamos a hablar con calma sobre qué sigue.
¿Y qué sigue?, preguntó Sofía mirándolo directamente. Un divorcio express. Fingir durante un tiempo. ¿Qué exactamente planeaste cuando decidiste hacer esto?
Santiago la estudió en silencio durante un momento que se sintió eterno. Había algo en sus ojos que Sofía no lograba descifrar, algo más profundo que simple compasión o sentido del deber.
“Lo que tú necesites que siga”, respondió finalmente. Esto lo hice por ti, Sofía. No por obligación, no por lástima, porque los novios para el brindis, anunció el coordinador con entusiasmo excesivo, interrumpiendo lo que Santiago iba a decir.
Sofía quiso gritarle que esperara, que necesitaba escuchar el final de esa frase, pero ya los estaban guiando hacia el centro del salón, donde dos copas de cristal los esperaban sobre una mesa decorada.
La orquesta comenzó a tocar una melodía romántica. Los invitados formaron un círculo alrededor de ellos.
Los teléfonos se alzaron nuevamente, capturando cada ángulo. Santiago tomó su copa y la alzó, mirando primero a los invitados antes de volverse hacia Sofía.
Quiero agradecer a todos por estar aquí hoy. Sé que las circunstancias han sido inusuales, pero la vida rara vez sigue los planes que hacemos.
A veces nos sorprende, a veces nos da exactamente lo que necesitamos en el momento menos esperado.
Hizo una pausa y sus ojos encontraron los de Sofía con una intensidad que le cortó la respiración.
Sofía, desde el primer día que entraste a trabajar al despacho, supe que eras diferente.
Tu dedicación, tu inteligencia, tu capacidad para resolver problemas que otros ni siquiera ven. Pero más que eso, tu bondad.
Tu forma de tratar a cada persona con respeto, sin importar su posición. Eso es algo que no se enseña.
Eso simplemente se es. Sofía sintió como las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos.
No eran palabras vacías. Santiago las decía con una convicción que resonaba verdadera. No sé que nos depara el futuro continuó él.
Nadie lo sabe, pero sé que quiero enfrentarlo contigo. Así que brindo por nosotros, por lo inesperado, por lo imperfecto, por tener el valor de dar saltos de fe cuando el suelo desaparece bajo nuestros pies.
Los aplausos estallaron, los invitados vitorearon, alguien gritó, “¡Beso! Beso!” Y pronto todo el salón coreaba lo mismo.
Santiago arqueó una ceja en pregunta silenciosa. Sofía asintió apenas, preparándose para otro rose casto como el del altar.
Pero cuando los labios de Santiago tocaron los suyos, esta vez no fue breve ni caso.
Fue lento, deliberado, consumidor. Una mano se deslizó hasta su cintura, atrayéndola más cerca. La otra sostenía su rostro con una ternura que contrastaba con la intensidad del beso.
Sofía sintió como el mundo se disolvía en los bordes, como el ruido se convertía en un zumbido distante, como cada terminación nerviosa de su cuerpo cobraba vida por primera vez en meses.
Cuando finalmente se separaron, ambos estaban sin aliento. Los invitados se enloquecieron con silvidos y aplausos, pero Sofía apenas los escuchaba.
Solo podía mirar a Santiago, a esos ojos oscuros que ahora brillaban con algo que definitivamente no era fingido.
“¿Qué fue eso?” , susurró ella, todavía aturdida. “Acuación convincente”, respondió Santiago, pero su voz sonaba ronca, afectada.
“Eso no fue actuación.” No, admitió él después de un momento. No lo fue. Antes de que Sofía pudiera procesar esa confesión, la orquesta comenzó a tocar el bals de los novios.
Santiago la guió hacia el centro de la pista de baile, su mano firme en la parte baja de su espalda.
Los invitados se apartaron, formando un círculo, observando mientras ellos comenzaban a moverse al ritmo de la música.
¿Sabes bailar?, preguntó Sofía, consciente de cada centímetro donde sus cuerpos se tocaban. “Tuve clases obligatorias en la universidad”, respondió Santiago.
Arquitectura y baile de salón. Extraña combinación, lo sé. Extraña pero útil en momentos como este.
Momentos como casarte improvisadamente con tu jefe. Sí, definitivamente algo que vale la pena incluir en el currículum universitario.
Sofía Río, una risa genuina que la sorprendió incluso a ella misma. Tiene sentido del humor.
No lo sabía. Hay muchas cosas que no sabes de mí, murmuró Santiago, haciéndola girar con gracia.
Pero tendrás tiempo de descubrirlas. ¿Cuánto tiempo exactamente? Porque esto no puede durar para siempre.
Eventualmente alguien va a darse cuenta de que shh la interrumpió él acercándola un poco más.
No pienses en eso ahora. Solo baila conmigo. Solo por esta canción olvida todo lo demás.
Y Sofía lo hizo. Se permitió cerrar los ojos, apoyar la cabeza contra el hombro de Santiago, sentir como la música los envolvía.
Se permitió olvidar que hace 4 horas estaba esperando a otro hombre. Olvidar que esto era una farsa nacida de la desesperación.
Olvidar que en algún momento tendría que enfrentar las consecuencias de esta decisión impulsiva. Por esa canción, por esos 3 minutos y 40 segundos, se permitió fingir que esto era real.
La noche había caído sobre la Ciudad de México cuando el último invitado finalmente se marchó.
Sofía observaba las luces de los coches desapareciendo por el estacionamiento del hotel desde una de las ventanas del salón, consciente de que el momento que había estado posponiendo durante 6 horas finalmente había llegado.
Ya no había más actuaciones que mantener. Ya no había más sonrisas forzadas ni conversaciones superficiales.
Solo quedaban ella y Santiago, y una realidad que ninguno de los dos sabía cómo enfrentar.
¿Quieres que llame a tu familia? La voz de Santiago rompió el silencio desde algún lugar detrás de ella.
Tu padre se fue bastante molesto. Tal vez deberíamos aclarar las cosas con ellos esta noche.
Sofía negó con la cabeza sin voltear. No, no, esta noche no puedo. No tengo energía para más confrontaciones hoy.
Los pasos de Santiago se acercaron hasta que ella pudo ver su reflejo en el cristal de la ventana, parado a menos de un metro de distancia.
Se había quitado el saco y aflojado la corbata. Las mangas de su camisa blanca estaban arremangadas, revelando antebrazos bronceados y sorprendentemente musculosos para alguien que pasaba la mayor parte del tiempo detrás de un escritorio.
Sofía apartó la mirada de esa imagen, sintiendo como un calor incómodo trepaba por su cuello.
“Reservé la suite nupsial”, dijo Santiago. El coordinador del evento insistió. Aparentemente viene incluida en el paquete que tu padre contrató, la suite nupsial.
Por supuesto, porque eso era exactamente lo que necesitaba este desastre, compartir una habitación romántica con el hombre que técnicamente era su esposo, pero que seguía siendo prácticamente un extraño.
“¿Puedo quedarme en otra habitación si prefieres?” , añadió Santiago rápidamente, como si hubiera leído su incomodidad.
De hecho, probablemente sea lo mejor. No quiero que te sientas presionada o no, interrumpió Sofía, sorprendiéndose a sí misma.
Ya hicimos suficiente escándalo por un día. Si alguien del personal ve que dormimos separados la noche de nuestra boda, mañana estará en todos los grupos de chismes del hotel.
Santiago asintió lentamente. Entonces compartimos la suit. Yo puedo dormir en el sofá, Santiago, mides como 1,85.
No vas a caber en ningún sofá. He dormido en lugares peores durante proyectos de construcción.
Estaré bien. La tensión entre ellos era palpable, como un cable eléctrico tirante a punto de romperse.
Sofía finalmente se volvió para enfrentarlo, cruzando los brazos sobre su pecho. El vestido de novia de pronto se sentía ridículo.
Un disfraz elaborado para una fantasía que nunca existió. ¿Por qué lo hiciste? Preguntó necesitando escuchar la respuesta que habían interrumpido antes.
Y no me digas que fue por compasión o por sentido del deber. Nadie se casa con alguien por esas razones.
Santiago la miró durante un largo momento, sus ojos oscuros escaneando su rostro como si estuviera buscando las palabras correctas en un idioma que no dominaba del todo.
Finalmente suspiró pasándose una mano por el cabello perfectamente peinado, desordenándolo por primera vez en todo el día.
“Porque no podía quedarme ahí parado viendo cómo te destrozaban”, admitió. Escuché lo que decían, los comentarios, las risas, el morvo.
Y vi tu cara cuando saliste de esa habitación. Vi cómo intentabas mantener la compostura mientras tu mundo se desmoronaba y simplemente no pude soportarlo.
Pero eso no explica por qué decidiste casarte conmigo. Pudiste haber hecho mil cosas diferentes.
Pudiste haberme sacado de ahí, cancelar todo, ayudarme a escapar. No tenías que casarme contigo, completó Santiago.
Tienes razón. No tenía que hacerlo, pero en ese momento parecía la única solución que resolvía todos los problemas a la vez.
Tu padre estaba a punto de hacer algo de lo que se arrepentiría. Tu familia iba a pasar semanas, tal vez meses procesando la humillación.
Los invitados se habrían ido con una historia que te perseguiría por años. Y tú, tú te habrías culpado a ti misma por todo esto cuando nada de esto fue tu culpa.
Sofía sintió como las lágrimas que había estado conteniendo todo el día finalmente comenzaban a desbordarse.
Intentó limpiárselas rápidamente, pero Santiago ya se había acercado, ofreciéndole un pañuelo de tela que sacó del bolsillo de su pantalón.
No llores”, murmuró él con una suavidad que Sofía nunca le había escuchado antes. “Ya lloraste suficiente por un hombre que no lo merece.”
“¿Y ahora qué?” , preguntó Sofía, su voz quebrada. “¿Qué hacemos con este matrimonio? ¿Nos divorciamos la próxima semana?
¿Fingimos durante un tiempo? ¿Seguimos trabajando juntos como si nada hubiera pasado?” Honestamente, no lo sé”, admitió Santiago.
“No tenía un plan más allá de hoy. Solo sabía que necesitaba ayudarte en ese momento.
Eso es muy noble de tu parte. Pero los matrimonios no funcionan con nobleza, funcionan con amor”, sugirió Santiago, y algo en su tono hizo que Sofía lo mirara más de cerca.
Sí, amor. Y nosotros no nos amamos, apenas nos conocemos. Santiago dio un paso más cerca, reduciendo la distancia entre ellos a centímetros.
Sofía tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para mantener el contacto visual, consciente de cada respiración, cada latido acelerado de su corazón.
¿Quieres saber un secreto?, preguntó él, su voz apenas un susurro. Ese beso en la pista de baile no fue actuación.
Y creo que tú también lo sentiste. Sofía abrió la boca para negarlo, pero las palabras se atoraron en su garganta.
Porque tenía razón, lo había sentido. Ese momento cuando todo lo demás desapareció y solo existían ellos dos, moviéndose al ritmo de la música, conectados de una manera que no tenía explicación lógica.
Eso no significa nada, logró decir finalmente. Fue adrenalina. Fue el momento. Fue química, sugirió Santiago y la sonrisa leve que curvó sus labios hizo que el estómago de Sofía diera un vuelco.
Porque eso es lo que fue, Sofía. Química. Y no puedes fingir eso, no puedes fabricarlo.
Simplemente existe o no existe. ¿Estás loco? Murmuró ella, retrocediendo un paso. Esto es una locura.
Hace 12 horas ibas a ser solamente mi jefe. Ahora eres mi esposo y estás hablando de química y y tú estás asustada.
Interrumpió Santiago. Lo entiendo. Yo también lo estoy. Pero eso no cambia el hecho de que hay algo aquí.
Algo que vale la pena explorar. Explorar. Sofía soltó una risa histérica. Santiago, no somos adolescentes experimentando con su primer amor.
Somos dos adultos que tomaron una decisión impulsiva y ahora tenemos que lidiar con las consecuencias.
Tienes razón, concedió él. Somos adultos, así que actuemos como tales. Hablemos honestamente sobre lo que queremos.
¿Y qué es lo que tú quieres? La pregunta quedó suspendida entre ellos como una bomba sin detonar.
Santiago la miró con esa intensidad que hacía imposible apartar la vista, esos ojos que parecían ver más allá de las defensas que Sofía había construido cuidadosamente durante todo el día.
Quiero darte tiempo”, respondió finalmente. Tiempo para procesar lo que pasó con Rodrigo. Tiempo para conocerme más allá de la relación jefe empleada.
Tiempo para decidir qué quieres hacer con este matrimonio sin presiones ni expectativas. Y mientras tanto, mientras tanto, vivimos, seguimos con nuestras vidas.
Yo no voy a exigirte nada. No voy a presionarte para que esto sea algo que no estás lista para que sea, pero tampoco voy a fingir que no siento lo que siento.
Sofía sintió como su corazón se aceleraba peligrosamente. ¿Y qué es lo que sientes? Santiago dio otro paso hacia ella, tan cerca ahora que Sofía podía sentir el calor emanando de su cuerpo.
Podía percibir el aroma sutil de su colonia mezclado con algo más personal, más masculino.
“Siento que ese beso fue la cosa más real que me ha pasado en años”, murmuró él.
Siento que cuando te veo cada mañana en la oficina, mi día mejora automáticamente. Siento que conocer tu risa genuina, esa que sueltas cuando crees que nadie está escuchando, es algo que quiero experimentar todos los días.
Y siento que lo que hice hoy no fue solo para salvarte de la humillación, fue también porque la idea de que otro hombre te lastimara me resultaba insoportable.
El silencio que siguió fue ensordecedor. Sofía podía escuchar su propia respiración entrecortada. Podía sentir como cada palabra de Santiago se clavaba en algún lugar profundo de su pecho.
En un sitio que había mantenido cerrado durante los últimos meses con Rodrigo. “No puedo procesar esto ahora”, susurró finalmente.
“Es demasiado. Todo es demasiado. Lo sé.” Santiago retrocedió dándole espacio. Por eso propongo que esta noche simplemente descansemos.
Mañana con la cabeza más clara podemos empezar a resolver todo esto. Sofía asintió agradecida por la tregua temporal.
Santiago se dirigió hacia la puerta donde el coordinador del evento había dejado sus maletas antes de irse.
Tomó la de Sofía y la colocó cerca del baño. Date una ducha. Cámbiate, ponte cómoda, yo esperaré aquí afuera.
Santiago lo detuvo Sofía cuando él ya tenía la mano en el pomo de la puerta.
Gracias por todo, por hoy, por por salvarme. Él se volvió y la sonrisa que le dedicó fue genuina, cálida, completamente diferente a las expresiones profesionales que Sofía había visto durante 3 años en la oficina.
No te salvé. Sofía, solo te recordé que eres lo suficientemente fuerte para salvarte a ti misma.
Cuando la puerta se cerró detrás de él, Sofía se dejó caer en el borde de la cama Kings y se cubierta con pétalos de rosa.
Tomó uno de los pétalos entre sus dedos, sintiendo su textura suave, su fragilidad. Toda la suite estaba decorada para una noche romántica que se suponía debía compartir con Rodrigo.
Velas aromáticas, champaño, chocolate en forma de corazón sobre las almohadas. Pero Rodrigo estaba en Cancún, probablemente borracho en algún bar, celebrando su escape exitoso.
Y ella estaba aquí, casada con un hombre que acababa de confesar tener sentimientos por ella.
Un hombre que la conocía mejor de lo que ella pensaba. Un hombre que había arriesgado todo para protegerla de la humillación más grande de su vida.
Sofía miró su reflejo en el espejo del tocador. El maquillaje estaba corrido, el peinado desechó, el vestido arrugado.
Lucía exactamente como se sentía, destruida y rearmada al mismo tiempo, como algo que había sido roto y pegado con un material diferente, más fuerte, más resistente.
Se quitó lentamente el vestido de novia, dejando que cayera al suelo en un montón de encaje y satén.
Lo miró durante un largo momento antes de patearlo hacia un rincón. Mañana tendría que lidiar con las explicaciones, con las consecuencias, con todas las decisiones que había tomado hoy.
Mañana tendría que enfrentar a su familia, hablar con Santiago sobre los siguientes pasos, decifrar qué significaba realmente todo esto.
Pero esta noche solo quería cerrar los ojos y pretender, aunque fuera por unas horas, que el mundo tenía sentido.
El agua caliente de la regadera golpeaba la espalda de Sofía con una presión que rozaba lo doloroso, pero era exactamente lo que necesitaba.
Dejó que el vapor llenara el baño de mármon mientras intentaba procesar las últimas 12 horas de su vida.
12 horas. Eso era todo lo que había tomado para que su mundo se volteara completamente de cabeza.
Cerró los ojos apoyando las manos contra las baldosas frías y permitió que los eventos del día la inundaran sin filtros.
Rodrigo abandonándola. Los susurros crueles de los invitados. Santiago apareciendo como una aparición imposible. El beso en el altar, el brindis, el bals y luego esa conversación en la suite, esas palabras que habían encendido algo en su pecho que no sabía cómo nombrar.
Siento que ese beso fue la cosa más real que me ha pasado en años.
Las palabras de Santiago resonaban en su cabeza como un eco persistente. ¿Cómo era posible que un hombre que apenas conocía pudiera decir exactamente lo que ella necesitaba escuchar?
¿Y por qué su cuerpo reaccionaba de esa manera cada vez que él se acercaba?
Era su jefe, por el amor de Dios. Su jefe, guapo, inteligente, exitoso, que aparentemente había estado observándola durante tres años sin que ella se diera cuenta.
Sofía apagó la regadera y salió envuelta en una toalla blanca esponjosa. Revisó su maleta agradeciendo mentalmente a Catalina por haber empacado algo más que el ridículo conjunto de lencería que había comprado para su luna de miel.
Encontró una pijama de algodón cómoda, nada seductora, perfecta para la situación incómoda en la que se encontraba.
Cuando salió del baño, encontró a Santiago parado junto a la ventana, mirando las luces de la ciudad.
Se había cambiado a una camiseta gris y pantalones deportivos. Sin el traje formal, Lucía más joven, más accesible, menos como el arquitecto millonario y más como un hombre normal, lidiando con una situación extraordinaria.
¿Te sientes mejor? Preguntó él sin voltear, como si hubiera sentido su presencia más limpia, al menos, respondió Sofía, pasándose una mano por el cabello húmedo.
No sé si mejor es la palabra correcta. Santiago finalmente se volvió y Sofía notó las líneas de cansancio alrededor de sus ojos.
Había sido un día largo para ambos. Él señaló hacia el servicio a cuarto que había pedido mientras ella se bañaba.
Dos platos de pasta, ensalada, pan y una botella de vino tinto. Pensé que tendrías hambre.
No comiste nada en la recepción. Sofía sintió como su estómago gruñía en respuesta. Tenía razón.
Había estado tan ocupada sonriendo y actuando que no había probado bocado desde el desayuno, que ahora parecía haber sido en otra vida.
Gracias”, murmuró sentándose en uno de los sillones cerca de la mesa. “No tenías que hacer esto.”
“Claro que sí.” Santiago tomó asiento frente a ella, sirviendo vino en dos copas. Necesitas comer y yo también necesito procesar todo esto con algo en el estómago.
Comieron en silencio durante los primeros minutos. Un silencio que sorprendentemente no resultaba incómodo. Era casi compañerismo.
Como si después de sobrevivir juntos la batalla del día hubieran ganado el derecho a simplemente existir en el espacio del otro sin necesidad de llenar cada segundo con palabras.
¿Qué le vas a decir a tu familia mañana? Preguntó finalmente Santiago dejando su tenedor.
Tu padre prácticamente exigió explicaciones. Sofía suspiró dando un largo trago a su vino. La verdad, supongo, o al menos una versión de ella, que Rodrigo me dejó, que tú me ayudaste, que las cosas se complicaron y el trabajo.
Esta pregunta la había estado carcomiendo desde que firmó el acta de matrimonio. No lo sé.
¿Cómo vamos a manejar esto? No podemos seguir trabajando juntos como si nada hubiera pasado.
Todo el despacho se va a enterar. Probablemente ya se enteraron, señaló Santiago. Las redes sociales se mueven rápido.
Para mañana en la mañana, cada persona en el despacho habrá visto al menos tres versiones diferentes de lo que pasó hoy.
Sofía sintió náuseas. No había pensado en eso. Sus compañeros de trabajo, los clientes, los proveedores, todos sabrían que se había casado con su jefe el mismo día que su novio la abandonó.
Las especulaciones serían despiadadas. Hey! La voz de Santiago la sacó de su espiral de pánico.
Mírame. Ella obedeció, encontrándose con esos ojos oscuros que la estudiaban con preocupación genuina. “Vamos a manejar esto juntos”, continuó él.
“Si alguien tiene algo que decir, que lo diga a mi cara. Y si alguien se atreve a faltarte al respeto, va a tener que responder ante mí.”
¿Entendido? La ferocidad protectora en su voz hizo que algo se removiera en el pecho de Sofía.
Rodrigo nunca la había defendido así. Nunca había peleado por ella. Siempre había sido ella la que tenía que suavizar situaciones, disculparse por cosas que no eran su culpa, hacer que todo funcionara.
¿Por qué haces esto? Preguntó en voz baja. ¿Por qué te importa tanto? Santiago dejó su copa sobre la mesa y se inclinó hacia delante, acortando la distancia entre ellos.
Porque llevo tres años viéndote dar todo de ti en ese despacho. Viéndote llegar temprano, irte tarde, resolver problemas que no son tu responsabilidad, viéndote sonreír incluso cuando sé que estás cansada o frustrada.
Y también te vi con Rodrigo. Sofía parpadeó sorprendida. ¿Qué? Las pocas veces que él fue al despacho a recogerte, vi cómo te hablaba, como si fuera su asistente personal en lugar de su pareja, como si tus logros fueran menos importantes que los suyos.
Y vi cómo tú te hacías pequeña cada vez que él estaba cerca, como si necesitaras ocupar menos espacio para que él pudiera brillar más.
Las palabras golpearon a Sofía como puñetazos porque eran verdad. Cada una de ellas era verdad.
Y el hecho de que Santiago lo hubiera notado cuando ella misma apenas estaba empezando a admitirlo era devastador.
“Yo lo amaba”, susurró, aunque las palabras son huecas incluso para ella. “¿Lo amabas o amabas la idea de lo que se suponía que debía ser?”
, preguntó Santiago con suavidad. Porque desde afuera Sofía no parecía amor, parecía costumbre, parecía miedo a quedarte sola, parecía conformarte con menos de lo que mereces porque era más fácil que admitir que estabas con el hombre equivocado.
Sofía sintió las lágrimas amenazando con desbordarse nuevamente, pero esta vez no eran lágrimas de humillación o tristeza, eran lágrimas de reconocimiento, de finalmente escuchar en voz alta lo que su subconsciente había estado gritándole durante meses.
“Él me hizo sentir pequeña,”, admitió, las palabras saliendo en un susurro quebrado, “Cada vez más pequeña.”
Y yo dejé que lo hiciera porque porque tenía miedo de que si exigía más me quedara sin nada.
Santiago se levantó de su silla y se arrodilló frente a ella, tomando sus manos entre las suyas.
El gesto era tan inesperado, tan tierno, que Sofía no pudo evitar mirar esos ojos que la veían como si fuera algo valioso, algo digno de ser cuidado.
“Escúchame bien, Sofía Mendoza”, dijo él con una intensidad que le cortó la respiración. Tú no eres pequeña, eres brillante, talentosa, capaz de cosas que la mayoría de la gente ni siquiera puede imaginar.
Y cualquier hombre que no vea eso, que no celebre eso cada maldito día, no merece ni un segundo de tu tiempo, Santiago.
Y sé que esto es complicado. Sé que tu vida acaba de explotar y que lo último que necesitas es más presión, pero también necesito que sepas que cuando te miro no veo a una asistente ejecutiva, no veo a una empleada, veo a una mujer extraordinaria que merece ser amada exactamente como es, sin tener que hacerse pequeña para que alguien más se sienta grande.
Sofía sintió como su corazón latía tan fuerte que estaba segura de que Santiago podía escucharlo.
Las defensas que había estado manteniendo cuidadosamente durante toda la noche comenzaban a resquebrajarse, revelando algo vulnerable y aterrador debajo.
“No sé cómo hacer esto”, confesó. “No sé cómo ser tu esposa. No sé cómo dejarte entrar.”
“Tengo miedo.” “¿De qué? ¿De qué?” La instó Santiago cuando ella se detuvo. De que esto sea demasiado bueno para ser real.
De que despierte mañana y descubra que solo fuiste amable porque sentías lástima de que cuando me conozcas de verdad, cuando veas todos mis defectos y mis inseguridades, te des cuenta de que no valía la pena el riesgo que tomaste.
Santiago soltó una de sus manos para acariciar su mejilla con el pulgar, limpiando una lágrima que había escapado.
¿Quieres saber lo que veo cuando te miro? Sofía asintió incapaz de hablar. Veo a alguien que se presenta todos los días y da lo mejor de sí, incluso cuando nadie está mirando.
Veo a alguien que trata al personal de limpieza con el mismo respeto que a los clientes millonarios.
Veo a alguien que se quedó hasta las 2 de la mañana ayudando a un compañero con un proyecto que ni siquiera era su responsabilidad.
Veo fortaleza disfrazada de amabilidad. Veo inteligencia mezclada con humildad. Y sí, también veo inseguridades y defectos porque eres humana, pero eso no te hace menos extraordinaria, eso te hace real.
Sofía no supo quién se movió primero. Tal vez ambos lo hicieron al mismo tiempo, atraídos por una fuerza que ninguno de los dos podía nombrar.
Lo único que supo fue que de pronto los labios de Santiago estaban sobre los suyos y este beso no era como los otros.
No era para el público, no era actuación, era hambre y necesidad y algo mucho más peligroso.
Las manos de Santiago se enredaron en su cabello húmedo, atrayéndola más cerca. Sofía respondió con la misma intensidad, dejando que todo el dolor y la confusión del día se transformaran en esto, en esta conexión física que tenía más sentido que cualquier palabra.
Se movieron torpemente hacia la cama, tropezando con la mesa de café, riendo contra los labios del otro cuando casi cayeron.
Santiago la depositó suavemente sobre el colchón, sosteniéndose sobre ella con los brazos a cada lado de su cabeza.
Sus ojos la escanearon con una pregunta silenciosa, dándole espacio para retroceder si lo necesitaba.
¿Estás segura? Preguntó con voz Ronka. Podemos parar. No tienes que hacer nada que no quieras.
Sofía lo miró. Este hombre que había aparecido de la nada y había cambiado todo.
Este hombre que la veía realmente la veía de una manera que nadie más lo había hecho y tomó una decisión.
Estoy segura susurró atrayéndolo hacia ella. Por primera vez en mucho tiempo estoy completamente segura de algo.
Y cuando sus cuerpos se encontraron, cuando cada toque encendió terminaciones nerviosas que Sofía había olvidado que tenía, cuando los susurros se convirtieron en gemidos y las caricias se volvieron desesperadas, ella supo que había cruzado una línea de la que no había retorno.
Esto ya no era una farsa, ya no era actuación, era real, tangible, consumidor. Y por primera vez desde que despertó esa mañana creyendo que se casaría con Rodrigo, Sofía sintió que estaba exactamente donde se suponía que debía estar.
La luz del amanecer se filtraba a través de las cortinas de la suite cuando Sofía despertó, envuelta en sábanas que olían a él y en una calidez que no había experimentado en años.
Santiago dormía a su lado con un brazo extendido sobre su cintura en un gesto protector incluso en sueños.
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