Diana, [música] a su lado, estaba blanca. Andrés, dime, ¿eso ha sido necesario? Sí, pero también ha sido [música] mucho.

Sí, ¿estás bien? Él la miró. Sí. Por primera vez en mucho tiempo, completamente bien.

A las 2 de la mañana, mientras la gala seguía y los socios alemanes felicitaban a Andrés por haber gestionado una crisis en tiempo real con la sangre fría de quien lleva años en el sector, Doña Remedios estaba sentada en una mesa del fondo con una copa de agua.

Miraba todo. Susurró algo en voz muy baja para nadie y para su amiga Imelda, que estaba a 200 km durmiendo.

Lo conseguimos. Tres meses después en [música] Almagro hubo boda sencilla, sin protocolo de empresa, sin 300 invitados, con la gente que importaba.

Doña [música] Imelda recuperada. El especialista del hospital La Paz había encontrado un problema renal tratable que el médico del pueblo había estado rozando sin llegar a ver.

Tr meses de tratamiento y el diagnóstico era tan bueno como podía esperarse. Tomás, con traje de alquiler que le apretaba en los hombros, se había pasado la semana previa entrenando a no tocarse la corbata.

Diana, [música] me ahoga. Tomás, es que no respiro. Que la aguantes. Doña Remedios era testigo de los dos.

El cura de la parroquia, que conocía a Diana desde los 4 años, miró al novio con esa mirada específica que tienen los curas de pueblo cuando ven a alguien de fuera llevarse a alguien de dentro.

Luego miró a Diana, luego miró a doña Imelda y preguntó si alguien tenía algo que decir.

Nadie dijo nada. Reinaldo Beltrán estaba siendo investigado por la justicia. Lupe Marín no volvió a trabajar en ninguna casa del sector.

Sonia Cervantes encontró otro puesto, aunque la referencia de Grupo Beltrán no llegó nunca. Camila Aragón negoció su deuda de otra manera con otras personas en otra ciudad y el cura dijo lo que tenía que decir.

Diana no besó a Andrés con elegancia, le saltó al cuello con tal entusiasmo que casi lo tira hacia atrás.

Toda la iglesia se ríó. Tomás aplaudió más fuerte que nadie. Luego se tocó la corbata y se acordó de que no debía y volvió a poner las manos a los costados con cara de esfuerzo supremo.

Esa noche, [música] en la moraleja, Diana entró en la habitación del señor de la casa, que ya era también la habitación de ella.

Se quedó mirando la cama. Andrés, dime, esta cama es enorme. Lo sé. ¿De verdad costó lo que me dijiste?

Sí, es una barbaridad de dinero. Lo sé. La cambiamos. ¿Qué? Por una más pequeña, una normal.

[música] ¿Por qué? Porque para que duermas bien no hace falta un campo de fútbol.

Solo hace falta que haya alguien al lado. Andrés se ríó. Se río de [música] verdad de esos que te mueven los hombros.

Diana, dime, ¿llevo 5 años sin dormir? Sí. Y desde que llegaste duermo. Lo sé.

¿Sabes [música] por qué? Diana lo miró. Por mis canciones. No solo por el café.

Tampoco. Entonces, Andrés se incorporó. La miró en la penumbra de la habitación, porque esta casa llevaba 5 años llena de silencio.

Un silencio que no era paz, era ausencia. Y tú llegaste y lo llenaste, no con nada especial, con lo que eres, con tu ruido, con tus canciones, con tus llamadas a tu madre a las 11 de la noche, con tus preguntas sin filtro, con tu manera de entrar en una habitación como si tuvieras todo el derecho del mundo a estar en ella.

Y eso es exactamente lo que era. Derecho, el derecho de estar en una casa y hacer la tuya.

Y yo lo había olvidado. Diana lo miró. Le temblaba algo en la garganta. Andrés, dime.

Yo no sabía nada de tu insomnio cuando llegué. Lo sé. Yo solo cantaba porque siempre canto.

Lo sé. Y aún así te curé. Aún así, Diana se quedó callada un momento.

Mi abuela tenía razón. ¿En qué? Decía que las nanas no son para los niños.

Los niños se duermen igual. Las nanas son para los adultos, para los que han olvidado cómo dejar de cargar con todo cuando se tumban.

Andrés cerró los ojos. Diana, dime, cántame una. Ella sonrió. Y empezó bajito, la misma canción de siempre, la de su abuela, la que había cantado en la biblioteca el primer día sin saber que alguien la escuchaba.

A la nana, nana, nana, a la nanita, ea. A los pocos minutos, Andrés Beltrán Solís, [música] dueño de Grupo Beltrán Holdings, dormía.

Diana lo miró, le apartó un mechón de la frente con cuidado. “Mi niño tiene sueño”, [música] susurró.

“Bendito sea y apagó la luz. A partir de aquella noche, Andrés [música] durmió todas las noches.

5 años de insomnio, borrados. No por medicinas, ni por terapia, ni por dinero, por una chica de almagro que cantaba mientras limpiaba y llenaba los sitios sin pedirle permiso a nadie.

A veces lo que más necesitas no se compra, no se [música] receta, no se planifica.

A veces llega con una maleta que chirría y demasiada energía para las 11 de la mañana, sin saber que está cambiando todo, sin pretenderlo, sin ningún plan que no sea hacer bien su trabajo y llamar a su madre por las noches.

Y eso a veces es exactamente suficiente. ¿Qué opinas sobre esta historia? ¿Crees que hay personas que entran en tu vida sin ningún plan y cambian todo sin darse cuenta?

¿O piensas que Andrés simplemente encontró el momento en que estaba listo para sanar? Déjame tu opinión en los comentarios.

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Nos vemos en el próximo

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