“Rubén ‘Púas’ Olivares: de leyenda del boxeo mexicano a una vejez marcada por la nostalgia y las dificultades”
Hubo un tiempo en que Rubén “Púas” Olivares era considerado uno de los hombres más temidos del boxeo mundial.
Sus nocauts estremecían arenas enteras, los aficionados coreaban su nombre y México veía en él a un campeón irrepetible.
Antes de la llegada de Julio César Chávez, muchos lo consideraban el más grande peleador mexicano de todos los tiempos.
Sin embargo, detrás de la gloria, las multitudes y los cinturones mundiales, existía una historia mucho más compleja, marcada por la pobreza, los excesos y decisiones que terminarían cambiando su vida para siempre.
Hoy, acercándose a los 80 años, la realidad del legendario boxeador dista mucho de aquella época dorada.
Aunque continúa siendo una figura admirada y respetada, su presente refleja el duro contraste entre la fama y el inevitable paso del tiempo.
Rubén Olivares nació el 14 de enero de 1947 en la Ciudad de México y creció en Bondojito, una colonia popular ubicada en la alcaldía Gustavo A.
Madero.
Su infancia estuvo marcada por las carencias económicas y la necesidad de trabajar desde muy pequeño para ayudar a su familia.
Su padre lo sacó de la escuela siendo apenas un niño y le enseñó albañilería para contribuir al sustento del hogar.
Desde temprana edad conoció el esfuerzo físico y la dureza de la vida en los barrios populares.
Se levantaba al amanecer para trabajar y ayudar en los pequeños negocios familiares, entre ellos la venta de combustible artesanal y un puesto de tortillas.
Aquella realidad, lejos de quebrarlo, terminó formando el carácter resistente que años después lo convertiría en campeón mundial.
En medio de las dificultades apareció el boxeo.
Como ocurría en muchos barrios humildes de México, los vecinos se reunían para ver peleas en televisión y los niños soñaban con convertirse algún día en grandes campeones.
Rubén quedó fascinado desde el primer momento.
Comenzó peleando en la calle, aceptando cualquier reto y desarrollando un instinto natural para el combate.
Su energía desbordante y su carácter impulsivo llevaron a su padre a buscar una forma de canalizarlo.
Después de probar otros deportes, terminó entrando al legendario gimnasio Jordán, uno de los semilleros más importantes del boxeo mexicano.
Ahí comenzó realmente la transformación de Rubén Olivares.
Bajo la guía de entrenadores experimentados, perfeccionó su técnica y descubrió que poseía un poder fuera de lo común para su categoría.
Sus golpes eran devastadores y sus reflejos impresionaban incluso a boxeadores veteranos.
Muy pronto empezó a llamar la atención de managers y promotores.
En sus inicios llegó al gimnasio con sobrepeso y hábitos poco saludables, alimentándose principalmente de comida callejera.
Pero entendió rápidamente que el boxeo representaba su única oportunidad para escapar de la pobreza.
Entrenó con disciplina extrema, bajó de peso y se entregó por completo al deporte.
Su ascenso fue meteórico.
A mediados de los años 60 ya comenzaba a hacerse notar a nivel nacional.
Aunque no logró clasificar a los Juegos Olímpicos de Tokio 1964, participó en los prestigiosos Guantes de Oro y mostró una resistencia impresionante, incluso peleando con la mandíbula fracturada en una de las competencias.
Con apenas 17 años debutó como profesional y muy pronto inició una de las rachas más impresionantes en la historia del boxeo mexicano.
Entre 1965 y 1970 acumuló decenas de victorias consecutivas y se convirtió en una auténtica máquina de nocauts.
Olivares no solo ganaba; destruía a sus rivales.
Su estilo agresivo, combinado con un carisma natural y una personalidad relajada fuera del ring, lo transformaron rápidamente en ídolo popular.
En Estados Unidos comenzó a ser conocido como “Mr.
Knockout”, un apodo que reflejaba perfectamente su reputación.
En la cima de su carrera conquistó los títulos mundiales gallo del Consejo Mundial de Boxeo y de la Asociación Mundial de Boxeo, consolidándose como uno de los campeones más dominantes de su época.
Sin embargo, también comenzaron a aparecer los primeros signos de desgaste.
Su legendaria trilogía contra Chucho Castillo quedó marcada como una de las rivalidades más intensas en la historia del boxeo mexicano.
Fueron peleas brutales, llenas de sangre, castigo y resistencia física extrema.
Aunque logró imponerse y recuperar sus campeonatos, aquellos combates dejaron secuelas visibles.
Con el paso de los años, las críticas comenzaron a crecer.
Se decía que ya no entrenaba con la misma disciplina y que la fama estaba afectando su preparación.
Poco a poco, la vida nocturna, las fiestas y el alcohol empezaron a ocupar el lugar que antes pertenecía al gimnasio.
Aun así, logró hacer historia nuevamente al convertirse en el primer boxeador mexicano en conquistar títulos mundiales en dos divisiones distintas.
Pero la gloria duró poco.
Su derrota frente a Alexis Argüello marcó el inicio definitivo de su declive.
Durante la segunda mitad de los años 70 y principios de los 80, Olivares seguía peleando, pero ya no era el mismo.
Sus reflejos disminuyeron, la resistencia física desapareció y las derrotas comenzaron a acumularse.
Incluso hubo reportes de que llegaba a algunas peleas sin preparación adecuada y todavía afectado por noches de fiesta.
Finalmente, tras varias derrotas dolorosas, su carrera llegó al final.
El hombre que alguna vez dominó el boxeo mundial se retiró dejando una huella imborrable en el deporte mexicano.
Fuera del ring, Rubén Olivares encontró otra forma de fama en el cine mexicano.
Participó en diversas películas populares durante los años 70 y 80, muchas de ellas comedias y producciones de bajo presupuesto que aprovechaban su enorme popularidad.
Su carisma natural lo convirtió en un personaje querido también por el público cinematográfico.
Sin embargo, mientras aumentaba su presencia en la pantalla, su vida personal se descontrolaba cada vez más.
El alcohol, las fiestas y los excesos terminaron consumiendo gran parte de la fortuna que había ganado con el boxeo.
Olivares era conocido por su generosidad extrema.
Invitaba comidas, ayudaba económicamente a familiares y amigos y rara vez se negaba a prestar dinero.
Pero esa misma confianza lo convirtió en víctima de múltiples engaños y malas inversiones.
Perdió propiedades, negocios y grandes cantidades de dinero en acuerdos poco claros.
Con el tiempo, los ingresos disminuyeron y la realidad económica comenzó a alcanzarlo.
Actualmente, el ex campeón suele ser visto en el mercado de La Lagunilla, en la Ciudad de México, donde vende autógrafos, fotografías y artículos relacionados con su carrera.
Entre los objetos más llamativos figura incluso un cinturón mundial puesto a la venta por una cifra millonaria.
Aunque para muchos resulta triste ver a una leyenda en esa situación, Rubén Olivares continúa conservando algo que el tiempo no pudo quitarle: el cariño del público.
Los aficionados todavía se acercan para saludarlo, pedirle fotografías y recordar aquellas noches en las que hizo vibrar a México entero.
El propio Olivares ha reconocido en varias entrevistas que su rival más difícil no fue ningún boxeador.
Fue el alcohol.
Con honestidad, admite que los excesos cambiaron el rumbo de su vida y afectaron tanto su carrera como su estabilidad económica.
A pesar de todo, no habla desde el resentimiento.
Al contrario, suele recordar con orgullo el camino recorrido desde aquel niño humilde que llegó a un gimnasio pagando apenas 25 pesos al mes y soñando con convertirse en campeón del mundo.
Hoy, aunque los reflectores ya no brillan con la misma intensidad, Rubén “Púas” Olivares sigue siendo una de las figuras más importantes en la historia del boxeo mexicano.
Su vida representa tanto la gloria del éxito como las consecuencias de perder el control en medio de la fama.
Detrás del campeón legendario siempre existió un hombre vulnerable, marcado por la pobreza, la ambición, los excesos y una eterna lucha consigo mismo.
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