El primer cliente no dijo buenos días.

Empujó la puerta de vidrio con el hombro, como si no quisiera tocarla, como si el mundo pudiera pegarse a sus manos. Daniela lo reconoció vagamente: uno de esos hombres que pasan más por costumbre que por destino, siempre con la misma gorra, siempre con la mirada en otra parte.
—Café —dijo, dejando una moneda sobre el mostrador sin mirarla.
La cafetera aún no había terminado de llenar el aire con ese aroma profundo que hacía que todo pareciera más lento, más llevadero. Daniela giró la perilla, ajustó la tapa, y mientras el vapor se levantaba en hilos finos, pensó en el sueño otra vez.
No en lo que vio.
Sino en lo que sintió.
Esa ligereza.
Esa ausencia de ruido.
—¿Va a querer azúcar? —preguntó, más por costumbre que por interés.
El hombre negó con la cabeza.
Afuera, el cielo todavía estaba indeciso entre la noche y el día. Un camión pasó sin detenerse, levantando un murmullo de polvo que tardó en asentarse.
Daniela le entregó el vaso. Sus dedos rozaron los de él apenas un instante, y el hombre se quedó quieto, como si ese contacto mínimo hubiera sido más de lo que esperaba.
—Gracias —murmuró, esta vez sí mirándola.
Tenía los ojos cansados.
No de sueño.
De otra cosa.
Daniela asintió, y él se fue sin decir más.
El sonido de la puerta cerrándose dejó un pequeño vacío que tardó unos segundos en llenarse otra vez con el zumbido del refrigerador, el goteo del café, el lejano canto de un gallo que siempre parecía llegar tarde.
—
En la cocina de la casa, a unas pocas calles de la gasolinera, Sofía se había sentado en la silla más cercana a la ventana.
No estaba comiendo.
Empujaba el pan con la punta del dedo, dibujando pequeñas migas que caían como si fueran algo importante.
—Te vas a enfriar el chocolate —dijo su hermana menor, Valeria, con la boca llena.
Sofía no respondió.
Afuera, una bicicleta pasó rápido. Alguien reía.
El mundo seguía con una normalidad casi molesta.
—Mamá dijo que hoy iba a venir más temprano —insistió Valeria, como si eso resolviera algo.
Sofía alzó la vista.
—Siempre dice eso.
No había enojo en su voz. Tampoco tristeza. Era algo más plano, más difícil de nombrar.
Valeria se encogió de hombros.
—Pero hoy sí.
—¿Por qué?
Valeria dudó.
—Porque… —miró su taza, como si la respuesta estuviera ahí—. Porque hoy es bonito.
Sofía dejó de mover el pan.
—Eso no tiene sentido.
Valeria sonrió.
—A veces sí.
—
En la gasolinera, Daniela revisaba las cuentas de la caja cuando escuchó el ruido del motor antes de verlo.
Era un coche viejo, de esos que parecen sostenerse más por memoria que por mecánica. Se detuvo junto a la bomba dos, con un pequeño temblor que continuó incluso después de que el motor se apagó.
Del asiento del conductor bajó una mujer.
No era mayor, pero su manera de moverse tenía algo contenido, como si cada paso estuviera calculado para no llamar demasiado la atención.
Daniela la observó desde la puerta.
No por desconfianza.
Por curiosidad.
La mujer tardó en sacar la manguera. Miró alrededor primero, como si estuviera midiendo el lugar.
Cuando sus ojos se cruzaron con los de Daniela, no apartó la mirada de inmediato.
Eso fue lo que llamó la atención.
La mayoría de la gente lo hacía.
Ella no.
Daniela levantó una mano en un gesto simple, casi automático.
La mujer respondió con una leve inclinación de cabeza.
Nada más.
Pero fue suficiente para que algo —muy pequeño, casi imperceptible— se moviera en el pecho de Daniela.
No era miedo.
Todavía no.
—
A media mañana, el calor comenzó a asentarse con esa paciencia inevitable que tenía en ese lugar.
Luis, uno de los empleados, llegó tarde.
—El camión de siempre —explicó, sin que nadie se lo pidiera—. Se quedó atravesado en la curva.
Daniela asintió mientras acomodaba unas botellas en el refrigerador.
—¿Todo bien?
Luis se encogió de hombros.
—Sí. Solo… raro.
—¿Raro cómo?
Luis dudó.
—No sé. Como si nadie quisiera bajarse a ayudar.
Daniela cerró la puerta del refrigerador.
El vidrio reflejó su rostro por un instante.
—A veces pasa.
Luis no parecía convencido, pero tampoco insistió.
Se fue hacia las bombas con una franela en la mano, silbando una canción que olvidaba a la mitad y volvía a empezar sin darse cuenta.
—
Al otro lado del pueblo, en una casa que llevaba años con la pintura descascarándose en silencio, Don Ramiro se sentó en su mecedora.
El periódico estaba abierto en la misma página desde hacía más de veinte minutos.
No leía.
Escuchaba.
Había aprendido a hacerlo con el tiempo.
A distinguir los sonidos que importaban de los que no.
El viento entre las hojas.
Un perro ladrando.
El paso de alguien por la acera.
Y, de vez en cuando, algo que no encajaba.
Ese día, hubo uno.
Un sonido breve.
Como un golpe seco.
Provenía de la casa vecina, que llevaba desocupada desde hacía meses.
Don Ramiro no se levantó de inmediato.
Esperó.
Contó hasta diez.
Nada.
Volvió a mirar el periódico, aunque sus ojos no siguieron ninguna línea.
—Debe ser el viento —murmuró.
Pero no sonaba como el viento.
—
Daniela regresó a casa más temprano de lo habitual.
No dijo nada al entrar.
Dejó las llaves en el mismo lugar de siempre, se quitó los zapatos con ese gesto automático que había repetido miles de veces, y caminó hacia la cocina.
Las niñas estaban ahí.
Valeria hablaba.
Sofía escuchaba.
O al menos parecía hacerlo.
—Hoy vino una señora —dijo Daniela, sirviéndose un vaso de agua.
No sabía por qué lo decía.
Simplemente salió.
Valeria levantó la vista.
—¿Y?
Daniela bebió un poco antes de responder.
—Nada. Solo… vino.
Sofía la observó con atención.
—¿La conocías?
—No.
Un silencio breve se acomodó entre las tres.
—¿Volverá? —preguntó Valeria.
Daniela apoyó el vaso.
—No lo sé.
Pero en algún lugar, muy adentro, sintió que sí.
—
Esa noche, el viento sopló un poco más fuerte.
No lo suficiente para ser tormenta.
Solo lo suficiente para que las ventanas crujieran levemente y las sombras se movieran de forma distinta.
Sofía no podía dormir.
Miraba el techo, siguiendo con la vista las pequeñas grietas que dibujaban formas cambiantes en la oscuridad.
A su lado, Valeria respiraba profundamente.
Tranquila.
Como si el mundo fuera exactamente lo que parecía.
Sofía giró la cabeza hacia la ventana.
Por un instante, creyó ver algo moverse afuera.
Se incorporó un poco.
Esperó.
Nada.
Solo el reflejo tenue de la luna en el vidrio.
Se dejó caer otra vez sobre la almohada.
Pero no cerró los ojos.
—
En la casa vecina a la de Don Ramiro, una puerta que llevaba meses sin abrirse se movió apenas.
No fue un golpe.
No fue un ruido fuerte.
Fue algo más discreto.
Como si alguien estuviera aprendiendo a entrar sin ser notado.
—
Y en la gasolinera, donde todo parecía quedarse quieto cuando nadie miraba, la luz del pequeño cuarto trasero parpadeó una vez.
Luego otra.
Y finalmente se apagó.
Como si alguien hubiera decidido que, por ahora, era mejor esperar.
Sin prisa.
Como tantas otras cosas que aún no tenían nombre.
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