La voz que susurró mi nombre no era una ilusión.

La escuché con claridad.

Débil… temblorosa… como si perteneciera a alguien que llevaba demasiado tiempo en la oscuridad.

—Sofía… si puedes oírme… no confíes en tu hermano…

Mi corazón comenzó a latir con tanta fuerza que temí que Daniel lo escuchara.

Seguí fingiendo estar inconsciente sobre su hombro mientras él avanzaba por el sótano.

La luz amarillenta colgaba de un solo foco en el techo, balanceándose ligeramente y proyectando sombras largas sobre las paredes de cemento.

Entonces lo vi mejor.

Las puertas.

No eran simples puertas.

Eran celdas.

Pequeñas habitaciones metálicas alineadas a lo largo del sótano, cada una con una pequeña ventana cubierta por barrotes.

Algunas estaban completamente oscuras.

Otras… tenían movimiento dentro.

Daniel caminó hacia el final del pasillo y abrió una puerta con otra llave.

El sonido del metal resonó por todo el sótano.

—Aquí estaremos más cómodos —murmuró.

Me dejó caer sobre una cama vieja.

El colchón era húmedo y olía a moho.

Seguí sin moverme.

Daniel se quedó mirándome durante varios segundos.

Luego habló en voz baja.

—Mamá tenía razón… eres fuerte.

Mi respiración casi se detuvo.

¿Mamá?

Sentí cómo Daniel se alejaba unos pasos.

Luego escuché algo que me heló la sangre.

Un grabador.

La voz de mamá llenó el sótano.

Era un audio antiguo, distorsionado.

—Daniel… prométeme que cuidarás de Sofía…

Mi hermano dejó escapar una risa suave.

Pero no era una risa feliz.

Era amarga.

—Eso es exactamente lo que estoy haciendo, mamá.

Silencio.

Mis manos comenzaron a temblar ligeramente.

Entonces Daniel dijo algo que cambió todo.

—Ella siempre fue la elegida.

Elegida.

Esa palabra golpeó mi mente como un martillo.

De repente recordé algo.

Un recuerdo borroso.

Mamá hablando con un médico en la cocina meses antes de morir.

Susurraban.

Pensaban que yo no escuchaba.

—El experimento no puede continuar —decía mamá—. Sofía es solo una niña.

—Ya es demasiado tarde —respondió el hombre—. Su cerebro ya muestra cambios.

Mi respiración se volvió irregular.

¿Experimento?

Daniel volvió a caminar hacia mí.

Sentí su sombra sobre mi rostro.

—Cada noche —dijo suavemente— tu mente se acerca más al punto que necesitamos.

Necesitamos.

¿Quiénes?

En ese momento comprendí algo horrible.

Daniel no estaba loco.

Daniel estaba siguiendo un plan.

Uno que había empezado mucho antes de que mamá muriera.

De repente, un golpe fuerte resonó en otra celda.

—¡Déjala ir! —gritó una voz masculina.

Daniel suspiró con molestia.

—Siempre tan dramático, profesor.

Profesor.

Daniel caminó hacia la puerta de la celda y la abrió lo suficiente para hablar.

—Gracias por tu trabajo durante todos estos años, pero ya no te necesitamos.

—¡No sabes lo que estás haciendo! —gritó el hombre—. Si completas el proceso podrías destruir su mente.

Daniel sonrió.

—O desbloquear algo que el mundo nunca ha visto.

Cerró la puerta de golpe.

El silencio volvió.

Mi mente giraba a toda velocidad.

Entonces escuché algo que Daniel no esperaba.

Un susurro justo detrás de mí.

—Sofía… despierta.

Abrí los ojos de golpe.

Una mujer estaba en la celda de al lado, observándome a través de los barrotes.

Su rostro era pálido, sus ojos hundidos.

Pero había algo familiar en ella.

Algo que me dejó sin aire.

—¿Mamá…?

La mujer negó con la cabeza.

—No… pero la conocía.

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

—¿Qué está pasando?

Ella habló rápido.

—Tu madre descubrió lo que Daniel estaba haciendo… por eso intentó detenerlo.

—Pero ella murió…

La mujer me miró con tristeza.

—Sofía… tu madre no murió por enfermedad.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—Daniel la mató.

El mundo se volvió silencioso.

Demasiado silencioso.

Mis manos comenzaron a temblar.

En ese momento escuchamos pasos acercándose.

Daniel regresaba.

La mujer me miró con urgencia.

—Escucha… tú eres la única que puede salir de aquí.

—¿Por qué?

Sus ojos brillaron con miedo.

—Porque tu mente es diferente… por eso Daniel te ha estado drogando todas las noches.

Las piezas comenzaron a encajar.

Los mareos.

Los huecos de memoria.

Las noches perdidas.

—Está intentando activar algo en tu cerebro —susurró ella.

Los pasos de Daniel se acercaban cada vez más.

—¿Qué cosa?

La mujer me miró directamente a los ojos.

Y dijo algo que me hizo sentir más miedo que cualquier otra cosa esa noche.

—La misma habilidad que tenía tu madre.

Las luces del sótano parpadearon.

Daniel abrió la puerta de la habitación.

—Creo que ya es hora de despertarte, Sofía.

Sonrió lentamente.

Pero esta vez…

yo también sonreí.

Porque mientras hablaba con la mujer…

había notado algo importante.

Daniel había olvidado cerrar completamente la cerradura de mi celda.

Y ahora sabía dos cosas con absoluta certeza.

Primero…

mi hermano no era el único que tenía un plan.

Y segundo…

Si lo que decía esa mujer era verdad…

entonces el verdadero poder que Daniel estaba intentando despertar…

podría ser exactamente lo que necesitaba para detenerlo.

Pero lo que Daniel no sabía…

era que el experimento ya había funcionado.

Porque mientras él hablaba…

yo podía escuchar algo nuevo.

No con mis oídos.

Sino dentro de mi mente.

Las voces.

Las voces de todas las personas encerradas en el sótano.

Y todas decían lo mismo.

“Ayúdanos.”