Desde que murió mamá, la casa dejó de sentirse como un hogar.

Las paredes seguían siendo las mismas: largas, cubiertas de cuadros antiguos, con ese olor a madera húmeda que siempre impregnaba el pasillo principal.

Pero algo había cambiado.

Algo invisible, como una sombra que se desliza cuando nadie la mira directamente.

Mi hermano Daniel decía que todo estaba bien.


Que solo necesitábamos tiempo.

Cada noche, exactamente a las nueve, aparecía en la puerta de mi habitación con una taza de té caliente.

—Te ayudará a dormir, Sofía —decía siempre con la misma voz tranquila—.

Mamá solía dártelo cuando eras pequeña.

Al principio le creí.

Daniel siempre había sido el hermano perfecto: protector, paciente, el tipo de persona que sabía exactamente qué decir cuando el mundo parecía derrumbarse.

Cuando mamá murió, fue él quien organizó el funeral.


Él quien se encargó de las cuentas.


Él quien decidió que debíamos seguir viviendo en la vieja casa familiar.

Y yo… simplemente confié.

Pero algo empezó a sentirse extraño.

Las primeras noches fueron normales.

Bebía el té, me acostaba y el sueño llegaba rápido, como una manta cálida cubriendo mi mente.

Demasiado rápido.

Pronto comenzaron los huecos.

Me despertaba por la mañana con la sensación de haber perdido algo.

Como si alguien hubiera borrado pequeños fragmentos de mi memoria mientras dormía.

Al principio pensé que era el duelo.

Luego llegaron los mareos.

Una mañana desperté en el sofá del salón sin recordar cómo había llegado allí.


Otra vez encontré mis zapatos llenos de barro junto a la puerta trasera, aunque estaba segura de no haber salido.

Cuando se lo mencioné a Daniel, él solo sonrió.

—El estrés hace cosas raras a la mente —dijo mientras revolvía el azúcar en su café—.

Deberías descansar más.

Esa sonrisa.

No era exactamente falsa.

Pero tampoco era la sonrisa de mi hermano.

Fue entonces cuando empecé a observar.

Pequeños detalles.

Las cerraduras nuevas en la puerta del sótano.


Los ruidos por la noche, como si alguien moviera muebles pesados debajo del suelo.


Y lo más inquietante de todo… la forma en que Daniel evitaba ciertas preguntas.

—¿Por qué no puedo bajar al sótano? —pregunté una tarde.

Daniel dejó de cortar verduras.

Solo por un segundo.

Pero lo noté.

—Está lleno de humedad —respondió finalmente—.

Podrías enfermarte.

Mentía.

Podía sentirlo.

Aun así, cada noche seguía trayendo el té.

Humeante.


Aroma suave.


Color ligeramente más oscuro de lo que recordaba.

—Valeriana —decía—.

Ayuda a relajarte.

Hasta que llegó esa noche.

No planeaba descubrir nada.

Simplemente tuve suerte.

Daniel entró a mi habitación con la taza como siempre.

La colocó en mi mesa de noche y esperó, observándome.

Siempre observaba.

Como si quisiera asegurarse de que realmente bebía.

Tomé la taza.

Pero esta vez, algo llamó mi atención.

Un pequeño movimiento en su mano.

Algo que sacó de su bolsillo.

Una bolsita diminuta.

La abrió discretamente y dejó caer un polvo claro dentro del té.

Luego revolvió con la cuchara.

Sonrió.

—Es solo valeriana.

Sentí un frío recorrerme la espalda.

Pero levanté la taza.

La acerqué a mis labios.

Y fingí beber.

Incliné la cabeza, tragué aire y luego dejé la taza vacía sobre la mesa.

Daniel me observó durante unos segundos más.

Silencio absoluto.

Mi corazón latía tan fuerte que temía que lo escuchara.

Finalmente asintió.

—Buenas noches, Sofía.

Apagó la luz.

La puerta se cerró.

Esperé.

Cinco minutos.


Diez.


Quince.

Cuando estuve segura de que se había ido, me levanté lentamente.

El té seguía allí.

Lo llevé al baño y lo vertí en el lavabo.

El líquido tenía un olor extraño, ligeramente metálico.

No era valeriana.

Volví a la cama.

Y esperé.

El reloj marcó las nueve y media.

Luego las diez.

La casa estaba completamente en silencio.

Hasta que escuché los pasos.

Daniel.

Caminaba por el pasillo con cuidado, como si no quisiera despertar a nadie.

La puerta de mi habitación se abrió lentamente.

Cerré los ojos.

Respiré profundo.

Fingí dormir.

Sentí su presencia junto a la cama.

Durante unos segundos no hizo nada.

Solo observaba.

Entonces habló en voz baja.

—Funciona más rápido cada noche…

Mi estómago se contrajo.

Escuché cómo se inclinaba hacia mí.

Luego sentí su mano levantando ligeramente mi brazo.

Lo dejó caer.

Probando si estaba consciente.

Me obligué a mantener el cuerpo completamente relajado.

Daniel soltó un pequeño suspiro.

—Perfecto.

Entonces ocurrió algo que nunca olvidaré.

Me levantó.

Como si mi cuerpo fuera un saco de arena.

Me cargó sobre su hombro y salió de la habitación.

Atravesamos el pasillo.

Las escaleras.

El aire de la casa era frío y húmedo.

Cada paso resonaba en la madera antigua.

Intentaba memorizar cada movimiento, cada giro.

Y entonces…

Escuché algo que heló mi sangre.

Una llave.

Girando en una cerradura.

La puerta del sótano.

Daniel la abrió.

Un olor horrible salió de allí abajo.

Metal.

Humedad.

Y algo más.

Algo que mi mente se negaba a reconocer.

Comenzó a bajar las escaleras.

Una.

Dos.

Tres.

Cada paso parecía llevarme más profundo en una pesadilla.

Mi corazón latía con tanta fuerza que pensé que perdería el control.

Pero seguí fingiendo.

Porque necesitaba saber.

Necesitaba ver.

Y entonces, cuando llegamos al fondo del sótano…

Daniel encendió la luz.

Y lo que vi a través de mis párpados entreabiertos hizo que mi sangre se congelara.

No era un sótano.

Era…

una habitación llena de puertas.

Puertas pequeñas.

Puertas metálicas.

Puertas con cerraduras.

Y detrás de una de ellas…

escuché un golpe.

Luego otro.

Como si alguien…

estuviera tratando de salir.

Daniel caminó hacia una de las puertas y susurró algo que casi detuvo mi corazón:

—Tranquilo… pronto tendrás compañía.

En ese momento entendí algo aterrador.

El té no era para ayudarme a dormir.

Era para asegurarse de que no recordara lo que pasaba cada noche en el sótano.

Y justo cuando Daniel comenzó a abrir una de las puertas metálicas…

sentí una voz débil susurrar desde la oscuridad:

—Sofía… si puedes oírme… no confíes en tu hermano…

Continuará…