Se me secó la boca.

La habitación ya estaba mucho más fresca, pero el aire entre nosotros se sentía extrañamente cálido.

Diane no apartaba la mirada.

No era una mirada agresiva ni provocativa.

Era… honesta.

Cansada.

Humana.

—Ryan —dijo finalmente—, no estoy tratando de ponerte en una situación incómoda.

Tragué saliva.

—Lo sé.

—Solo estoy siendo sincera.

Miré mis manos.

Las cicatrices pequeñas en los nudillos.

Las marcas de años trabajando con herramientas y metal.

—El problema —dije lentamente— es que la línea existe por una razón.

Diane apoyó la espalda en el sofá.

—Lo imaginé.

Se hizo un silencio.

El aire acondicionado zumbaba suavemente ahora, como un ruido de fondo constante.

—Cuando empecé en este trabajo —continué—, mi padre me dijo algo.

—¿Qué?

—Que cuando alguien llama a medianoche no siempre necesita solo una reparación.

Diane levantó una ceja.

—¿Y qué más necesitan?

—A veces necesitan que alguien llegue.

—¿Llegar?

—Sí.

Hice un gesto alrededor del loft.

—El calor, el silencio, la ciudad… todo se vuelve más pesado por la noche.

Diane suspiró.

—Eso suena demasiado exacto.

La miré por primera vez directamente.

—Porque lo he visto muchas veces.

—¿Personas solas?

—Sí.

Diane jugueteaba con la botella de agua entre sus manos.

—El divorcio fue hace ocho meses.

Asentí lentamente.

—Debe ser duro.

—No es solo el divorcio.

—¿Qué más?

Miró el techo por un momento.

—Treinta años construyendo una vida con alguien… y un día descubres que no era la vida que pensabas.

No dije nada.

A veces el silencio era mejor que cualquier respuesta.

—Cuando se fue —continuó— el apartamento se volvió enorme.

Miró alrededor.

—Demasiado grande para una sola persona.

—Por eso compraste este lugar.

—Exacto.

Sonrió levemente.

—Arte, espacio, música… intenté llenarlo con cosas.

—Pero las cosas no responden.

Diane soltó una pequeña risa.

—No, no lo hacen.

El silencio volvió.

Pero ahora era más cómodo.

Más tranquilo.

El aire frío seguía bajando la temperatura del loft.

23 grados.

—Ryan —dijo después de un momento—, ¿tú también estás solo?

Me quedé pensando.

—Supongo que sí.

—¿Supongo?

—Cuando trabajas todo el tiempo… no queda mucho espacio para otra cosa.

—¿Ni siquiera citas?

—Alguna vez.

—¿Y ahora?

—Ahora estoy tres meses atrasado con el alquiler.

Diane frunció ligeramente el ceño.

—Eso explica por qué aceptaste venir a medianoche.

—Exacto.

Ella observó mis manos otra vez.

—Aun así viniste.

—Porque dijiste que hacía 32 grados.

Diane sonrió.

—Eso fue desesperación real.

—Se notaba.

Nos quedamos en silencio unos segundos más.

Luego Diane dijo algo inesperado.

—¿Sabes qué es lo curioso?

—¿Qué?

—Si esto hubiera pasado hace diez años…

—¿Sí?

—Probablemente habría intentado besarte.

Sentí que mi corazón daba un pequeño salto.

—¿Y ahora?

Diane se encogió de hombros.

—Ahora estoy tratando de ser una adulta razonable.

—Eso suena muy responsable.

—No es tan divertido.

No pude evitar reír un poco.

—Eso es cierto.

El silencio volvió otra vez.

Pero esta vez era diferente.

Más ligero.

Menos cargado.

Diane finalmente se levantó del sofá.

—Bueno.

—¿Bueno?

—Debería dejarte ir antes de que esta conversación se vuelva aún más peligrosa.

Me levanté también.

—Probablemente es buena idea.

Fui hacia mis herramientas.

Las guardé en la bolsa.

Diane me observaba desde la cocina.

—Ryan.

—¿Sí?

—Gracias por venir.

—Para eso trabajo.

—No solo por el aire acondicionado.

Me detuve un momento.

—De nada.

Caminé hacia la puerta.

Abrí.

El aire caliente del pasillo entró un momento antes de que el sistema volviera a equilibrarlo.

Me giré.

Diane seguía apoyada contra la encimera.

—Cuídate —dijo.

—Tú también.

Salí al pasillo.

Cerré la puerta.

Y mientras bajaba las escaleras con mi bolsa de herramientas…

Me di cuenta de algo.

Aquella llamada de medianoche no había sido como las otras.

Porque por primera vez en mucho tiempo…

No me sentía solo cuando me iba.

Y arriba, en el cuarto piso…

Diane tampoco.