Habían pasado tres días desde aquella noche.

Tres días de calor insoportable, unidades de aire acondicionado rotas y llamadas de emergencia sin parar.

Pero por alguna razón…

No podía dejar de pensar en el loft del cuarto piso.

Ni en Diane.

No porque hubiera pasado algo entre nosotros.

Sino porque no pasó nada.

Y a veces eso pesa más.

Estaba terminando de instalar un compresor nuevo en Queens cuando mi teléfono vibró.

Número desconocido.

—Ryan HVAC.

Hubo un segundo de silencio.

Luego una voz familiar.

—Hola… soy Diane.

Sentí una pequeña descarga en el pecho.

—Hola.

—Espero no molestarte.

—Depende.

—¿De qué?

—De si tu aire acondicionado volvió a morir.

Diane rió suavemente.

—No, sigue funcionando perfecto.

—Entonces supongo que hice bien mi trabajo.

—Lo hiciste.

Hubo una pequeña pausa.

—Entonces… ¿por qué llamas?

Diane tardó un momento en responder.

—Porque creo que olvidaste algo.

Fruncí el ceño.

—¿Qué cosa?

—Una llave inglesa.

Miré mi caja de herramientas.

Maldita sea.

—Sí… definitivamente es mía.

—Pensé que podrías querer recuperarla.

—Probablemente debería.

—También pensé que podrías necesitar un descanso.

Esa frase quedó flotando entre nosotros.

—¿Un descanso?

—Sí.

—¿De qué exactamente?

—De salvar el mundo del calor.

Sonreí sin darme cuenta.

—Eso suena tentador.

—Tengo café.

—Eso suena aún mejor.

—Y el loft está a 21 grados ahora.

—Eso es prácticamente un paraíso.

Diane rió otra vez.

—Entonces… ¿vendrás?

Miré el reloj.

Eran las 7:30 de la tarde.

Por primera vez en una semana…

No tenía otra llamada programada.

—Sí.

—¿En serio?

—Sí.

—Bueno… entonces te espero.

Colgamos.

Y mientras guardaba mis herramientas en la camioneta…

Sentí algo extraño.

Algo que no sentía desde hacía mucho tiempo.

Expectativa.


El distrito artístico estaba mucho más vivo a esa hora.

Gente caminando.

Música saliendo de algunos bares.

Luz dorada reflejada en las ventanas de los lofts.

Subí las escaleras otra vez.

Cuarto piso.

Puerta 4B.

Toqué.

Diane abrió casi de inmediato.

Pero esta vez era diferente.

Ya no estaba sudando.

El aire frío del loft era evidente incluso desde el pasillo.

Llevaba jeans y una camiseta gris suelta.

El cabello suelto.

—Hola, Ryan.

—Hola.

—Entra.

El loft se sentía completamente distinto.

Más fresco.

Más tranquilo.

Más… habitable.

—Aquí está tu herramienta —dijo entregándome la llave inglesa.

La tomé.

—Gracias.

—Pero no creo que hayas venido solo por eso.

—Probablemente no.

Diane caminó hacia la cocina.

—¿Café?

—Por favor.

Mientras preparaba el café, observé el lugar otra vez.

Había algo nuevo.

Un caballete cerca de la ventana.

Un lienzo a medio terminar.

—¿Pintas? —pregunté.

Diane miró el cuadro.

—Intento.

—Es bueno.

—Gracias.

—¿Siempre fuiste artista?

—No.

—¿Entonces qué hacías antes?

Diane dejó la taza frente a mí.

—Abogada corporativa.

Levanté las cejas.

—Eso es… un cambio grande.

—El divorcio hace que uno reconsidere muchas cosas.

—Me imagino.

Nos sentamos otra vez en el sofá.

Pero esta vez…

No había calor.

No había incomodidad.

Solo café.

—Ryan —dijo después de un momento.

—¿Sí?

—La otra noche dijiste algo.

—¿Qué cosa?

—Que las llamadas nocturnas no siempre son solo por aire acondicionado.

Asentí.

—Sí.

Diane apoyó la taza en la mesa.

—Creo que esta tampoco lo era.

La miré.

—¿Entonces por qué llamaste?

Diane se quedó pensativa un segundo.

—Porque después de que te fuiste…

—¿Sí?

—El apartamento seguía estando fresco.

—Ese era el plan.

—Pero seguía sintiéndose vacío.

El silencio volvió.

Pero esta vez no era incómodo.

Era honesto.

—Y pensé —continuó— que tal vez no estaba buscando que alguien arreglara algo.

—¿Entonces qué?

Diane levantó la mirada.

—Tal vez solo necesitaba que alguien tocara la puerta.

Sentí que mi pecho se apretaba un poco.

—Bueno…

—¿Sí?

—Esta vez no vine por trabajo.

Diane sonrió.

—Lo sé.

El aire acondicionado zumbaba suavemente en el fondo.

El loft estaba fresco.

La ciudad seguía moviéndose afuera.

Pero por primera vez…

El silencio entre nosotros no se sentía vacío.

Se sentía lleno de posibilidades.