La manija de la puerta giró lentamente.
El sonido metálico resonó en la habitación como un disparo.
Mi corazón latía tan fuerte que pensé que quien estuviera afuera podría escucharlo.
—Carolina —susurró Eduardo sin mirarme—. No hagas ruido.
Algo en su voz era diferente.

No era el tono frío que había usado antes.
Era serio.
Concentrado.
Como alguien acostumbrado al peligro.
La puerta se abrió unos centímetros.
La luz del pasillo iluminó el suelo del dormitorio.
Eduardo tomó mi muñeca suavemente y me empujó detrás de la pared junto al armario.
—Quédate aquí —murmuró.
—¿Qué está pasando?
—Confía en mí.
No tuve tiempo de preguntar nada más.
La puerta se abrió por completo.
Un hombre entró.
Alto.
Vestido con traje oscuro.
Pero no era un invitado de la boda.
Su mirada recorrió la habitación con cautela.
Entonces habló.
—¿Señor Eduardo?
Su voz era falsa.
Demasiado educada.
Demasiado calculada.
Eduardo, sentado nuevamente en la silla de ruedas cerca de la cama, no respondió.
Había vuelto a adoptar la postura del hombre paralizado.
El desconocido avanzó unos pasos.
—Perdone la molestia —continuó el hombre—. Soy parte del equipo de seguridad de la mansión. Hubo un problema con el sistema eléctrico.
Eduardo levantó la mirada lentamente.
—A esta hora.
El hombre sonrió.
Pero sus ojos no lo hicieron.
—Solo tomará un momento.
Yo observaba desde mi escondite.
Algo estaba mal.
Muy mal.
El hombre se acercó un poco más.
Entonces lo vi.
En su mano derecha.
Un pequeño objeto metálico.
Una jeringa.
Mi respiración se detuvo.
El hombre dio otro paso.
—Será rápido, señor.
Eduardo habló con calma.
—¿Quién te envió?
El hombre se detuvo.
La sonrisa desapareció.
—No importa.
Y en ese momento levantó la jeringa.
Pero antes de que pudiera acercarse…
Eduardo se levantó de la silla de ruedas.
De un solo movimiento.
Rápido.
Preciso.
El atacante se quedó completamente paralizado.
—¿Qué demonios…?
Eduardo lo golpeó en el brazo.
La jeringa cayó al suelo.
El hombre intentó reaccionar, pero Eduardo ya lo había empujado contra la pared.
Todo ocurrió en segundos.
Yo salí de mi escondite, temblando.
—¡Eduardo!
El hombre intentó liberarse.
—¡No sabes en lo que te estás metiendo!
Eduardo lo sostuvo con fuerza.
—Dímelo tú.
El atacante sonrió con desprecio.
—No importa si sobrevives esta noche.
Escupió las palabras.
—La familia Figueiredo está llena de gente que quiere verte muerto.
Eduardo no parecía sorprendido.
—Ya lo sé.
—Entonces sabes que esto no se acabará.
El hombre miró hacia mí.
—Ni para ti tampoco.
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda.
Eduardo apretó más su agarre.
—¿Quién te envió?
El hombre no respondió.
En cambio, soltó una pequeña risa.
—¿De verdad crees que puedes confiar en alguien en esa casa?
Sus ojos se clavaron en los de Eduardo.
—Ni siquiera en tu propia sangre.
El silencio llenó la habitación.
Finalmente Eduardo lo soltó.
El hombre cayó al suelo.
—Vete —dijo Eduardo.
El atacante lo miró confundido.
—¿Qué?
—Dije que te vayas.
El hombre se levantó lentamente.
Antes de salir, miró nuevamente a Eduardo.
—Esto apenas comienza.
Y desapareció por el pasillo.
La puerta se cerró.
La habitación quedó en silencio.
Mis manos seguían temblando.
—¿Por qué lo dejaste ir?
Eduardo recogió la jeringa del suelo.
La observó con calma.
—Porque no es el verdadero enemigo.
—¿Entonces quién es?
Eduardo levantó la mirada.
—Eso es lo que vamos a descubrir.
Me acerqué.
—Eduardo…
—¿Sí?
—Esto ya no es solo tu problema.
Él frunció ligeramente el ceño.
—¿A qué te refieres?
—A que ahora también es mi vida.
Se hizo un breve silencio.
Luego dije lo que estaba pensando.
—Alguien intentó matarte en nuestra noche de bodas.
Eduardo suspiró.
—Lo sé.
—Y me involucraste sin decirme la verdad.
Sus ojos se suavizaron por un momento.
—No esperaba que esto pasara tan pronto.
—Pero pasó.
Eduardo caminó hasta la ventana.
Miró la oscuridad del jardín.
—Carolina.
—¿Sí?
—Si quieres irte… lo entenderé.
Eso me sorprendió.
—¿Irme?
—Anular el matrimonio.
—¿Después de todo esto?
Eduardo no respondió.
Lo observé en silencio.
Finalmente pregunté algo que había estado en mi mente desde el principio.
—Cuando me elegiste como esposa…
Eduardo giró.
—Sí.
—¿Era solo parte de tu plan?
Hubo un largo silencio.
Luego Eduardo dijo algo que no esperaba.
—Al principio… sí.
Mi corazón se hundió un poco.
—Pero ahora —continuó— ya no estoy tan seguro.
—¿Seguro de qué?
Eduardo me miró directamente.
—De que este matrimonio sea solo una estrategia.
El silencio entre nosotros se volvió más profundo.
Porque en ese momento…
Algo cambió.
No era amor.
Todavía no.
Pero era el comienzo de algo.
Algo peligroso.
Algo impredecible.
Y en una mansión llena de secretos…
Eso podría ser lo más arriesgado de todo.
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