El silencio en el dormitorio después de que el hombre se fue era pesado.

Podía escuchar mi propia respiración.

Y el sonido lejano del viento moviendo los árboles del jardín.

Eduardo seguía de pie junto a la ventana, mirando la oscuridad.

—Eduardo —dije finalmente.

—Sí.

—Ese hombre dijo algo.

—Dijo muchas cosas.

—Dijo que no podías confiar ni siquiera en tu propia sangre.

Eduardo no respondió de inmediato.

Luego murmuró algo que hizo que mi estómago se encogiera.

—Tiene razón.

Me acerqué lentamente.

—¿Sabes quién fue?

Eduardo se giró.

—Tengo una idea.

—¿Quién?

Él tardó unos segundos en responder.

—Mi tío.

Fruncí el ceño.

—¿Tu tío?

—Alberto Figueiredo.

Recordé haber visto ese nombre durante la boda.

Un hombre elegante.

De sonrisa educada.

—Parecía amable.

Eduardo soltó una risa sin humor.

—En esta familia, las sonrisas son peligrosas.

Me senté en el borde de la cama.

—Entonces… el accidente.

Eduardo me miró.

—No fue un accidente.

Sentí que mi corazón se detenía.

—¿Qué?

Eduardo caminó lentamente hacia la silla de ruedas.

La tocó con la mano.

—Hace cinco años mi coche perdió el control en una carretera de montaña.

—Eso es lo que dijeron.

—Porque eso es lo que querían que todos creyeran.

—¿Entonces alguien manipuló el coche?

Eduardo asintió.

—Los frenos estaban cortados.

Sentí un escalofrío recorrer mi espalda.

—Intentaron matarte.

—Sí.

—Y casi lo lograron.

Eduardo bajó la mirada.

—Pasé seis meses sin poder caminar.

—¿Seis meses?

—Los médicos pensaban que no volvería a caminar nunca.

Me quedé en silencio.

—Pero te recuperaste.

—Sí.

—¿Y fingiste seguir paralizado?

—Exactamente.

Respiré profundamente.

—Para descubrir quién intentó matarte.

Eduardo asintió.

—Las personas muestran su verdadera cara cuando creen que no representas una amenaza.

—¿Y descubriste algo?

Eduardo caminó hacia una pequeña mesa y abrió un cajón.

Sacó un sobre.

—Descubrí esto.

Me entregó unas fotografías.

Las miré con atención.

Era un estacionamiento.

Un coche negro.

Y un hombre manipulando algo cerca de las ruedas.

—¿Quién es?

Eduardo señaló la imagen.

—El hombre que contrató mi tío.

Sentí que mi corazón latía más rápido.

—Entonces sabes que fue él.

—Lo sospecho.

—¿Por qué querría matarte?

Eduardo respondió con calma.

—Por la herencia.

—¿Tu familia es tan rica?

Eduardo soltó una pequeña sonrisa amarga.

—Más de lo que imaginas.

El silencio volvió.

Luego pregunté algo que llevaba en mi mente desde el principio.

—Entonces… ¿por qué casarte conmigo?

Eduardo apoyó las manos en la mesa.

—Porque necesitaba un movimiento inesperado.

—¿Inesperado?

—Mi tío cree que estoy solo.

—Pero ahora estás casado.

—Exactamente.

—Eso no explica por qué yo.

Eduardo me miró fijamente.

—Porque tú no perteneces a este mundo.

—Ya dijiste eso.

—Y eso te hace impredecible.

Fruncí el ceño.

—No sé si eso es un cumplido.

—Es una ventaja.

—¿Para qué?

Eduardo se acercó un poco.

—Para sobrevivir.

El silencio entre nosotros fue interrumpido por un golpe en la puerta.

Los dos nos quedamos inmóviles.

—¿Quién es? —pregunté en voz baja.

Eduardo caminó hacia la puerta lentamente.

—Si es quien creo…

Abrió la puerta.

Un hombre mayor estaba en el pasillo.

Traje elegante.

Cabello gris perfectamente peinado.

Y una sonrisa tranquila.

—Eduardo —dijo con voz amable.

Mi corazón se aceleró.

Eduardo habló con frialdad.

—Tío Alberto.

El hombre miró dentro del dormitorio.

Sus ojos se posaron en mí.

—Ah… la nueva esposa.

Sonrió.

—Encantado de conocerte, Carolina.

Algo en su mirada me hizo sentir incómoda.

Muy incómoda.

Alberto volvió a mirar a Eduardo.

—Escuché que hubo un pequeño problema con la seguridad.

Eduardo no respondió.

—Espero que todo esté bien.

El silencio en el pasillo era casi insoportable.

Entonces Alberto dijo algo que hizo que mi piel se erizara.

—Después de todo…

Hizo una pausa.

—Sería una tragedia que algo le ocurriera al único heredero de la familia Figueiredo.

Nuestros ojos se encontraron.

Y en su sonrisa…

Había una amenaza.