El silencio en el loft era cómodo.

Muy distinto al de la primera noche.

El aire acondicionado funcionaba perfectamente.

El café estaba caliente.

Y la ciudad brillaba detrás de las enormes ventanas del loft.

Diane estaba sentada frente a mí, con las piernas recogidas en el sofá.

Parecía más relajada que la primera vez que la vi.

Más… real.

—Ryan —dijo después de un momento.

—¿Sí?

—La otra noche fui honesta contigo.

—Sobre sentirte sola.

—Sí.

—Eso fue bastante honesto.

Diane sonrió ligeramente.

—Pero no te conté todo.

Fruncí el ceño.

—¿Todo sobre qué?

Ella miró su taza de café.

—Sobre mi vida.

—Pensé que ya sabía lo importante.

—¿El divorcio?

—Y que antes eras abogada corporativa.

Diane levantó la mirada.

—No solo era abogada.

—¿No?

—Era socia principal en uno de los bufetes más grandes de Manhattan.

Levanté las cejas.

—Eso suena… importante.

—Lo era.

—Entonces ¿por qué dejar algo así?

Diane suspiró lentamente.

—Porque defendía a personas que sabían que estaban destruyendo otras vidas.

El silencio cayó entre nosotros.

—Corporaciones —continuó—. Multinacionales. Bancos.

—Eso explica lo de “corporativa”.

—Sí.

—¿Y decidiste dejarlo todo?

—Después de mi divorcio… sí.

Miré alrededor del loft.

—Este lugar no parece exactamente barato.

Diane soltó una pequeña risa.

—No lo es.

—Entonces no estás arruinada.

—No.

—Eso es bueno.

—Pero tampoco estoy trabajando.

—¿Por elección?

—Por necesidad.

Fruncí el ceño.

—Eso suena complicado.

Diane se levantó y caminó hacia la ventana.

Miró la ciudad por unos segundos.

—Ryan.

—¿Sí?

—¿Alguna vez te has metido en algo tan grande que no puedes simplemente salir?

—Suena como una historia peligrosa.

Diane se giró hacia mí.

—Lo es.

—¿Qué pasó?

Ella dudó un segundo.

Luego dijo algo que cambió completamente la conversación.

—El divorcio no fue la única razón por la que dejé el bufete.

—Entonces ¿qué pasó?

Diane cruzó los brazos.

—Descubrí algo.

—¿Algo ilegal?

—Mucho peor.

Mi espalda se tensó un poco.

—Eso suena como el comienzo de una película mala.

—O de una muy peligrosa.

—¿Qué descubriste?

Diane respiró profundamente.

—Una red de lavado de dinero.

El silencio en el loft se volvió pesado.

—¿Dentro del bufete?

—Sí.

—¿Y las personas involucradas?

Diane me miró directamente.

—Algunas de las empresas más poderosas del país.

Sentí un pequeño escalofrío.

—Eso suena como algo que no deberías descubrir.

—Exactamente.

—¿Y qué hiciste?

—Guardé pruebas.

—¿Pruebas?

Diane caminó hacia el escritorio y abrió un pequeño cajón.

Sacó una memoria USB.

La sostuvo entre sus dedos.

—Todo está aquí.

—Eso parece… peligroso.

—Lo es.

—¿Por qué no lo entregaste a la policía?

—Porque algunas de las personas involucradas tienen amigos muy poderosos.

—Eso tampoco suena bien.

Diane volvió a guardar la memoria.

—He estado esperando el momento correcto.

—¿Para qué?

—Para exponer todo.

Me quedé en silencio unos segundos.

—¿Y mientras tanto?

—Mientras tanto estoy escondida.

—¿Escondida?

—Este loft no está a mi nombre.

—Eso explica algunas cosas.

Diane me observó.

—Ryan…

—Sí.

—¿Recuerdas lo que dijiste sobre las llamadas nocturnas?

—Que a veces la gente necesita algo más que una reparación.

—Exacto.

Se acercó un poco.

—Cuando te llamé aquella noche…

—¿Sí?

—No fue completamente al azar.

Fruncí el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Diane sonrió levemente.

—Te había visto antes.

—¿Dónde?

—Tres semanas atrás.

—¿En serio?

—Estabas reparando el aire acondicionado del café de la esquina.

Recordé vagamente ese lugar.

—Tal vez.

—Te vi salir.

—¿Y?

—Parecías alguien en quien se puede confiar.

No supe qué decir.

—Así que cuando el aire acondicionado realmente se rompió…

—Me llamaste a mí.

—Sí.

El silencio volvió otra vez.

Pero ahora había algo nuevo en él.

Una tensión diferente.

—Ryan —dijo Diane finalmente.

—¿Sí?

—Ahora sabes algo que la mayoría de la gente no sabe.

—Eso suena como una advertencia.

—Tal vez lo es.

La miré directamente.

—Entonces déjame adivinar.

—¿Qué?

—Tu vida no es tan tranquila como parecía la otra noche.

Diane sonrió suavemente.

—No.

—Y ahora que sé esto…

—Podrías alejarte.

Pensé unos segundos.

Miré el loft.

La ciudad.

La mujer frente a mí.

—Podría.

—Pero…

—Pero creo que esa línea de la que hablábamos…

—¿Sí?

—Ya la cruzamos.

Diane sostuvo mi mirada.

Y por primera vez desde que comenzó todo…

No parecía solo una mujer sola en un loft.

Parecía alguien en medio de algo mucho más grande.

Y sin darme cuenta…

Yo también estaba empezando a formar parte de ello.