La sonrisa de Alberto Figueiredo permanecía tranquila.

Demasiado tranquila.

Como si supiera exactamente lo que estaba pasando dentro de ese dormitorio.

—Espero no interrumpir —dijo con voz suave.

Eduardo no se movió de la puerta.

—Es tarde, tío.

—Lo sé.

Alberto inclinó ligeramente la cabeza.

—Pero escuché que alguien extraño entró en la casa.

Sentí un escalofrío.

Eduardo respondió con frialdad.

—Ya se fue.

—¿Ah, sí?

Alberto observó la habitación detrás de Eduardo.

Sus ojos se detuvieron un segundo en la silla de ruedas.

Luego volvieron a Eduardo.

—Me alegra saber que estás… bien.

Eduardo sostuvo su mirada.

—Siempre lo estoy.

El silencio entre ellos era tenso.

Pesado.

Finalmente Alberto sonrió otra vez.

—Bueno… no los molestaré más en su noche de bodas.

Sus ojos se posaron en mí.

—Carolina… bienvenida a la familia.

No supe qué responder.

Alberto se dio la vuelta y comenzó a caminar por el pasillo.

Antes de desaparecer, dijo algo más:

—Espero que descanses bien, sobrino.

Hizo una pausa.

—Nunca se sabe lo que puede pasar durante la noche.

Y se fue.

Eduardo cerró la puerta lentamente.

El clic de la cerradura sonó más fuerte de lo normal.

—Él lo sabe —dije.

Eduardo no respondió inmediatamente.

Caminó hacia la ventana otra vez.

—Tal vez.

—¿Tal vez?

—O tal vez solo está jugando.

—¿Jugando?

Eduardo se giró hacia mí.

—Mi tío es paciente.

—Intentó matarte.

—Sí.

—Eso no es un juego.

Eduardo suspiró.

—Para él sí lo es.

Me senté en la cama otra vez.

—Entonces ahora sabe que no estás paralizado.

Eduardo negó con la cabeza.

—No.

—Pero te vio de pie.

—No.

Señaló la puerta.

—Cuando llegó, ya estaba sentado en la silla.

Entonces entendí.

Eduardo había vuelto a fingir.

—Así que todavía cree que eres débil.

Eduardo asintió.

—Y eso nos da una ventaja.

—¿Nos?

Eduardo me miró.

—Sí.

—Eduardo…

Respiré profundamente.

—Yo no soy parte de tu guerra familiar.

Él caminó hacia mí.

—Lo sé.

—Pero parece que ya estoy atrapada en ella.

Hubo un breve silencio.

Luego Eduardo dijo algo inesperado.

—Por eso necesito decirte la verdad.

—¿Qué verdad?

Eduardo abrió otro cajón de la mesa.

Sacó una carpeta.

La colocó frente a mí.

—Mira esto.

Abrí la carpeta lentamente.

Había documentos.

Transferencias bancarias.

Contratos.

Y fotografías.

Fotografías de hombres que no parecían empresarios.

Parecían…

Peligrosos.

—¿Qué es todo esto?

Eduardo habló con calma.

—Los negocios secretos de mi tío.

Pasé otra página.

—Esto parece…

—Lavado de dinero.

Sentí que mi corazón se aceleraba.

—¿La empresa familiar está involucrada?

—No oficialmente.

—Pero él sí.

—Exactamente.

—Entonces esto no es solo una pelea por herencia.

Eduardo negó con la cabeza.

—No.

Se inclinó un poco hacia mí.

—Es mucho peor.

—¿Por qué?

Eduardo señaló una de las fotos.

—Porque si mi tío controla la empresa…

Hizo una pausa.

—Controlará miles de millones de dólares.

El silencio cayó sobre la habitación.

—Y también algo más.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

Eduardo respondió en voz baja.

—Poder político.

Sentí un escalofrío.

—Entonces necesitas pruebas para detenerlo.

—Sí.

—¿Y todavía no las tienes?

Eduardo negó con la cabeza.

—No suficientes.

—¿Por eso fingiste estar paralizado?

—Sí.

—Para que él bajara la guardia.

—Exactamente.

Pensé unos segundos.

—¿Y dónde están las pruebas que faltan?

Eduardo me miró fijamente.

—En su oficina.

—Dentro de esta mansión.

—Sí.

Mi corazón empezó a latir más rápido.

—Eso significa que debemos entrar allí.

Eduardo sonrió levemente.

—Exactamente.

Entonces comprendí algo.

—Y yo soy la distracción.

Eduardo no respondió.

Pero su silencio fue suficiente.

—Por eso me elegiste.

—En parte.

—¿En parte?

Eduardo suspiró.

—Porque también necesitaba a alguien en quien pudiera confiar.

Lo miré fijamente.

—¿Y por qué confiar en mí?

Eduardo tardó unos segundos en responder.

—Porque cuando pensabas que estaba paralizado…

—¿Sí?

—Fuiste la única persona que se preocupó si me había lastimado al caer.

Sentí que algo dentro de mí se suavizaba un poco.

—Eso es lo mínimo que haría cualquier persona.

Eduardo negó con la cabeza.

—En esta familia… no.

El silencio entre nosotros cambió.

No era tan frío como antes.

Pero la tensión seguía allí.

—Entonces —dije finalmente—.

—¿Sí?

—¿Cuál es el plan?

Eduardo caminó hacia la puerta.

—Mañana por la noche.

—¿Qué pasará mañana?

—Habrá una cena familiar.

—¿Y?

—Mi tío pensará que todo está bajo control.

Me miró.

—Y mientras todos estén ocupados…

Hizo una pausa.

—Nosotros entraremos en su oficina.

Sentí una mezcla de miedo y adrenalina.

—¿Y si nos descubre?

Eduardo sonrió ligeramente.

—Entonces la noche de bodas será el menor de nuestros problemas.