El silencio después de la confesión de Diane se sentía distinto.

Más pesado.

Más real.

Ya no era la conversación tranquila entre dos personas que se conocían.

Ahora había algo más.

Algo peligroso.

—Ryan —dijo Diane finalmente.

—Sí.

—No esperaba contarte todo esto tan pronto.

—Supongo que tampoco esperaba escucharlo.

Ella sonrió ligeramente.

—Tienes la opción de irte.

—¿Irme?

—Sí.

—¿Porque sabes demasiado?

—Exactamente.

Miré la memoria USB que había guardado en el cajón.

—¿Qué tan peligroso es esto realmente?

Diane respondió sin rodeos.

—Mucho.

—¿Al nivel de amenazas legales?

—Al nivel de gente que no quiere que esas pruebas existan.

Eso era peor.

Mucho peor.

Me pasé una mano por la nuca.

—Entonces déjame entender.

—Adelante.

—Descubriste un esquema de lavado de dinero que involucra a empresas gigantes.

—Sí.

—Guardaste pruebas.

—Sí.

—Renunciaste a tu trabajo.

—Sí.

—Te divorciaste.

—Eso fue coincidencia… pero sí.

—Y ahora estás escondida esperando el momento para exponer todo.

—Correcto.

Suspiré.

—Eso es… mucho para procesar con una taza de café.

Diane soltó una pequeña risa.

—Lo sé.

En ese momento…

Se escuchó un sonido.

Un golpe seco.

Ambos nos quedamos quietos.

—¿Escuchaste eso? —susurré.

Diane frunció el ceño.

—Sí.

Otro sonido.

Esta vez desde el pasillo.

Pasos.

Lentos.

Pesados.

Mi corazón empezó a latir más rápido.

—¿Esperas a alguien?

Diane negó con la cabeza.

—No.

El silencio en el loft se volvió tenso.

Luego…

Un golpe en la puerta.

No un toque.

Un golpe fuerte.

—Diane Carter —dijo una voz masculina desde el pasillo.

Diane se puso pálida.

—No abras —susurró.

La voz volvió.

—Sabemos que estás ahí.

Sentí que la adrenalina me recorría el cuerpo.

—¿Quiénes son?

Diane habló en voz baja.

—Gente que no quiere que hable.

El golpe en la puerta se repitió.

Más fuerte.

—Diane.

—Esto no tiene que ser difícil.

La cerradura vibró con el impacto.

Miré alrededor rápidamente.

El loft tenía otra salida.

Una puerta metálica cerca de la cocina.

—¿Eso lleva a las escaleras de incendios?

Diane asintió.

—Sí.

—Entonces vamos.

Otro golpe.

La puerta principal crujió.

—¡Diane!

Tomé mi bolsa de herramientas.

—¿Por qué la llevas?

—Porque pesa mucho.

Diane casi sonrió en medio del miedo.

Corrimos hacia la puerta metálica.

La abrí.

El aire caliente de la noche entró de golpe.

La escalera de incendios bajaba por el lateral del edificio.

—Después de ti.

Diane bajó primero.

Yo detrás.

Justo cuando llegamos al segundo piso…

Escuchamos la puerta del loft romperse.

Un ruido fuerte.

Madera astillándose.

—¡Se escaparon!

—¡Por la escalera!

Diane se detuvo un segundo.

—Ryan…

—Sigue bajando.

—Esto no es tu problema.

—Ahora lo es.

Llegamos al callejón.

La ciudad seguía viva.

Coches.

Luces.

Gente caminando.

Pero para nosotros el mundo se había vuelto mucho más pequeño.

—¿A dónde vamos? —pregunté.

Diane respiraba con dificultad.

—Tengo un contacto.

—¿Policía?

—Periodista.

—Eso suena más seguro que esconderse.

Diane me miró.

—Ryan.

—¿Sí?

—Podías haberte ido hace una hora.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué te quedaste?

Pensé unos segundos.

—Porque arreglar cosas es lo único que sé hacer.

Diane sonrió ligeramente.

—¿Y esto?

—Esto parece algo que necesita ser arreglado.

A lo lejos se escucharon sirenas.

La ciudad seguía moviéndose.

Y mientras caminábamos entre las luces de la noche…

Me di cuenta de algo.

Aquella llamada de emergencia a las 23:47 no había sido solo por un aire acondicionado roto.

Había sido el comienzo de algo mucho más grande.

Algo que ninguno de los dos había planeado.

Pero que ahora…

Tendríamos que terminar juntos.