La cena familiar comenzó exactamente a las ocho de la noche siguiente.

El gran comedor de la mansión Figueiredo estaba iluminado por una enorme lámpara de cristal.

La mesa era larga.

Demasiado larga.

Llena de familiares que hablaban con sonrisas elegantes y miradas cuidadosas.

Pero bajo esa apariencia de lujo…

Había tensión.

Yo estaba sentada junto a Eduardo.

Él había vuelto a su papel.

En la silla de ruedas.

Inmóvil.

Silencioso.

Solo sus ojos se movían.

Observando todo.

Alberto Figueiredo estaba al otro extremo de la mesa.

Contando una historia divertida que hacía reír a todos.

Pero cada cierto tiempo…

Sus ojos se dirigían hacia nosotros.

Como si vigilara cada movimiento.

—Carolina —dijo una mujer elegante a mi lado—, ¿cómo es tu nueva vida aquí?

Sonreí educadamente.

—Aún me estoy acostumbrando.

Alberto levantó su copa.

—Espero que nuestra familia la esté tratando bien.

—Por supuesto —respondí.

Eduardo no dijo nada.

Pero debajo de la mesa sentí su mano tocar suavemente la mía.

Una señal.

El plan estaba comenzando.


Diez minutos después…

Me levanté.

—Disculpen —dije—. Necesito un poco de aire.

Alberto me observó con una sonrisa tranquila.

—Por supuesto.

Caminé hacia la puerta del comedor.

Mi corazón latía con fuerza.

El pasillo estaba vacío.

Cuando doblé la esquina, Eduardo ya estaba allí.

De pie.

La silla de ruedas había quedado atrás.

—¿Todo bien? —susurró.

—Sí.

—Mi tío aún está en la mesa.

—Entonces tenemos poco tiempo.

Subimos las escaleras en silencio.

El despacho de Alberto estaba al final del pasillo.

Una puerta de madera oscura.

Eduardo sacó una pequeña herramienta del bolsillo.

—¿Sabes abrir cerraduras?

—Aprendí cuando descubrí que alguien quería matarme.

En menos de veinte segundos…

La puerta se abrió.

Entramos.

La oficina era enorme.

Estantes llenos de libros.

Un escritorio elegante.

Y una caja fuerte detrás de un cuadro.

—Debe estar ahí —dijo Eduardo.

Corrí hacia el escritorio.

Comencé a revisar los cajones.

Documentos.

Contratos.

Facturas.

Pero nada decisivo.

—Eduardo…

—¿Sí?

—Aquí hay algo.

Le mostré un pequeño dispositivo.

Un disco duro.

Eduardo lo miró.

—Eso podría contener todo.

—¿Todo?

—Transferencias… cuentas secretas… nombres.

Mi corazón empezó a latir más rápido.

—Entonces ya lo tenemos.

Pero en ese momento…

Escuchamos una voz detrás de nosotros.

—¿Buscando algo?

Nos congelamos.

Al girar…

Alberto estaba en la puerta.

Sonriendo.

—Debo admitir que esto es decepcionante.

Eduardo se puso delante de mí.

—Sabía que lo descubrirías tarde o temprano.

Alberto entró lentamente.

—Pero esperaba más inteligencia de tu parte.

Sus ojos se posaron en el disco duro.

—Ese archivo pertenece a mi empresa.

Eduardo respondió con calma.

—No por mucho tiempo.

Alberto suspiró.

—Sabes, sobrino…

Se acercó unos pasos.

—Tu accidente fue un error.

El silencio llenó la habitación.

—Debí asegurarme de que murieras.

Sentí que el aire se volvía frío.

Eduardo habló con calma.

—Entonces admítelo.

Alberto sonrió.

—Claro que fui yo.

Mi corazón se detuvo.

—Corté los frenos de tu coche.

—¿Por la herencia?

—Por el control.

Alberto levantó ligeramente las manos.

—La familia Figueiredo es demasiado valiosa para dejarla en manos de un niño ingenuo.

Eduardo levantó lentamente su teléfono.

—Gracias.

Alberto frunció el ceño.

—¿Por qué?

Eduardo mostró la pantalla.

—Porque acabas de confesar.

En ese momento…

Se escucharon pasos en el pasillo.

La puerta se abrió.

Dos policías entraron.

—Señor Alberto Figueiredo, queda arrestado por intento de homicidio y fraude financiero.

La sonrisa de Alberto desapareció por primera vez.

—¿Qué es esto?

Eduardo respondió con calma.

—El final de tu juego.

Los oficiales se acercaron.

Le colocaron las esposas.

Antes de salir, Alberto me miró.

—Cometiste un error al confiar en él.

Pero ya no me asustaba.

Porque sabía que el juego había terminado.


Tres meses después…

La empresa Figueiredo estaba bajo nueva dirección.

Eduardo.

Los negocios ilegales de Alberto habían sido expuestos.

Y la familia finalmente respiraba tranquila.

Una tarde estábamos en el jardín de la mansión.

Yo sentada en una silla.

Eduardo caminando frente a mí.

—Nunca imaginé que mi matrimonio arreglado terminaría así —dije.

Eduardo sonrió ligeramente.

—Yo tampoco.

—Al principio pensé que eras el peor esposo del mundo.

—Lo recuerdo.

—Y ahora…

Eduardo levantó una ceja.

—¿Ahora?

Lo miré.

Y dije algo que tampoco esperaba decir cuando acepté aquel matrimonio.

—Ahora creo que fue la mejor decisión que tomé.

Eduardo se acercó un poco.

—¿Incluso si todo empezó como un plan?

—Especialmente por eso.

Hubo un momento de silencio.

Luego Eduardo dijo en voz baja:

—Carolina…

—¿Sí?

—Tal vez deberíamos intentar algo.

—¿Qué cosa?

Eduardo sonrió.

—Un matrimonio real esta vez.

No supe cuándo ocurrió.

Pero por primera vez desde que comenzó esta historia…

Sentí que tal vez…

Aquella boda obligada había terminado convirtiéndose en algo mucho más verdadero. ❤️