20 Costumbres Asquerosas de los Europeos que Llegaron a México en el Porfiriato - News

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20 Costumbres Asquerosas de los Europeos que Llegaron a México en el Porfiriato

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Ciudad de México, mayo de 1889.

Don Íñigo de la Rañaga, Hidalgo español originario de Bilbao, desembarca en Veracruz acompañado de su esposa, doña Mercedes, y tres sirvientes personales.

La familia se hospeda en el hotel Iturbide durante seis semanas mientras negocian inversiones mineras con la administración porfirista.

Cuando finalmente parteno hacia España, el gerente del hotel ordena quemar todos los colchones, cortinas y alfombras de las tres habitaciones que ocuparon.

Los olores acumulados eran imposibles de eliminar mediante lavado convencional.

Los libros de historia oficial te vendieron una imagen falsa de los europeos que llegaron a México durante el porfiriato.

Refinados hidalgos españoles, elegantes damas madrileñas, comerciantes catalanes impecables paseando por el paseo de la reforma con modales civilizados superiores a los mexicanos.

Nada de eso es verdad.

La realidad documentada era exactamente al revés.

Los europeos que llegaron al México porfirista cargaban costumbres higiénicas tan asquerosas que espantaban incluso a las sirvientas mexicanas más humildes acostumbradas a las condiciones más duras del campo.

Hoy te voy a revelar 20 costumbres asquerosas de los europeos que aterrorizaron al México antiguo.

Suscríbete al canal y dale like al video, así seguimos rescatando la historia que enterraron con Cal Viva.

Número 20.

El baño solo dos veces al año.

Los aristócratas franceses que llegaron a México durante el porfiriato consideraban peligroso para la salud bañarse con frecuencia.

La creencia médica europea del siglo XIX sostenía que el agua abría los poros del cuerpo, permitiendo que enfermedades entraran directamente al organismo.

Los nobles franceses, invitados porfirio Díaz, se bañaban solo dos veces al año, generalmente en primavera y otoño.

Durante los meses intermedios se limitaban a lavarse las manos, la cara y ocasionalmente las axilas con paños húmedos perfumados.

Los archivos del hotel Iturbide documentan quejas repetidas del personal mexicano sobre los olores corporales que los huéspedes europeos generaban durante sus estancias prolongadas.

Las sirvientas mexicanas encargadas de las habitaciones tenían que rociar diariamente los cuartos con agua de rosas para tapar los aromas.

La sociedad mexicana, acostumbrada al baño semanal, quedó espantada al conocer estas costumbres europeas consideradas refinadas en París.

Número 19.

El perfume aplicado sobre la suciedad.

Las damas europeas que visitaron México durante el porfiriato aplicaban perfumes franceses en cantidades industriales sobre cuerpos que no habían sido lavados en semanas.

La técnica cosmética europea consistía en cubrir los olores corporales acumulados con capas sucesivas de esencias florales caras.

Cada mañana la dama europea aplicaba nuevo perfume sobre la piel que todavía cargaba residuos secos de perfume del día anterior, mezclados con sudor endurecido, células muertas y polvos cosméticos aplicados semanas antes.

Los archivos de los hoteles elegantes de la capital documentan que muchas damas europeas cargaban en su equipaje frascos de perfume con capacidades equivalentes a varios litros.

Las damas mexicanas del porfiriato, que habían adoptado el baño frecuente combinado con perfumes ligeros, quedaban horrorizadas cuando se acercaban demasiado a estas visitantes europeas y descubrían el olor real oculto bajo las esencias florales pesadas.

La combinación de perfume concentrado con sudor rancio generaba aromas mixtos que los mexicanos llamaron despectivamente el aroma parisino.

Número 18.

Los dientes negros como símbolo de elegancia.

Los aristócratas ingleses que llegaron a México durante el porfiriato consideraban socialmente elegantes los dientes oscurecidos por décadas de consumo de azúcar refinada.

La aristocracia británica del siglo XIX había desarrollado una moda donde los dientes negros o marrones eran considerados prueba de estatus económico elevado, ya que solo los ricos podían permitirse consumir azúcar en grandes cantidades diariamente.

Los caballeros ingleses que visitaban las haciendas enqueneras de Yucatán o las fábricas textiles de Puebla llegaban con sonrisas oscuras [música] que los propietarios mexicanos consideraban perturbadoras.

Algunos aristócratas ingleses incluso pintaban deliberadamente sus dientes con tintas negras cuando la naturaleza no había producido suficiente oscurecimiento espontáneo.

Los archivos dentales del Colegio de Dentistas de México documentan que varios ingleses adinerados residentes en la capital rechazaban explícitamente los tratamientos de blanqueamiento dental ofrecidos, considerando que los dientes blancos eran señal de pobreza y falta de refinamiento cultural.

La sociedad porfirista, acostumbrada al ideal francés de dientes cuidados, quedó consternada al descubrir estas costumbres inglesas.

Número 17.

El escupitajo en los salones de baile.

Los caballeros europeos que asistieron a los grandes bailes oficiales del porfiriato mantenían una costumbre europea considerada refinada en sus países de origen.

El escupitajo controlado en el piso de los salones elegantes durante las conversaciones formales.

Los aristócratas franceses y alemanes tenían la práctica de escupir discretamente hacia el suelo durante las charlas prolongadas, considerándolo gesto natural sin implicaciones sociales negativas.

Los salones oficiales europeos contaban con salivaderas decorativas de bronce estratégicamente colocadas para recibir los escupitajos aristocráticos durante las veladas formales.

Cuando estos caballeros europeos participaban en los bailes del Palacio Nacional o en las recepciones de la Casa Escandón, mantenían la misma costumbre sin considerar que el contexto cultural mexicano era diferente.

Los archivos del ceremonial oficial Porfirista documentan quejas repetidas de los mayordomos sobre las manchas oscuras que los escupitajos europeos dejaban en los tapetes persas importados y en los pisos de mármol italiano.

La sociedad porfirista consideraba el escupitajo público como comportamiento típico de clases populares humildes, no de aristócratas refinados.

Número 16.

Las pelucas con piojos vivos.

Las damas aristócratas europeas que llegaron a México durante el porfiriato usaban pelucas elaboradas fabricadas con cabello humano natural, obtenido principalmente de mujeres pobres europeas que vendían su cabello largo a fabricantes parisinos.

El problema fundamental era que esas pelucas lavaban prácticamente nunca.

La creencia europea sostenía que el agua y los jabones arruinaban el cabello natural, decolorándolo prematuramente y rompiendo la estructura cuidadosamente trabajada por el peluquero original.

Dentro de las pelucas europeas se acumulaban poblaciones activas visibles de piojos, liendres, ácaros del polvo y bacterias en proliferación constante.

Los archivos médicos del Hospital Juárez documentan varios casos de damas mexicanas de la alta sociedad que contrajeron infestaciones parasitarias después de contacto social cercano con visitantes europeas usando pelucas contaminadas.

Algunas damas europeas dormían con las pelucas puestas sostenidas por redes interiores.

La sociedad porfirista, acostumbrada al cuidado capilar riguroso, quedaba espantada al descubrir estas costumbres.

Número 15.

Los vestidos que nunca se lavaban.

Los aristócratas europeos seguían una costumbre estricta que la sociedad porfirista consideraba incomprensible.

Los vestidos formales importados desde París, Londres y Milán nunca se lavaban durante toda su vida útil.

La creencia europea sostenía que los materiales delicados como la seda francesa, el terciopelo italiano y los encajes belgas se arruinaban irremediablemente al contacto con agua y jabón.

Los vestidos elegantes europeos se usaban durante meses o años sin lavado real, acumulando manchas de sudor en las axilas, salpicaduras de comida durante banquetes, restos secos de perfume aplicado repetidamente y residuos corporales diversos que permanecían dentro de las telas costosas.

Los archivos antropológicos documentan que muchos vestidos europeos exhibidos hoy en museos privados mexicanos todavía cargan residuos químicos identificables provenientes de productos corporales humanos absorbidos durante décadas de uso continuo.

La sociedad porfirista, acostumbrada al lavado frecuente de la ropa, consideraba inaceptable esta costumbre europea.

Si las primeras seis costumbres ya te están revolviendo el estómago, no bajes la guardia, lo que viene es peor.

Número 14.

Los cirujanos que no se lavaban las manos, los médicos y cirujanos europeos que llegaron a México durante el porfiriato para atender a la alta sociedad porfirista mantenían prácticas quirúrgicas que la comunidad médica mexicana consideraba peligrosamente antihigiénicas.

La creencia médica europea del siglo XIX, todavía dominante en muchas facultades de medicina antes de la aceptación de la teoría microbiana, sostenía que las manos limpias durante las operaciones eran innecesarias.

Los cirujanos franceses y alemanes que atendieron a pacientes adinerados mexicanos operaban directamente con las mismas manos que habían tocado múltiples pacientes anteriores, sin lavado intermedio, cargando bacterias vivas directamente de una herida quirúrgica a otra.

Los instrumentos quirúrgicos usados durante las cirugías se limpiaban únicamente con paños secos entre pacientes distintos.

Los archivos del Hospital General de la Capital documentan tasas de mortalidad postoperatoria elevadas entre pacientes mexicanos atendidos por cirujanos europeos comparadas con los pacientes atendidos por médicos mexicanos formados en las escuelas modernas.

La comunidad médica mexicana, que había adoptado tempranamente los protocolos antisépticos modernos, quedaba espantada al observar estas operaciones.

Número 13.

La menstruación sin ninguna protección.

Las damas europeas mantenían una costumbre menstrual que espantaba a las mujeres mexicanas.

La aristocracia femenina europea consideraba vulgar y obsena la idea de usar cualquier tipo de protección absorbente durante el periodo menstrual.

La creencia sostenía que la sangre menstrual debía fluir libremente para eliminar impurezas del cuerpo femenino y que cualquier obstrucción artificial mediante paños o esponjas provocaría enfermedades internas graves.

Las damas europeas visitantes simplemente permitían que la sangre menstrual manchara libremente su ropa interior durante los días del ciclo, cambiándose las prendas manchadas varias veces al día sin usar ninguna barrera absorbente.

Los archivos de los hoteles elegantes de la capital documentan que las lavanderas mexicanas encargadas de la ropa interior de las visitantes europeas encontraban regularmente prendas empapadas de sangre que debían ser lavadas manualmente sin protección de guantes.

Las damas mexicanas del porfiriato, acostumbradas a paños absorbentes, quedaban horrorizadas al descubrir estas costumbres.

Número 12.

El orinal bajo la mesa de banquete.

Los aristócratas europeos que asistieron a los grandes banquetes del porfiriato importaron una costumbre francesa considerada refinada en Versalles.

La colocación discreta de orinales de porcelana debajo de las propias mesas de comedor durante los banquetes prolongados de 6 u 8 horas.

Los caballeros europeos consideraban descortés levantarse a usar el sanitario del piso superior porque eso interrumpía la conversación diplomática.

La solución francesa implementada en las mansiones europeas más elegantes era colocar orinales personalizados debajo de las mesas de comedor, disimulados entre los pliegues de los manteles bordados que llegaban hasta el suelo.

Los aristócratas franceses y alemanes que asistían a los banquetes de la Casa Escandón y del Palacio Nacional mantenían esta costumbre.

Los archivos antropológicos del ceremonial porfirista documentan quejas repetidas de los mayordomos mexicanos sobre los olores acumulados durante las largas veladas oficiales, donde los caballeros europeos usaban discretamente los orinal colocados especialmente para ellos.

Las damas mexicanas presentes en estos banquetes sabían perfectamente lo que ocurría debajo de las mesas, pero la etiqueta social porfirista les prohibía mencionarlo explícitamente.

Número 11.

Las barbas llenas de restos de comida.

Los caballeros europeos mantenían barbas largas y elaboradas consideradas símbolo de masculinidad refinada.

El problema era que estas barbas no se lavaban prácticamente nunca con jabón real.

La creencia europea sostenía que lavar la barba con productos químicos arruinaba la textura natural del bello y decoloraba prematuramente el color original.

Los aristócratas europeos se limitaban a peinar sus barbas con peines de marfil y aplicar aceites perfumados franceses sobre la superficie visible.

Durante los banquetes y comidas formales, las barbas europeas acumulaban restos de comida durante las semanas siguientes sin remoción real.

Salsas espesas, migas de pan, fragmentos de carne, gotas de vino tinto.

Todo permanecía atrapado dentro de las barbas elaboradas hasta que caían naturalmente durante los movimientos corporales cotidianos.

Los archivos antropológicos documentan que los sirvientes mexicanos encargados de asistir personalmente a los caballeros europeos durante sus estancias en México debían discretamente recoger los restos de comida que caían de las barbas durante las conversaciones prolongadas.

La sociedad porfirista, acostumbrada al bigote encerado con cuidado riguroso, quedaba espantada.

Número 10.

Las damas que se limpiaban con hojas de árbol.

Las damas aristócratas europeas mantenían una costumbre íntima que las mujeres mexicanas consideraban incomprensible, la ausencia total de papel higiénico o paños específicos para la higiene íntima post evacuación en los sanitarios oficiales europeos.

La aristocracia europea consideraba vulgar la discusión abierta sobre estos temas y por tanto no había desarrollado productos comerciales específicos disponibles.

Las damas europeas más adineradas usaban paños de tela reutilizables lavados ocasionalmente, mientras que las visitantes menos preparadas simplemente usaban hojas de árbol frescas recogidas de los jardines de las mansiones donde se hospedaban.

Los archivos documentan que las sirvientas mexicanas encontraban regularmente hojas usadas en cestos al lado de los inodoros.

Las damas mexicanas, acostumbradas a paños de algodón suave, quedaban horrorizadas al descubrir estas costumbres.

Número nueve, los corsés que nunca se limpiaban internamente.

Las damas europeas usaban corsés elaborados fabricados con varillas de hueso y forros de tela gruesa que apretaban violentamente el torso femenino durante horas continuas cada día.

El problema era que estos corsés no se limpiaban prácticamente nunca internamente.

Los corsés europeos costaban fortunas equivalentes al sueldo anual de varias sirvientas y las damas los conservaban durante décadas de uso continuo, cambiándolos únicamente cuando las varillas se rompían por completo.

El sudor corporal acumulado durante años de uso diario dentro de los corsés generaba condiciones bacterianas que producían olores específicos.

Las damas europeas aplicaban polvos perfumados sobre los corsés antes de vestirse cada mañana para tapar los aromas, pero el problema estructural interno permanecía sin resolver.

Los archivos médicos documentan que muchas damas europeas visitantes en México desarrollaban infecciones cutáneas en el torso directamente atribuibles al contacto prolongado con corsés bacterianamente contaminados.

Las modistas mexicanas, encargadas de ajustar los vestidos de las visitantes europeas debían soportar los olores que emanaban de los corsés viejos.

usados durante décadas sin lavado interno.

Número ocho, los sirvientes que compartían cama con perros.

Los aristócratas europeos que viajaban a México durante el porfiriato traían consigo servidumbre personal que mantenía costumbres inaceptables por los estándares mexicanos.

Los sirvientes europeos, especialmente los ayudas de cámara franceses y las doncellas inglesas, dormían regularmente en la misma cama que los perros de compañía de sus patrones aristócratas.

La costumbre europea sostenía que los perros elegantes de razas puras necesitaban compañía humana constante durante las noches para mantener su estabilidad emocional refinada.

Los sirvientes personales de las damas europeas debían dormir físicamente al lado de los perros pequeños de razas durante todas las noches del viaje.

Los archivos de los hoteles elegantes de la capital documentan quejas repetidas del personal mexicano sobre las condiciones sanitarias de las habitaciones ocupadas por sirvientes europeos que compartían cama con perros durante estancias prolongadas.

Las pulgas de los perros pasaban directamente a los sirvientes durante la noche y desde allí infestaban las habitaciones enteras contaminando alfombras, cortinas y muebles.

La sociedad porfirista consideraba absolutamente inaceptable esta práctica europea.

Ya estamos en el top siete.

Si no aguantaste lo anterior, lo que viene te va a quebrar.

Número siete, el lavado inexistente de los zapatos.

Los caballeros europeos usaban zapatos de cuero fino importados desde Londres e Italia, considerado símbolo de estatus.

El problema era que estos zapatos elegantes no se limpiaban internamente prácticamente nunca durante toda su vida útil.

La creencia europea sostenía que el agua arruinaba el cuero fino y decoloraba las tinturas naturales.

Los caballeros europeos usaban los mismos pares de zapatos durante años seguidos sin ningún tipo de limpieza interna real.

El sudor de los pies acumulado dentro de los zapatos se mezclaba con la grasa natural del cuero, generando condiciones bacterianas particulares que producían olores característicos difíciles de tapar mediante ventilación.

Los archivos antropológicos documentan que los caballeros europeos aplicaban polvos perfumados franceses dentro de los zapatos antes de calzarse cada mañana, pero el problema estructural interno permanecía sin resolver.

La sociedad porfirista, acostumbrada al lavado semanal completo de los zapatos, quedaba espantada al descubrir estas condiciones internas.

Número seis, los baños comunales de familias enteras.

Las familias aristócratas europeas mantenían una costumbre familiar incomprensible.

Los baños completos compartidos por familias enteras dentro de la misma agua caliente.

Cuando una familia europea decidía bañarse durante las dos veces anuales, todos los miembros usaban sucesivamente la misma tina llena de agua caliente calentada con leña.

El padre entraba primero como cabeza de familia, después la madre, luego los hijos varones en orden descendente de edad, después las hijas y al final los sirvientes personales si vivían en la casa.

Al octavo o décimo cuerpo sumergido en la misma agua.

Estaba marrón oscuro con grasa corporal acumulada flotando en la superficie.

Los archivos antropológicos documentan que esta costumbre persistió firmemente en las familias aristocráticas europeas visitantes en México hasta bien entrado el siglo XX.

La sociedad porfirista, acostumbrada al baño individual con agua limpia, consideraba inaceptable esta costumbre.

Número cinco, el cepillado dental inexistente.

Los aristócratas europeos mantenían prácticas dentales que espantaban a los dentistas mexicanos formados en las escuelas modernas.

La costumbre europea sostenía que el cepillado dental frecuente era práctica burguesa vulgar propia de las clases medias emergentes, no de aristócratas refinados.

Los caballeros y damas europeos limitaban su higiene dental a enjuagar la boca con agua perfumada por la mañana y ocasionalmente frotar los dientes con un paño seco después de las comidas principales.

Los cepillos dentales industriales modernos disponibles en Francia e Inglaterra desde mediados del siglo XIX eran considerados objetos vulgares inapropiados para aristócratas verdaderos.

Los archivos del Colegio de Dentistas de México documentan que las bocas de los visitantes europeos presentaban condiciones dentales peores que las de los mexicanos de clases similares.

Placa bacteriana acumulada durante décadas, en sí crónicamente inflamadas, dientes moviéndose sueltos dentro de las cavidades, mal aliento característico permanente detectable a distancia.

La sociedad porfirista, acostumbrada al cepillado dental diario, consideraba estas costumbres incomprensibles.

Número cuatro, las sangrías con instrumentos sucios.

Los médicos europeos que llegaron a México durante el porfiriato mantenían prácticas médicas peligrosamente antihigiénicas.

La sangría rutinaria mediante navajas y sanguijuelas seguía siendo tratamiento estándar recomendado por los médicos europeos formados en las facultades tradicionales de París y Viena.

El problema era que los instrumentos médicos usados durante estas sangrías se limpiaban únicamente con paños secos entre pacientes distintos.

Las navajas específicas usadas para hacer incisiones sobre las venas de los pacientes pasaban directamente de un paciente enfermo a otro sin esterilización real.

Los archivos médicos del Hospital Juárez documentan varios casos de infecciones sistémicas graves entre pacientes adinerados mexicanos que habían sido tratados por médicos europeos con sangrías rutinarias durante enfermedades relativamente menores.

Las anguijuelas usadas se conservaban en frascos de agua estancada durante semanas entre aplicaciones, generando condiciones bacterianas particulares que producían transmisión cruzada de enfermedades.

La Comunidad Médica Mexicana del Porfiriato, que había adoptado los protocolos antisépticos modernos, quedaba espantada al descubrir que estas prácticas europeas seguían vigentes entre médicos, aparentemente prestigiosos, formados en las universidades más antiguas del continente europeo.

Número tres, los bebés fajados sin cambio de pañal.

Las damas aristócratas europeas que viajaron a México durante el porfiriato con niños pequeños mantenían costumbres de cuidado infantil inaceptables para las madres mexicanas.

La costumbre europea sostenía que los bebés debían ser mantenidos fajados firmemente con vendas apretadas durante las primeras semanas de vida y que los pañales sucios debían cambiarse únicamente dos o tres veces al día para no acostumbrar al niño a la comodidad excesiva.

Los bebés europeos permanecían durante horas seguidas con pañales completamente saturados sin cambio real.

Los archivos médicos del Hospital de Maternidad de la Capital documentan casos de infecciones cutáneas graves entre bebés europeos visitantes atribuidas al contacto prolongado con pañales sucios.

Las madres mexicanas del porfiriato, que habían adoptado el cambio frecuente de pañales cada 2 horas, siguiendo tradiciones indígenas prehispánicas de cuidado infantil, quedaban horrorizadas al observar las condiciones sanitarias reales de los bebés europeos aristócratas.

Las nodrizas mexicanas contratadas por familias europeas para amamantar bebés durante estancias prolongadas en México documentaban en sus testimonios personales el shock que experimentaban al conocer estas costumbres europeas.

Número dos, los aristócratas que compartían cucharas.

Los aristócratas europeos que asistían a los banquetes oficiales del porfiriato mantenían una costumbre gastronómica particularmente perturbadora, el uso compartido de cucharas específicas durante los banquetes prolongados, la costumbre francesa sostenía que ciertas cucharas grandes especiales debían ser usadas colectivamente por varios comensales [música] durante los banquetes formales, pasándose de mano en mano para probar preparaciones específicas del menú.

Los aristócratas franceses y alemanes, considerablemente adinerados que asistían a los banquetes de la Casa Escandón, mantenían esta costumbre sin considerar las implicaciones sanitarias del intercambio directo de saliva entre múltipensales.

Los archivos médicos del porfiriato documentan brotes epidémicos ocasionales de enfermedades respiratorias e infecciones bucales entre invitados a banquetes oficiales que compartían cucharas ceremoniales según la costumbre europea.

La sociedad porfirista, que había adoptado el uso individual de cubiertos completos personales, quedaba consternada al observar el intercambio directo de cucharas contaminadas con saliva entre caballeros europeos aparentemente refinados.

Algunos anfitriones mexicanos comenzaron discretamente a instruir a sus mayordomos para reemplazar las cucharas comunales por juegos individuales durante los banquetes con presencia europea.

Número uno, los frascos de orina como medicina.

Aquí está la costumbre más perturbadora documentada en los archivos médicos del porfiriato sobre las prácticas europeas.

Los aristócratas europeos, tanto damas como caballeros, mantenían la creencia médica de que la orina propia contenía propiedades curativas cuando se consumía diariamente por la mañana antes del desayuno.

La costumbre sostenía que la primera orina del día tenía concentraciones de sustancias beneficiosas para la salud y que consumirla cada mañana prevenía enfermedades graves y mantenía la juventud facial.

Los europeos en México cargaban en su equipaje personal frascos de porcelana específicos diseñados para recolectar y beber la propia orina matinal.

Los archivos documentan que esta práctica era común entre damas mayores de 50 años que buscaban detener el envejecimiento.

Las sirvientas mexicanas, encargadas de acomodar las pertenencias descubrían regularmente estos frascos durante la limpieza y quedaban espantadas al comprender el uso real.

Pero hay algo peor.

Los archivos del hotel Iurbide documentan un incidente donde una sirvienta mexicana confundió el frasco de orina matinal de una condesa francesa con agua de tocador durante la limpieza rutinaria.

Cuando la condesa descubrió que su frasco había sido vaciado y reemplazado con agua limpia, generó un escándalo diplomático menor que requirió la intervención personal del gerente del hotel.

La condesa francesa exigió compensación económica por la pérdida de su medicina matinal considerada esencial para su salud, dejando al personal mexicano completamente confundido sobre las verdaderas costumbres médicas de la aristocracia europea, aparentemente civilizada.

Los europeos que llegaron a México durante el porfiriato no fueron simplemente los aristócratas refinados con modales impecables que aparecen en los retratos oficiales del régimen.

Fueron también los portadores silenciosos de un universo de costumbres higiénicas y prácticas cotidianas que la sociedad mexicana porfirista consideraba absolutamente asquerosas e inaceptables.

Si alguna costumbre europea te golpeó distinto a lo que esperabas, déjamelo en los comentarios.

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