Mario Moreno III revela la gélida relación de desprecio mutuo que existió entre Cantinflas y María Félix, detallando encuentros en restaurantes donde la diva mexicana se negaba incluso a saludar al comediante calificándolo despectivamente de “payaso”

 

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La Época de Oro del cine mexicano no solo fue una fábrica de sueños en blanco y negro, sino también un campo de batalla de personalidades volcánicas y amistades inquebrantables que, tras décadas de misterio, comienzan a revelarse con la claridad de la historia vivida.

En una charla íntima y reveladora, Mario Moreno III, nieto del icónico Mario Moreno “Cantinflas”, ha decidido romper el silencio sobre los mitos que rodean a su abuelo y la tensa, casi eléctrica, relación que mantenía con otras figuras de la talla de María Félix, la mujer que personificó la altivez de una nación.

El mito de la rivalidad entre el “Peladito” y “La Doña” no es producto de la imaginación popular, sino una realidad palpable que se manifestaba en los lugares más cotidianos.

Mario Moreno III relata un episodio que ilustra la profundidad de este abismo:

“Mi mamá cuenta que, ya cuando estaba grande mi abuelo, llegó María Félix al restaurante donde él estaba comiendo con mi papá y mi mamá. Cuando ella vio que estaba Cantinflas, dijo: ‘Ay, aquí está este payaso, quién sé qué’, y se fue”.

Este desprecio no era unidireccional; era un duelo de titanes donde la cortesía no tenía cabida.

“Si ella ya estaba ahí y mi abuelo la veía, no se saludaban y se iban. Yo creo que era un duelo de egos”, afirma Moreno III con la seguridad de quien creció escuchando estas anécdotas en la sobremesa familiar.

 

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Sin embargo, el contraste no podría ser mayor al hablar de Pedro Infante.

Mientras que con Félix el ambiente era de gélida indiferencia, con el “Ídolo de Guamúchil” existía una hermandad forjada entre nubes y serenatas.

A pesar de que las redes sociales modernas intentan alimentar teorías conspirativas sobre la muerte de Infante —llegando a sugerir que Cantinflas lo escondió en su hacienda “El Detalle” en la Huasteca Potosina—, la realidad es mucho más humana y menos cinematográfica.

Mario Moreno III desmiente categóricamente estas fantasías: “Fingir una muerte no puede ser. No puedes esconderte tanto tiempo ni hacerle eso a tu familia. Yo lo hablaba con Irma, su hija, y me decía: ‘Imagínate si hubiera sido así, el volver a haber visto a mi papá'”.

La conexión entre ambos era profunda.

Compartían la pasión por la aviación y la camaradería propia de los líderes de una industria en su apogeo.

“Fueron muy buenos amigos. A los dos les encantaban los aviones, pilotaban juntos”, recuerda el nieto del comediante.

Incluso las muestras de afecto llegaban a la intimidad del hogar; era común que Infante llevara mañanitas a las mujeres de la familia Moreno, como Valentina, la esposa de Cantinflas, o a la bisabuela Cholita.

Las anécdotas de juventud también afloran, como aquella en la que un tío de Mario Moreno III le ganó un concurso de fuerzas a un Pedro Infante siempre “ponchado”, lo que generó bromas eternas entre los artistas.

La veracidad de este afecto quedó inmortalizada en el dolor.

En el funeral de Infante, en 1957, Cantinflas no fue solo una figura pública cumpliendo un protocolo; fue el hombre que recibió el ataúd en el aeropuerto y encabezó las guardias de honor con el rostro desencajado.

“No te pones así por un desconocido”, reflexiona Moreno III ante fotografías donde se ve a su abuelo limpiándose las lágrimas.

 

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Pero no todo fue armonía en el gremio.

La creación de la Asociación Nacional de Actores (ANDA) puso a prueba la templanza de los líderes.

Es un hecho histórico, aunque a veces tildado de mito, que Mario Moreno y Jorge Negrete llegaron incluso a las manos por diferencias ideológicas.

“Fue el momento de la calentura, por defender cada quien sus ideales. A lo mejor eso fue lo que los llevó a ya no ser tan amigos”, explica Mario.

Sin embargo, por encima de las riñas personales, prevalecía el compromiso social.

Figuras como Dolores del Río y Silvia Pinal se unieron a ellos para crear estancias infantiles y la Casa del Actor, demostrando una fuerza altruista que hoy parece escasear en las nuevas generaciones.

En la actualidad, las redes sociales han resucitado estas historias, pero a menudo cargadas de invenciones malintencionadas, como la absurda obsesión de Cantinflas con sirenas en el mar.

Mario Moreno III asume con orgullo la tarea de proteger el legado: “Poner el recuerdo de mi abuelo para que la gente se acuerde como es y no por inventos.

Hay que dejar descansar a las figuras y no hacer chismes cuando alguien ya no se puede defender”.

A través de la investigación y el acceso a datos verídicos, el nieto del actor busca que el público conozca tanto al personaje como a la persona, dos facetas que, según el propio Cantinflas, nacieron y caminaron juntas.

Al final, lo que queda es la imagen de una era donde la competencia era camaradería y donde, a pesar de los egos internacionales, el cine mexicano supo unirse para conquistar el mundo, dejando tras de sí un rastro de gloria, algunas lágrimas verdaderas y un silencio sepulcral ante el paso de “La Doña”.

 

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