El célebre periodista aboga por el voto a favor del radical Roberto Sánchez para frenar a Keiko Fujimori, abriendo un intenso debate sobre si el trauma de la dictadura de los años 90 nubla la objetividad del análisis electoral.

El escenario político peruano de cara a la segunda vuelta electoral de 2026 ha vuelto a encender los viejos fantasmas del pasado.
El epicentro del debate lo ocupa ahora César Hildebrandt, uno de los referentes históricos del periodismo de investigación en el país andino, cuya reciente recomendación de voto ha desatado una profunda controversia entre la objetividad analítica y el peso de la memoria histórica personal.
Hildebrandt, quien sufrió en carne propia la persecución del régimen de Alberto Fujimori en la década de los 90 —llegando al exilio en Madrid tras el desmantelamiento de su diario Liberación por revelar las cuentas secretas del asesor Vladimiro Montesinos—, ha manifestado que la prioridad absoluta de los peruanos debe ser «impedir que el fujimorismo tenga plenos poderes y cumpla sus oscuros designios».
Para el periodista, la única alternativa viable, a pesar de sus reticencias, es respaldar la candidatura de la izquierda liderada por Roberto Sánchez (Juntos por el Perú).
Diversos sectores de la opinión pública e intelectuales locales señalan que las demoledoras descalificaciones de Hildebrandt hacia Keiko Fujimori —a quien asocia de forma umbilical con los conceptos de «mafia» y «dictadura»— responden más a un trauma biográfico que a un examen técnico de la coyuntura actual.
Los críticos argumentan que la líder de Fuerza Popular en 2026 opera en un ecosistema democrático e institucional radicalmente distinto al que gobernó su padre en 1992.
Asimismo, el argumento del veterano periodista de que Sánchez estará «atado de manos» por las instituciones del Estado —como un Congreso opositor, una prensa hostil y el Tribunal Constitucional— evoca de manera inevitable el peligroso precedente de 2021.
En aquel año, el mismo sector político utilizó idéntica premisa para justificar el ascenso de Pedro Castillo.
El desenlace es de sobra conocido: Castillo no fue contenido por las instituciones, sino desestabilizado por la inexperiencia y las denuncias de corrupción de su propio entorno, un vacío argumental que los analistas reprochan a la lógica de Hildebrandt.

El principal cuestionamiento al planteamiento del columnista radica en lo que muchos consideran un evidente doble rasero.
Mientras que a la candidatura fujimorista se le factura cada error, alianza cuestionable y proceso judicial de los últimos treinta años, las propuestas de Roberto Sánchez no parecen recibir el mismo control de calidad.
Sánchez, cuyo programa económico es rechazado por el 93% de los economistas del país debido a propuestas de corte radical —como la polémica intención de nacionalizar empresas de telecomunicaciones o sus simpatías declaradas hacia los regímenes de Cuba, Venezuela y Nicaragua—, es evaluado por Hildebrandt no por sus méritos propios, sino por su utilidad inmediata como dique de contención.
«El voto que describe Hildebrandt no es un voto propositivo hacia un proyecto en el que se cree; es un voto reactivo, cuya única justificación es el miedo visceral a la alternativa», apuntan analistas locales.

En su defensa, quienes defienden la postura de la resistencia civil recuerdan las advertencias del propio Hildebrandt: Roberto Sánchez se ha comprometido formalmente a respetar el equilibrio fiscal, la autonomía del Banco Central de Reserva y a mantener la moderación económica bajo la tutela de figuras como Pedro Francke.
En contraste, el temor a que Keiko Fujimori intente gobernar bajo la doctrina autocrática de su progenitor sigue siendo un factor de movilización masiva.
La encrucijada del elector peruano de cara a los próximos comicios vuelve a ser la misma de las últimas décadas: elegir en función del miedo o de la viabilidad institucional.
Una pregunta compleja que, a las puertas de las urnas, parece exigir un análisis desapasionado y, sobre todo, exento de los resentimientos del siglo pasado.
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