Diversas fuentes del entorno televisivo y médico de Buenos Aires reconstruyen el quiebre que sufrió la conductora entre 2006 y 2008. Un diagnóstico nunca confirmado que abrió paso a dos décadas de rigurosa doble vida para proteger su carrera.

 

thumbnail

 

A sus 98 años, Mirtha Legrand (nacida como Rosa María Juana Martínez Suárez en 1927) continúa siendo una institución civil incombustible en la República Argentina.

Sin embargo, en los círculos de producción televisiva y en los pasillos de los principales canales de Buenos Aires, subsiste una tesis que los años no han hecho más que agigantar: la existencia de un diagnóstico médico adverso que la “diva de los almuerzos” habría cargado en la más absoluta intimidad durante casi dos décadas, articulando un hermético cortafuegos familiar para evitar que la opinión pública percibiera el menor rastro de vulnerabilidad.

El punto de inflexión de esta crónica no oficial se sitúa en el otoño de 2007.

Por aquel entonces, Legrand, con 80 años recién cumplidos, ostentaba un poder omnímodo en la pantalla local a través de su célebre formato Almorzando con Mirtha Legrand.

Por su mesa de debate habían pasado desde Diego Armando Maradona y Carlos Menem hasta figuras internacionales de la talla de Antonio Banderas y Plácido Domingo.

Detrás de aquella fachada de sofisticación y agudeza intelectual, comenzaron a manifestarse síntomas menores pero persistentes —fatiga inusual, mareos y episodios de astenia tras las grabaciones— que la conductora, educada en el pudor corporal de los años veinte, prefirió desestimar.

 

La culpa fue de...": se conoció la verdad detrás del diagnóstico de Mirtha  Legrand ESPECTÁCULO El Intransigente

 

Según testimonios recabados de manera anónima entre antiguos miembros del personal técnico y del ámbito sanitario de Palermo, fue un chequeo de rutina realizado en marzo de 2007 el que encendió las alarmas.

Los resultados definitivos habrían sido comunicados a la presentadora una tarde de abril de ese mismo año, mediante una llamada telefónica a su piso de la Avenida del Libertador mientras se encontraba sola.

A partir de ese instante, la conducta de Legrand experimentó una mutación sutil pero perceptible para su equipo de confianza: estilistas, maquilladores y productores ejecutivos comenzaron a notar una inusual distancia y un blindaje emocional en los camerinos.

Pese a ello, la emisión continuó con su ritmo habitual.

Para comprender la determinación de Legrand de mantener bajo llave cualquier alteración de su salud, los analistas apuestan por la lógica comercial de la televisión de la época:

Riesgo contractual: En la industria del entretenimiento, la sospecha de una enfermedad crónica en una figura octogenaria suele traducirse de inmediato en la rescisión de contratos por parte de los canales.

Fuga de patrocinadores: Las marcas comerciales y los fondos publicitarios tienden a retirar el apoyo económico ante la incertidumbre de la continuidad de un programa.

Pérdida de control: Para una personalidad que cimentó su mito sobre la perfección estética y el vigor, la compasión del público equivalía al fin de su carrera profesional.

 

El ultimátum del médico de Mirtha Legrand que hizo que la diva vuelva a  Buenos Aires

 

La hipótesis que baraja el periodismo de investigación del sector detalla un sofisticado protocolo de seguridad médica coordinado presuntamente por su entorno más estrecho.

Este entramado incluía el uso de identidades fiscales falsas para la realización de estudios clínicos en centros de Belgrano y la Zona Norte del Gran Buenos Aires, evitando de este modo filtraciones a la prensa del corazón.

Asimismo, se apunta que los fármacos específicos eran adquiridos a través de farmacias de provincias del interior profundo del país para sortear el rastreo de las cadenas farmacéuticas de la capital.

Dos incidentes específicos parecen sostener esta teoría.

A finales de 2007, Legrand fue increpada por un periodista tras ser vista ingresando a un hospital a altas horas de la madrugada, recibiendo por respuesta una de sus ya históricas evasivas: “Querido, las damas no respondemos esas preguntas”.

Meses más tarde, a mediados de 2008, una ausencia de dos semanas en su programa fue justificada de cara al público como un viaje de descanso europeo, coincidiendo con un inusual hermetismo y reuniones a puerta cerrada en la productora familiar.

 

La leyenda continúa”: Mirtha Legrand despejó dudas sobre su estado de salud  – Página|12

 

La gestión del secreto abre una disyuntiva histórica sobre el nivel de implicación de sus allegados.

Mientras que algunas corrientes afirman que su hermana melliza, Silvia “Goldie” Legrand, fue el soporte fundamental en las fases iniciales del tratamiento, otras sostienen que la conductora decidió aislarla del proceso para mitigar su angustia.

“Goldie” falleció en pleno confinamiento por la pandemia en agosto de 2020 sin haber quebrado jamás la postura oficial de la familia.

Por su parte, su hija Marcela Tinayre y su nieto y actual productor, Nacho Viale, habrían tenido conocimiento preciso de la situación años después de su inicio, lo que derivó en complejas discusiones domésticas sobre la conveniencia de abandonar la exposición al estrés mediático.

La respuesta de la diva, según fuentes fidedignas, siempre fue tajante: “No sé vivir sin las cámaras.

El día que deje de trabajar, me muero”.

Casi dos decenios después de aquella llamada de 2007, y con el caso sumido en el terreno de las verdades no oficiales que configuran la mitología del espectáculo, la longevidad de Mirtha Legrand sigue desafiando las previsiones de la ciencia y confirmando que, ya sea por una genética privilegiada o por una fuerza de voluntad inquebrantable, la televisión argentina sigue supeditada a los designios de su última gran monarca.