El analista financiero Salvador Di Stefano detalló que la macroeconomía registra indicadores positivos como la baja inflacionaria al 32% anual, el fortalecimiento de las reservas del Banco Central y un incremento histórico en el otorgamiento de créditos bancarios

 

thumbnail

 

La realidad económica argentina se desenvuelve actualmente en un escenario de doble carril que genera desconcierto tanto en los analistas de mercado como en los ciudadanos de a pie.

Por un lado, los indicadores estructurales de la macroeconomía muestran una consolidación que el oficialismo defiende con firmeza: un Producto Bruto Interno que empieza a dar señales de reactivación, un Banco Central ostensiblemente fortalecido mediante la compra sistemática de reservas internacionales y un incremento exponencial en el otorgamiento de créditos bancarios, tanto en pesos como en moneda extranjera, que superan ampliamente los registros de las administraciones anteriores.

Sin embargo, al descender al microclima de la actividad comercial minorista, de las pequeñas y medianas empresas y de la industria manufacturera, el panorama se torna sumamente complejo, evidenciando una resistencia a la reactivación que responde a una mutación profunda en las reglas del juego financiero y fiscal del país.

La explicación técnica de esta desconexión entre el éxito macroeconómico y la persistente recesión en el consumo interno radica en el fin definitivo del modelo inflacionario como motor de rentabilidad corporativa.

Durante los últimos años, las empresas argentinas operaban bajo un esquema donde una inflación desbocada del 120% anual permitía enmascarar severas ineficiencias de gestión mediante la indexación constante de precios y el acceso a créditos con tasas de interés reales negativas, es decir, por debajo de la evolución de los precios generales.

En ese antiguo ecosistema, los empresarios lograban un diferencial financiero que garantizaba la liquidez de sus firmas a costa de la licuación de las deudas.

En la actualidad, con un índice inflacionario que se ha desplomado al 32% anual gracias al estricto ordenamiento monetario de la gestión de Javier Milei, los márgenes de ganancia pura se han vuelto sumamente estrechos, situándose en torno al 4% o 6% sobre el volumen total de las ventas.

 

Por qué Argentina tiene una inflación anual que supera el 50% (casi cinco  veces la de Brasil y más de ocho veces la de México) - BBC News Mundo

 

Esta drástica reducción de la rentabilidad obliga a los comerciantes locales, desde farmacias y almacenes de barrio hasta minimercados independientes, a reformular por completo sus estructuras de trabajo.

Al desaparecer el beneficio de la especulación financiera, la única vía sostenible para incrementar los ingresos netos es la expansión del volumen físico de mercadería comercializada; ya no es lo mismo percibir un escaso porcentaje de ganancia sobre una base de cien clientes que sobre una base de doscientos.

Adicionalmente, el sector productivo se encuentra ante una encrucijada impositiva severa, donde la subsistencia de los negocios medianos depende de una urgente flexibilización de la carga fiscal en sus tres niveles: el nacional, mediante la eliminación del impuesto al cheque; el provincial, a través de la reducción del gravamen sobre los ingresos brutos; y el municipal, con la exención de las tasas de seguridad e higiene que asfixian la operatoria diaria.

En este nuevo contexto de estabilidad y baja inflación, recurrir al financiamiento bancario tradicional para cubrir baches de liquidez o malas decisiones de inventario se ha transformado en un camino directo hacia la quiebra.

Debido a que las tasas de interés que cobran las entidades financieras se ubican actualmente por encima de los niveles de rentabilidad neta de los comercios, las empresas exitosas deben financiarse obligatoriamente con capital propio.

Grandes corporaciones minoristas con balances públicos, como la cadena farmacéutica y de consumo masivo Farmacity, reflejan esta nueva realidad en sus estados contables, donde una porción mayoritaria de los ingresos operativos debe destinarse al pago de compromisos financieros previos, dejando un margen considerablemente menor para el beneficio directo de los accionistas.

Esto obliga a las firmas a mutar hacia modelos basados en la diversificación de productos misceláneos, suplementos dietarios, bienestar general y una acelerada digitalización de los canales de venta.

 

Salvador Di Stefano: “El que guardó dólar blue tuvo una pérdida del 300% de  poder adquisitivo frente a la inflación” | Perfil

 

El sector de la construcción y el mercado de los desarrollos inmobiliarios también experimentan las consecuencias de este reseteo generalizado de la economía nacional.

El antiguo paradigma habitacional, donde los inversores locales inyectaban masivamente sus fondos excedentes en proyectos “en pozo” como una estrategia desesperada de resguardo patrimonial ante el temor de una confiscación bancaria o una devaluación incontrolable, ha quedado obsoleto.

Con la normalización del sistema financiero, la reducción del riesgo país y la disponibilidad de bonos públicos estables, la demanda de los consumidores ha dado un vuelco radical hacia la adquisición de propiedades completamente terminadas y listas para su habitabilidad inmediata.

Los desarrolladores inmobiliarios ya no pueden financiar sus obras de manera exclusiva con el dinero de los compradores iniciales, sino que se ven compelidos a invertir capital propio de riesgo y a ofrecer plazos de pago flexibles y cuotas de largo alcance para captar a las nuevas familias.

La persistencia de indicadores negativos en ramas sensibles como la industria manufacturera responde, en última instancia, a una brecha de adaptación estructural dentro del empresariado argentino.

La estabilización macroeconómica ha cancelado de forma definitiva el fantasma de una deriva institucional hacia modelos económicos de planificación centralizada o hiperinflación, consolidando un esquema de libre mercado integrado al mundo occidental.

Ante este panorama irreversible, los sectores industriales se enfrentan a la disyuntiva de reincorporar sus capitales acumulados en el exterior para invertirlos de manera directa en la adquisición de maquinaria moderna, optimización de procesos logísticos y reducción de costos unitarios de producción, o arriesgarse a ser absorbidos por la competencia internacional.

La economía argentina ha modificado sus cimientos, abandonando los subsidios cruzados y las distorsiones monetarias para ingresar a una etapa donde la eficiencia en la gestión privada y el aumento de la productividad real son los únicos garantes de la supervivencia comercial.

 

Salvador Di Stéfano: “Argentina tiene mejores números que Brasil y el  riesgo país debería bajar fuerte” | Perfil