El legendario cantautor argentino Ramón “Palito” Ortega conmemoró sus 84 años de vida en una íntima celebración familiar mientras transita una gira de despedida que marca el cierre de más de seis décadas de trayectoria en la música, el cine y la política latinoamericana

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Ramón Bautista Ortega, inmortalizado por la cultura popular latinoamericana bajo el apodo de “Palito Ortega”, encarna como ningún otro artista el tránsito del desamparo absoluto al olimpo del espectáculo y el poder político en el Cono Sur.

Nacido en el humilde poblado tucumano de Lules en 1941, su infancia estuvo signada por el abandono materno y la urgencia económica, obligándolo a trabajar como lustrabotas, vendedor de periódicos e incluso cuidador de tumbas antes de emigrar a Buenos Aires a los 14 años en busca de un destino musical.

Su irrupción en la escena pública a comienzos de la década de 1960 a través del fenómeno televisivo “El Club del Clan” no solo revolucionó el sonido pop de toda una generación con éxitos masivos como Despeinada y Sabor a nada, sino que inauguró una trayectoria polifacética que incluyó el protagonismo cinematográfico, la dirección de cine, la gobernación de su provincia natal entre 1991 y 1995, y un controvertido rol como productor que lo llevó a la bancarrota financiera en 1981 tras traer a Frank Sinatra a la Argentina en plena dictadura militar.

Hoy, al cumplir 84 años en medio de su gira de despedida, el ícono de la Nueva Ola rompe el silencio en una etapa de profunda vulnerabilidad, enfrentando reclamos filiales no resueltos en los tribunales mediáticos y admitiendo públicamente el costo familiar de su gloria.

 

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La consolidación de su mito artístico corrió en paralelo con la construcción de un romance de ribetes cinematográficos que cautivó a la sociedad argentina durante casi seis décadas junto a la actriz Evangelina Salazar.

La química surgida en 1964 durante el rodaje de la comedia romántica Mi primera novia desafió las barreras de clase que separaban el origen marginal de Ortega del entorno acomodado de la intérprete, culminando en una boda civil y religiosa en 1967 que paralizó Buenos Aires y fue transmitida en directo con audiencias históricas.

El posterior retiro de Salazar en 1979 para dedicarse exclusivamente a la crianza de sus seis hijos permitió al cantante sostener una carrera frenética, un sacrificio doméstico que el propio Ortega reconoció recientemente con amargura al confesarse un padre ausente que priorizó los reflectores sobre los primeros pasos de sus niños.

Sin embargo, la aparente estabilidad de la dinastía Ortega sufrió recurrentes embates trágicos en el ámbito privado, como la muerte de su hermano Luis en un accidente automovilístico en 1996 y el posterior suicidio de su cuñada, la célebre conductora televisiva Cristina Lemercier, eventos que ensombrecieron el entorno de un hombre acusado frecuentemente por la crítica de promover un optimismo ingenuo y simplista.

 

A sus 84 años, Palito Ortega homenajea a Evangelina Salazar, sus hijos y  sus nietos: "¿Vieron hasta dónde llegó el abuelo?" | Caras

 

La audacia comercial de Ortega también estuvo a punto de destruir su patrimonio cuando decidió invertir la suma de dos millones de dólares para concretar las cinco presentaciones de Frank Sinatra en Buenos Aires en 1981, un movimiento que desató duras especulaciones políticas por los vínculos del astro estadounidense con la administración de Ronald Reagan y sus presuntas simpatías hacia el régimen militar gobernante.

Aunque las galas fueron un éxito de convocatoria absoluto, la estrepitosa devaluación de la moneda local licuó por completo los ingresos y generó una pérdida superior a los dos millones de dólares, forzando la quiebra del artista y su posterior exilio financiero hacia Miami, donde el propio Sinatra intervino activamente para ayudarlo a reconstruir su red de contactos comerciales.

Décadas más tarde, su rol como benefactor se invertiría de forma histórica al recibir en su propia residencia al ícono del rock argentino Charly García durante el año 2008, asumiendo su cuidado personal y coordinando un complejo proceso de rehabilitación de las adicciones que permitió el regreso del genio musical a los escenarios bajo la premisa de una solidaridad incondicional entre colegas.

 

Palito Ortega y Evangelina Salazar, juntos en LN+: “Hay que empezar a  despedirse” - LA NACION

 

El tramo definitivo de su vida, lejos de transcurrir en la quietud del retiro, se vio sacudido en 2022 por la aparición pública de Rosa Ortega en los canales de televisión locales, quien exigió formalmente una prueba de filiación biológica tras asegurar que una confesión en el lecho de muerte de su abuela confirmaba que era hija no reconocida del cantante, desmontando la versión familiar previa que la sindicaba como descendiente de su hermano Juan.

El hermetismo inicial de Palito ante los reclamos de ADN coincidió con los preparativos de su tour definitivo por los escenarios, un contexto donde el cantautor se prestó a entrevistas inusualmente confesionales donde abandonó la coraza del optimismo para reflexionar sobre su propia mortalidad y los escasos nombres que desea que le sostengan la mano en el desenlace final.

Celebrando sus 84 años en la intimidad de su hogar junto a nietos y amigos cercanos, el hombre que hizo bailar a millones bajo el signo de la alegría asume finalmente que su legado inmortal se moldeó tanto por la crudeza del dolor privado como por el resplandor incombustible del éxito popular.