Ucrania recupera 116 km en abril de 2026 tras el fracaso de la ofensiva rusa en Donbás y Zaporiyia según evaluaciones del ISW

 

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La campaña de primavera de 2026, que Moscú había presentado como un intento decisivo para romper las defensas ucranianas en el Donbás, se ha convertido en una secuencia de avances limitados, pérdidas territoriales y fallos de coordinación que están redefiniendo el equilibrio en el frente oriental.

Según evaluaciones del Institute for the Study of War (ISW), Ucrania habría logrado una ganancia neta de aproximadamente 116 kilómetros cuadrados en abril, marcando el primer retroceso territorial ruso significativo desde 2024.

El plan ruso, según analistas militares, buscaba una ofensiva simultánea en múltiples ejes estratégicos, desde zonas cercanas a Pokrovsk y Kostyantynivka hasta sectores del sur como Huliaipole y áreas próximas a Orikhiv.

El objetivo era claro: desgastar las líneas defensivas ucranianas y preparar un avance hacia centros urbanos clave del Donbás antes del verano.

Sin embargo, el desarrollo en el terreno ha sido muy distinto.

Un analista citado en evaluaciones operativas resumió la situación con una frase contundente: “La fase de primavera ha fracasado en su forma actual”.

Las fuerzas ucranianas han aplicado un patrón de respuesta progresivo basado en tres fases: detección con drones de los puntos débiles rusos, infiltración de unidades de asalto y limpieza del terreno mediante sistemas robóticos y apoyo de artillería de precisión.

Este modelo ha permitido recuperar áreas donde las fuerzas rusas solo habían establecido presencia temporal sin consolidar control efectivo.

 

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En la zona de Kostyantynivka, considerada uno de los accesos clave hacia Sloviansk y Kramatorsk, las fuerzas ucranianas han logrado frenar varias incursiones.

El analista de defensa Denis Popovich advirtió sobre la importancia estratégica del sector al señalar: “Esta zona ha sido fortificada desde 2014.

El enemigo puede desgastarla durante años, pero el coste-beneficio es devastador”.

Los combates en el eje de Huliaipole y Zaporizhia también han reflejado este patrón.

Según reportes geolocalizados, Ucrania ha recuperado posiciones en sectores del sur y sureste, mientras que intentos rusos de avanzar en corredores estrechos han sido contenidos mediante ataques en los flancos.

El resultado, según el analista Pavlo Verkhovetskyi, es una estrategia rusa atrapada en su propia geometría operativa: dos salientes estrechos incapaces de expandirse bajo presión constante.

Las fuerzas ucranianas han evitado grandes contraofensivas centralizadas, optando por una acumulación de pequeñas acciones defensivas coordinadas que, sumadas, han alterado el mapa del frente.

El Estado Mayor ucraniano ha confirmado en sus informes diarios múltiples repulsas de incursiones sin detallar grandes operaciones ofensivas.

Sin embargo, la imagen global se ha hecho evidente cuando el ISW consolidó los datos: una pérdida neta de territorio para Rusia en el conjunto del mes.

El colapso parcial de la ofensiva no se explica por un solo factor.

El análisis operativo identifica al menos cuatro elementos estructurales que están condicionando el avance ruso.

 

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El primero es la ruptura de las comunicaciones.

La interrupción de sistemas como Starlink en zonas ocupadas y las restricciones al uso de Telegram han afectado gravemente la coordinación táctica.

Un oficial ucraniano describió la situación de forma directa: “Sin comunicación estable, coordinar una ofensiva es casi imposible”.

El segundo factor es el terreno.

La temporada de deshielo convirtió amplias zonas del frente en un escenario de barro profundo, reduciendo la movilidad de vehículos blindados y frenando operaciones mecanizadas.

El tercero es la crisis de reclutamiento.

Según el periodista Pavlo Kazarin, el número de nuevos contratados cayó un 20% respecto al año anterior, con solo 70.000 reclutas frente a los 90.000 previstos.

Mientras tanto, las bajas superan la capacidad de reposición, generando un déficit creciente.

El cuarto elemento es doctrinal.

La falta de blindados ha obligado a Rusia a depender de unidades de infantería ligera y vehículos improvisados como motocicletas o квадriciclos, que se han convertido en blancos vulnerables frente a los sistemas de drones ucranianos.

Un comandante ucraniano resumió esta dinámica con una observación clave: “Sin blindados no hay maniobra; sin maniobra, la infantería queda expuesta; y sin infantería, el sistema se agota”.

 

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Las cifras reflejan el impacto de esta situación.

A comienzos de 2025, Rusia avanzaba a un ritmo cercano a 10 kilómetros cuadrados diarios.

En 2026, ese promedio ha caído por debajo de 3.

En algunos sectores, el coste de avance alcanza cifras extremas: hasta 7.480 bajas para ganar apenas 41 kilómetros cuadrados en una sola semana.

La presión también se refleja en el coste económico.

Bonos de reclutamiento que alcanzan entre 30.000 y 50.000 dólares en algunas regiones están generando tensión presupuestaria interna, mientras las reservas soviéticas de equipamiento continúan agotándose.

El analista Alexander Kovalenko describió la situación de forma crítica: “Están tomando en un mes lo que antes tomaban en una semana”.

Según su evaluación, la ofensiva no ha logrado avances significativos en ninguno de los ejes principales.

Mientras tanto, Ucrania ha intensificado su estrategia de desgaste asimétrico.

El uso de drones de ataque, sistemas robóticos terrestres y golpes de precisión contra logística y depósitos ha permitido aumentar el coste de cada operación rusa.

En algunas estimaciones, el coste humano supera los 200 soldados por kilómetro cuadrado.

El propio presidente Volodímir Zelenski ha advertido en distintas ocasiones sobre el coste de una ocupación total del Donbás, estimando pérdidas potenciales de entre 300.000 y 1 millón de soldados, una cifra que subraya la magnitud del conflicto.

 

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En el plano estratégico, el ISW señala que Rusia sigue recurriendo a tácticas de infiltración en zonas grises, pequeñas unidades que entran sin consolidar posiciones.

Sin embargo, estas áreas son frecuentemente recuperadas por contraataques locales ucranianos, impidiendo cualquier consolidación territorial estable.

El resultado global es una guerra de desgaste en la que la velocidad de avance ruso se ha desacelerado de forma significativa, mientras Ucrania mantiene una estructura defensiva cada vez más automatizada y distribuida.

El analista Kovalenko lo sintetizó en una de sus evaluaciones más citadas: “No hay una ruptura operativa, solo una progresiva erosión del avance ruso”.

En este contexto, abril de 2026 marca un punto de inflexión: Rusia pierde terreno por primera vez en términos netos, su ofensiva se ralentiza y su capacidad de maniobra se ve limitada por factores logísticos, humanos y tecnológicos.

El frente, lejos de una ruptura decisiva, se ha transformado en un sistema de presión constante donde cada kilómetro ganado tiene un coste creciente, y donde el equilibrio estratégico depende cada vez más de la capacidad de adaptación que de la fuerza bruta.