Moscú desplegó nuevos sistemas antiaéreos, bloqueos electrónicos y estrictos protocolos de seguridad alrededor de Vladímir Putin ante el aumento de ataques con drones ucranianos cerca de la capital rusa

 

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Moscú vive bajo una tensión inédita.

A pocos días del tradicional desfile del 9 de mayo, el Kremlin ha desplegado uno de los mayores dispositivos de seguridad vistos en la capital rusa desde el inicio de la guerra en Ucrania.

Sistemas antiaéreos reforzados, bloqueos de internet móvil, cierres temporales de aeropuertos y estrictos protocolos alrededor del presidente Vladímir Putin revelan el creciente temor de Rusia ante una amenaza que ha transformado la guerra moderna: los drones.

Las autoridades rusas han multiplicado las defensas alrededor de Moscú después de varias incursiones de drones ucranianos en territorio ruso durante las últimas semanas.

Algunos aparatos lograron acercarse peligrosamente a zonas estratégicas de la capital, obligando al Kremlin a endurecer las medidas de protección del mandatario ruso y de las instalaciones militares más sensibles.

El ambiente previo al Día de la Victoria, la celebración más importante del calendario político ruso, se ha convertido este año en una auténtica operación defensiva.

Por primera vez en casi dos décadas, el desfile de la Plaza Roja se realizará sin la tradicional exhibición masiva de tanques, lanzadores de misiles y vehículos blindados.

El Ministerio de Defensa ruso justificó la decisión apelando a “la situación operativa y razones de seguridad”.

 

Putin se está escondiendo en bunkers y ya limitó sus apariciones públicas  ante el temor de

 

Detrás de esa explicación hay un temor evidente: un eventual ataque con drones durante la ceremonia más simbólica del poder ruso.

Volodímir Zelenski elevó aún más la tensión al advertir públicamente que Ucrania “no puede responsabilizarse de lo que ocurra en territorio ruso” durante las celebraciones del 9 de mayo.

El mandatario ucraniano dejó entrever que Moscú ya no puede garantizar plenamente su propia seguridad aérea, incluso en el corazón político del país.

“Rusia debe entender que esta guerra también tiene consecuencias para ellos”, afirmó Zelenski durante una reciente intervención internacional, mientras insistía en que Ucrania continuará presionando objetivos estratégicos rusos mientras sigan los ataques sobre ciudades ucranianas.

La respuesta rusa fue inmediata.

En Moscú comenzaron los cortes parciales de internet móvil, aumentaron los controles policiales y aparecieron nuevas posiciones antiaéreas alrededor de edificios gubernamentales.

Fuentes de inteligencia europeas señalan además que Putin ha reducido significativamente sus desplazamientos públicos y pasa más tiempo en complejos fuertemente protegidos.

 

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El Kremlin teme especialmente los llamados “enjambres de drones”, ataques coordinados con múltiples aparatos de bajo costo capaces de saturar las defensas convencionales.

La guerra en Ucrania ha demostrado que dispositivos relativamente baratos pueden destruir infraestructura militar valuada en millones de dólares.

La transformación del conflicto ha sido brutal.

Lo que hace pocos años eran herramientas comerciales o recreativas hoy se ha convertido en uno de los elementos más decisivos del campo de batalla.

Refinerías, depósitos de combustible, aeródromos y centros logísticos rusos han sido alcanzados por drones ucranianos a cientos de kilómetros del frente.

El propio Ministerio de Defensa ruso informó recientemente la intercepción de cientos de drones en apenas 24 horas, además de misiles y bombas guiadas.

Moscú sostiene que sus sistemas de defensa continúan funcionando, pero la magnitud de los ataques evidencia el enorme desgaste que vive el aparato militar ruso.

Mientras tanto, la narrativa política también cambia dentro del Kremlin.

El discurso de Putin se ha vuelto más defensivo y centrado en la protección interna del territorio ruso.

Analistas consideran que Moscú ya no enfrenta solamente una guerra convencional en Ucrania, sino una amenaza permanente sobre su propia retaguardia estratégica.

 

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Paradójicamente, el desfile del 9 de mayo, concebido históricamente como una demostración de fuerza militar rusa, llega este año marcado por la ausencia de buena parte del armamento pesado que tradicionalmente recorría la Plaza Roja.

En cambio, el Kremlin busca enfatizar la resiliencia nacional y la continuidad histórica del sacrificio soviético durante la Segunda Guerra Mundial.

Putin insiste en reivindicar el papel decisivo de la Unión Soviética en la derrota de la Alemania nazi.

“Fue el pueblo soviético quien soportó el peso principal de la guerra y quien salvó a Europa del nazismo”, declaró recientemente el mandatario ruso, reiterando una narrativa histórica profundamente arraigada en la memoria colectiva rusa.

En Moscú consideran que Occidente intenta minimizar el papel del Ejército Rojo en la victoria sobre Hitler.

El Día de la Victoria continúa siendo uno de los pilares simbólicos del patriotismo ruso y una herramienta política clave para el Kremlin.

Sin embargo, este año la celebración se desarrolla bajo la sombra constante de la guerra moderna.

Las imágenes de sistemas antiaéreos desplegados en edificios de Moscú, las restricciones digitales y las amenazas cruzadas entre Kiev y el Kremlin reflejan hasta qué punto el conflicto ha alterado la percepción de seguridad en Rusia.

 

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La posibilidad de un incidente durante el desfile preocupa seriamente a las autoridades rusas.

Incluso un ataque menor tendría un impacto político y simbólico enorme para el Kremlin, especialmente frente a líderes extranjeros invitados al evento.

En paralelo, la guerra continúa cobrando un costo humano devastador.

Miles de soldados muertos y heridos, ciudades destruidas y una escalada tecnológica permanente han convertido el conflicto en una guerra de desgaste donde ninguna de las partes parece dispuesta a retroceder.

La evolución de los drones ha cambiado por completo las reglas militares tradicionales.

Ya no se necesitan grandes flotas aéreas ni costosos sistemas de combate para amenazar instalaciones estratégicas.

Ucrania ha demostrado que pequeñas aeronaves no tripuladas pueden alterar la seguridad de una potencia nuclear como Rusia.

Y precisamente ese es hoy el mayor temor del Kremlin: que la guerra ya no tenga fronteras claras y que ni siquiera Moscú pueda sentirse completamente protegida.