Un testimonio atribuido a un antiguo combatiente describe el desarrollo de la campaña guerrillera en Bolivia entre 1966 y 1967 bajo el liderazgo de Ernesto Guevara

En octubre de 1967, en el Cañón del Yuro, Bolivia, se desarrolló uno de los episodios finales de una campaña guerrillera en la región que involucró a un reducido grupo de combatientes encabezados por Ernesto Guevara.
De acuerdo con el relato de uno de los supuestos sobrevivientes, los hechos comenzaron tras meses de aislamiento, desgaste físico extremo y la ausencia de los refuerzos prometidos desde Cuba, lo que habría condicionado el destino del grupo en territorio boliviano.
Según esta reconstrucción, el 8 de octubre de 1967 una columna de aproximadamente 17 combatientes se encontraba cercada por fuerzas militares considerablemente superiores, en una situación de extrema precariedad.
El grupo, inicialmente más numeroso, habría sufrido pérdidas progresivas debido a enfrentamientos, enfermedades, deserciones y las difíciles condiciones del terreno selvático.
La falta de suministros médicos, alimentos adecuados y comunicaciones efectivas contribuyó a un deterioro constante de la capacidad operativa.
El despliegue en Bolivia, iniciado a finales de 1966 tras la llegada de decenas de combatientes desde Cuba y otros países aliados, tenía como objetivo expandir la lucha revolucionaria en el continente sudamericano.
El grupo se estableció en una zona de selva densa, caracterizada por altas temperaturas, humedad extrema y dificultades logísticas significativas.
Desde los primeros meses, las condiciones de vida fueron descritas como críticas, con jornadas prolongadas de marcha, escasez de alimentos y enfermedades tropicales recurrentes.

Durante las primeras semanas de operación, la columna habría mantenido contacto por radio con La Habana, transmitiendo informes sobre su situación y solicitando apoyo adicional en forma de armas, medicinas y refuerzos humanos.
Sin embargo, según el testimonio recogido en esta reconstrucción, las respuestas recibidas fueron sistemáticamente ambiguas o aplazadas, lo que incrementó la incertidumbre entre los combatientes.
En enero de 1967, tras la detección de la presencia guerrillera por parte del ejército boliviano, la columna se dividió en dos grupos con el objetivo de dificultar su localización.
Esta decisión redujo la capacidad defensiva general y, con el paso del tiempo, uno de los grupos desapareció tras varios enfrentamientos, lo que supuso una pérdida significativa de efectivos y recursos.
En los meses posteriores, la situación se agravó progresivamente.
Los relatos describen una creciente incidencia de enfermedades como la disentería y la malaria, así como un aumento de los episodios de asma en Ernesto Guevara, quien padecía esta condición desde la infancia.
La falta de medicamentos adecuados habría provocado crisis respiratorias frecuentes y debilitantes, aunque el líder del grupo continuaba participando en las marchas y operaciones militares.

A pesar de algunos enfrentamientos exitosos contra unidades del ejército boliviano, en los que se habrían obtenido armas y suministros, la posición del grupo se volvió cada vez más vulnerable.
El conocimiento del terreno por parte de las fuerzas militares locales, sumado al apoyo logístico internacional, habría incrementado la presión sobre la columna guerrillera, obligándola a constantes desplazamientos para evitar el cerco.
Hacia mediados de 1967, la moral del grupo se encontraba profundamente afectada.
La ausencia prolongada de los refuerzos prometidos habría generado desconfianza y agotamiento emocional entre los combatientes.
Según este testimonio, en varias ocasiones se discutió la posibilidad de abandonar la misión, aunque la mayoría decidió permanecer junto a su comandante.
En agosto de 1967, se difundió por radio un mensaje que anunciaba la llegada inminente de nuevos refuerzos, armamento y medicinas en un plazo de dos semanas.
Esta información habría generado un breve período de esperanza entre los combatientes, quienes incluso realizaron preparativos para la recepción de los suministros.
Sin embargo, el tiempo transcurrió sin que se produjera ningún desembarco o contacto, lo que incrementó nuevamente la sensación de abandono.
En septiembre y principios de octubre, la situación se tornó crítica.
El número de combatientes se redujo aún más debido a bajas en combate, enfermedades y condiciones extremas de supervivencia.
El grupo, compuesto por menos de 20 personas, enfrentaba un cerco militar casi total en la región del Valle Grande.
Las fuerzas bolivianas habrían desplegado unidades especiales, apoyo aéreo, perros rastreadores y tecnología de comunicaciones avanzada para la época.

El 7 de octubre de 1967, la columna se dirigió hacia el Cañón del Yuro, una zona de difícil acceso que, según el relato, fue identificada como un punto de riesgo.
Esa noche, el grupo habría recibido instrucciones de dispersarse en caso de ataque para aumentar las posibilidades de supervivencia individual y permitir que algunos pudieran transmitir lo ocurrido.
Al día siguiente, 8 de octubre de 1967, se produjo el enfrentamiento final.
Las fuerzas militares emboscaron a la columna desde varias posiciones, generando una situación de combate sin posibilidad de retirada organizada.
En medio del caos, los combatientes intentaron romper el cerco en distintas direcciones.
El comandante del grupo resultó herido en una pierna y fue capturado por las fuerzas bolivianas.
El testimonio describe el momento de la captura como un instante decisivo en el que el líder, a pesar de su estado físico, mantuvo la calma.
Tras su detención, fue trasladado fuera del campo de combate.
El resto de los combatientes intentó escapar en condiciones extremas, atravesando la selva sin alimentos suficientes ni equipo adecuado, en una huida que se prolongó durante varios días.
Posteriormente, se confirmó oficialmente la muerte del comandante el 9 de octubre de 1967.
Su cuerpo fue mostrado públicamente a la prensa internacional, en un acto que tuvo amplia repercusión mediática.
La columna guerrillera fue prácticamente desarticulada, con muy pocos sobrevivientes logrando salir de la zona de operaciones.

Uno de esos sobrevivientes habría permanecido en fuga durante varios días adicionales, atravesando territorio selvático en condiciones físicas extremas, hasta cruzar finalmente la frontera hacia Chile.
Según el relato, de los aproximadamente 50 combatientes iniciales que ingresaron en la operación boliviana, solo un pequeño número logró sobrevivir.
A su regreso a Cuba, los sobrevivientes fueron recibidos oficialmente y reconocidos como participantes de una misión internacionalista.
Sin embargo, de acuerdo con esta reconstrucción, algunos de ellos habrían mantenido en privado una versión distinta de los hechos relacionados con la falta de apoyo externo durante la campaña.
En los años posteriores, el sobreviviente habría permanecido en silencio durante décadas, desempeñando funciones dentro de instituciones estatales y manteniendo una vida pública discreta.
Solo muchos años después, tras el fallecimiento de los principales líderes de la época y el paso del tiempo, habría reconsiderado su decisión de no hablar públicamente sobre los acontecimientos vividos.
Ya en la vejez, el testimonio culmina con una reflexión final sobre la experiencia en Bolivia, la pérdida de los combatientes y la memoria del comandante caído.
Se subraya que los hechos ocurridos en el Cañón del Yuro marcaron el fin de la campaña guerrillera en la región y dejaron una profunda huella en quienes participaron en ella, tanto por las condiciones extremas vividas como por las consecuencias humanas y políticas derivadas de la operación.
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