La verdad médica tras la misteriosa muerte del faraón Tutankamón: un siglo de investigaciones forenses
Las investigaciones forenses y las tomografías computarizadas realizadas a la momia de Tutankamón descartaron la teoría del asesinato por un golpe en la cabeza y confirmaron que el orificio craneal fue realizado durante el proceso de momificación

Durante más de tres milenios, el destino final del rey niño del Antiguo Egipto permaneció enterrado bajo las arenas del Valle de los Reyes.
Desde que el arqueólogo británico Howard Carter iluminó por primera vez la tumba intacta en 1922, la causa del deceso de Tutankamón, ocurrido hacia el año 1323 a.C.
cuando el monarca contaba con tan solo 18 o 19 años, ha sido objeto de intensas especulaciones e investigaciones científicas.
Tras décadas de hipótesis que abarcaban desde conspiraciones palaciegas hasta accidentes fatales, una serie de análisis médicos avanzados, tomografías computarizadas y exámenes de ADN han logrado reconstruir la cadena de padecimientos y traumas físicos que provocaron la prematura muerte del faraón más famoso de la historia.
El camino para descifrar este enigma médico comenzó formalmente en 1925 con la primera autopsia practicada a la momia, la cual concluyó apresuradamente que se trataba de una muerte por causas naturales.
Sin embargo, en 1968, un equipo de la Universidad de Liverpool realizó radiografías a los restos hallados en la tumba KV62 e identificó una lesión ósea en la parte posterior del cráneo, cerca del oído izquierdo.
Este hallazgo alimentó durante casi cuarenta años la popular teoría del asesinato mediante un golpe traicionero, señalando como sospechoso principal a su alto consejero Ay, quien ascendió al trono tras su fallecimiento.
Esta hipótesis se desmoronó definitivamente en enero de 2005, cuando una tomografía computarizada de alta resolución reveló que la abertura craneal no correspondía a una herida en vida, sino a un orificio efectuado intencionalmente durante el proceso de momificación para introducir resinas conservantes.

Las investigaciones tomaron un nuevo rumbo al detectarse en esa misma tomografía una fractura grave en la pierna izquierda, ocurrida muy poco tiempo antes de su deceso.
Cinco años más tarde, en 2010, un exhaustivo estudio genético y patológico liderado por el egiptólogo Zahi Hawass aportó la evidencia más determinante hasta la fecha.
Tras analizar muestras biológicas de 11 momias reales, los científicos descubrieron la presencia del ADN del parásito Plasmodium falciparum, agente responsable de la forma más letal de la malaria, además de confirmar la existencia de múltiples malformaciones congénitas como el síndrome de Köhler II, una necrosis ósea progresiva que afectaba gravemente su pie izquierdo.
Esta condición médica explica el hallazgo de 130 bastones de mando y apoyo dentro de su ajuar funerario, descartando a su vez la posibilidad de que el soberano sufriera un accidente mientras conducía un carro de guerra.
La investigación genética no solo esclareció las patologías del rey, sino que también desentrañó la compleja y trágica red familiar marcada por la consanguinidad.
Los análisis de ADN confirmaron que Tutankamón era hijo del faraón Akenatón (hallado en la tumba KV55) y de una momia identificada como “La Dama Joven” (KV35), quien resultó ser hermana plena de Akenatón.
Esta práctica habitual entre las dinastías faraónicas para preservar la pureza de la línea divina provocó una acumulación de taras hereditarias que debilitaron progresivamente la salud del joven soberano.
Tim Bet, especialista y gestor de exposiciones sobre el Egipto Antiguo, resumió los hallazgos señalando que los exámenes médicos confirman que el faraón estaba gravemente infectado por malaria y que dicha enfermedad, combinada con la debilidad inmunológica, la necrosis ósea y la infección derivada de la fractura expuesta en su pierna, desencadenó un fallo multiorgánico fatal.
Esta fragilidad biológica también se reflejó en la descendencia del monarca.
Tutankamón contrajo matrimonio con su media hermana, la reina Anjesenamón, con quien no logró dejar un heredero vivo.
En el interior de la tumba se hallaron dos pequeños ataúdes que contenían los restos de dos fetos hembra mumificados, correspondientes a gestaciones interrumpidas de entre cinco y ocho meses.
La ausencia de un sucesor al trono desencadenó un periodo de desesperación política.
Testimonios documentales de la época revelan que la reina viuda envió una carta de auxilio al rey Suppiluliuma I del Imperio Hitita, redactada en los siguientes términos: “Mi esposo ha muerto y no tengo hijos.
Dicen que tú tienes muchos hijos varones.
Si me envías a uno de ellos, lo haré mi esposo y gobernará Egipto”.
Aunque el monarca hitita envió a su hijo, el príncipe Zananza, este fue interceptado y asesinado en el camino, presuntamente por órdenes de los generales Ay y Horemheb, dejando el campo libre para que el anciano Ay tomara el trono e impusiera el matrimonio a la reina, quien desapareció de los registros históricos poco después.
Junto a los hallazgos biológicos, la sepultura intacta del faraón conservó otros enigmas tecnológicos y culturales.
Entre los más de 5000 objetos recuperados por Howard Carter figuraba una daga colocada junto al cuerpo del soberano cuya hoja estaba elaborada con hierro meteórico, un material extraterrestre trabajado en una época en que la civilización egipcia aún no dominaba la fundición de dicho metal.
Asimismo, los análisis históricos han desmontado la célebre leyenda de la “maldición de los faraones”, la cual atribuía más de 30 muertes misteriosas a la profanación del sepulcro, incluyendo la del patrocinador de la expedición, Lord Carnarvon.
Los registros demuestran que el propio Howard Carter vivió durante casi 17 años tras el descubrimiento y que la gran mayoría de los miembros del equipo alcanzaron edades avanzadas, confirmando que la supuesta maldición fue en realidad un fenómeno periodístico de la época.
Así, a un siglo de la apertura de su tumba, la ciencia ha logrado sustituir el mito del rey guerrero traicionado por el retrato forense de un joven real que enfrentó severas limitaciones físicas, dolores crónicos y enfermedades letales.
Las 130 muletas, los restos de los fetos y la secuencia de ADN recuperada de sus huesos representan el testimonio definitivo de un soberano cuya historia personal y causa de muerte han podido ser finalmente escuchadas gracias a los avances de la medicina moderna.
