El reconocido actor Gerardo Romano mantuvo un emotivo y profundo debate televisivo con el periodista Luis Novaresio sobre la preocupante realidad socioeconómica actual de la Argentina y el impacto de la meritocracia en los adultos mayores

 

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El panorama político y social de la Argentina actual reavivó una serie de discusiones profundas que conectan el presente con los acontecimientos más significativos del siglo pasado.

En este contexto de constante debate, el reconocido actor Gerardo Romano y el periodista Luis Novaresio mantuvieron un extenso mano a mano televisivo en el que abordaron temas de gran complejidad conceptual y humana.

A lo largo de la conversación, ambos intelectuales analizaron la situación de los adultos mayores en el sistema contemporáneo, la persistencia de las ideologías políticas tradicionales como el peronismo y el impacto de los grandes traumas históricos que marcaron a fuego la memoria colectiva de la sociedad argentina.

El punto de partida del intercambio estuvo fuertemente vinculado a la situación actual de la población anciana y a los padecimientos que enfrentan cotidianamente en un entorno económico adverso.

Romano, quien recientemente compartió detalles sobre su diagnóstico de la enfermedad de Parkinson, reflexionó de manera cruda sobre lo que definió como una sociedad marcadamente gerontofóbica.

Según la perspectiva expuesta por el actor, el sistema moderno tiende a ocultar el envejecimiento y la muerte, marginando a quienes transitan la última etapa de la vida.

En este sentido, criticó con dureza los mecanismos actuales que obligan a los jubilados que perciben la remuneración mínima a enfrentar filas interminables en los mostradores de las farmacias, con la incertidumbre constante de no saber si sus ingresos serán suficientes para cubrir los altos costos de los medicamentos indispensables para sus patologías crónicas.

El intérprete calificó esta realidad como un escenario cruel y contradictorio, donde el avance de la ciencia médica logra prolongar la expectativa de vida de las personas, pero el sistema social y económico no ofrece las condiciones mínimas para que esa longevidad se traduzca en felicidad o bienestar, reduciendo la existencia de muchos ancianos a una constante lucha por la supervivencia financiera y habitacional.

 

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La conversación también se adentró de forma exhaustiva en la definición de la identidad política y en la vigencia del peronismo.

Ante las preguntas del periodista, Romano se definió de manera categórica como un peronista comprometido, vinculando su ideología directamente con el concepto de justicia social y con la preocupación genuina por el bienestar del prójimo.

El actor fundamentó su postura no solo en una afinidad teórica, sino también en su propia experiencia laboral y formativa dentro de la administración pública, recordando su desempeño pasado como jefe de la división de sumarios del Ministerio de Justicia de la Nación y su rol como asesor de Ernesto Corbalán Nanclares, quien fuera ministro del área durante el último gobierno de Juan Domingo Perón.

Para Romano, ser peronista implica mantener una mirada sumamente crítica frente a los discursos que promueven la meritocracia individualista como único motor de ascenso social, argumentando que estos planteos suelen ser profundamente insensibles frente a las desigualdades estructurales que impiden el desarrollo equitativo de los ciudadanos.

Un aspecto central y de gran valor testimonial del encuentro fue el repaso cronológico por diferentes momentos clave de la historia institucional del país, donde Romano reveló facetas poco conocidas de su juventud.

El actor detalló que, antes de dedicarse por completo a las artes escénicas, se formó como abogado y trabajó en las fuerzas de seguridad, llegando a desempeñarse como custodio presidencial en el año 1966.

Desde ese rol de cercanía institucional, fue testigo directo del derrocamiento del presidente constitucional Arturo Humberto Illia a manos del golpe militar encabezado por Juan Carlos Onganía.

Esta vivencia le permitió analizar de primera mano el quiebre de las instituciones democráticas y el inicio de un período oscuro que afectaría gravemente el desarrollo cultural y científico del país, vinculando conceptualmente aquellos autoritarismos del pasado con el surgimiento de las corrientes de derecha que se gestan en diversos lugares del mundo contemporáneo como respuesta a las crisis de identidad globales.

 

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Asimismo, los protagonistas recordaron los trágicos sucesos de la crisis institucional, económica y social de diciembre del año 2001, comparando los niveles de movilización popular y la respuesta represiva de las fuerzas estatales que culminaron con la renuncia del entonces presidente Fernando de la Rúa.

Romano describió cómo los estruendos de las armas de fuego se oían con total claridad en las inmediaciones de la Plaza de Mayo, un sonido que afirmó conocer con precisión matemática debido a su antigua instrucción en el uso de armamento reglamentario.

Esta capacidad para identificar los ruidos de los enfrentamientos armados sirvió para ilustrar la gravedad de una de las jornadas más dolorosas de la historia democrática reciente del país.

Hacia el cierre del debate histórico, el relato se trasladó aún más atrás en el tiempo, específicamente al 16 de junio de 1955, cuando Romano era apenas un niño de nueve años.

Con gran emotividad, rememoró cómo un mediodía de invierno se encontraba junto a su madre cruzando el centro porteño a bordo de un colectivo de la línea siete, con el objetivo de dirigirse a sus habituales clases en la Asociación Cultural Inglesa, ubicada frente a la Plaza San Martín.

En ese preciso instante, se desencadenó el feroz bombardeo a la Plaza de Mayo perpetrado por aviones de la Marina y de la Fuerza Aérea con el fin de derrocar a Perón.

El actor describió de manera impactante la visión de las ráfagas de las balas, las explosiones de las bombas y las escenas dantescas de civiles desprotegidos corriendo desesperadamente en busca de refugio hacia la zona del Congreso de la Nación, en medio del frío extremo de la época.

Aquella experiencia de terror familiar, que obligó a su núcleo cercano a refugiarse en su departamento ante el temor inminente de un desabastecimiento generalizado o del inicio de una guerra civil formal, quedó registrada como el primer contacto brutal de Romano con la realidad política del país, transformando las ficciones que consumía los fines de semana en los cines de la calle Corrientes en una cruda y perdurable lección de historia presencial.

 

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