El Clan del Golfo avanza en el norte de Antioquia y el Bajo Cauca, disputando territorios clave a las disidencias de las FARC y al ELN por el control de la minería ilegal

 

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Una intensa disputa territorial se desarrolla en el norte y nordeste de Antioquia, así como en el Bajo Cauca y el sur de Córdoba, donde grupos armados ilegales luchan por el control de la minería ilegal, una de las economías ilícitas más lucrativas del país.

En esta confrontación, el Clan del Golfo ha logrado expandirse progresivamente, arrebatando zonas estratégicas a las disidencias de las FARC y a la guerrilla del ELN, lo que ha desencadenado una grave crisis humanitaria en la región.

A lo largo de los más de 900 kilómetros del río Cauca, la minería se ha convertido en el eje central de la economía local, pero también en el principal motivo de conflicto armado.

En corregimientos como Guarumo, en el Bajo Cauca antioqueño, la tensión es evidente.

Comunidades enteras viven bajo el temor constante de enfrentamientos armados, mientras intentan sobrevivir en medio de un entorno marcado por la escasez y la violencia.

Habitantes de la zona describen una situación crítica.

“En estos momentos no hay comida. No se consigue ni una libra de tomate ni de cebolla”, relata un poblador, evidenciando el impacto directo del conflicto sobre el abastecimiento básico.

La falta de alimentos ha generado preocupación por posibles brotes de violencia social derivados de la desesperación.

 

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La minería artesanal y a pequeña escala es el sustento de miles de familias en esta región.

Sin embargo, los mineros denuncian que enfrentan múltiples obstáculos.

“Nos tratan de ilegales, pero somos mineros ancestrales en el territorio”, afirma uno de ellos.

Aseguran que las restricciones estatales, sumadas a la presión de los grupos armados, han deteriorado gravemente sus condiciones de trabajo.

Detrás de esta actividad económica, se configura un complejo entramado de control ilegal.

Según testimonios recogidos en terreno, el Clan del Golfo no solo busca dominar las minas, sino también imponer un sistema de cobros a los trabajadores.

“Cobran impuesto de guerra a cada minero informal”, señalan fuentes locales, describiendo una estructura que funciona paralela al Estado.

El avance del Clan del Golfo se hace visible incluso en los detalles cotidianos.

En varias zonas del Bajo Cauca, los grafitis de las disidencias de las FARC y del ELN han sido borrados o tachados, reemplazados por las siglas del grupo paramilitar.

“Están marcando el territorio, diciendo ‘aquí estamos’”, comenta un habitante, reflejando el cambio en el control territorial.

 

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El conflicto armado ha provocado desplazamientos masivos y confinamientos forzados.

Municipios como Briceño han sido especialmente afectados.

Las autoridades locales reconocen que la situación ha impactado gravemente la vida cotidiana.

“Hemos tenido pérdidas de cultivos, afectaciones en salud y educación.

Incluso hay centros educativos rurales sin docentes”, explica un funcionario municipal.

La crisis también ha alcanzado a las autoridades.

El alcalde de Briceño enfrenta amenazas directas de grupos armados, lo que le ha impedido ejercer plenamente sus funciones en el territorio.

“Se han extremado sus esquemas de seguridad”, indica un representante del gobierno local, evidenciando la fragilidad institucional en estas zonas.

En áreas rurales, los rastros de la minería ilegal son inconfundibles.

Ríos como el Espíritu Santo muestran las huellas de la extracción intensiva de minerales, mientras sirven como corredores estratégicos para la movilidad de los grupos armados.

Estas rutas también conectan con regiones clave como el Urabá antioqueño, ampliando la importancia geopolítica del territorio.

Las autoridades departamentales reconocen la complejidad del conflicto.

Según fuentes oficiales, el Clan del Golfo ha intentado consolidar su presencia en zonas donde el ELN y las disidencias de las FARC han respondido con resistencia armada.

“Esto nos ha generado desplazamientos y confinamientos en la ruralidad”, señalan, describiendo un escenario de confrontación constante.

 

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La situación ha movilizado a comunidades indígenas, que han llegado a Medellín para exigir mayor protección y reconocimiento.

Representantes de estas comunidades reclaman su papel como guardianes del territorio.

“Somos nosotros quienes cuidamos la tierra y necesitamos apoyo del gobierno”, expresan durante manifestaciones frente a entidades oficiales.

Uno de los aspectos más preocupantes del conflicto es el reclutamiento forzado de menores de edad.

Jóvenes de la región son considerados un recurso estratégico por los grupos armados.

“La niñez y la juventud siguen siendo el principal capital humano de estas organizaciones”, advierten líderes sociales, alertando sobre una problemática que se desarrolla de manera silenciosa.

En municipios como Valdivia y Tarazá, la presencia de cultivos ilícitos se suma a la minería ilegal, configurando un panorama aún más complejo.

A pesar de los paisajes naturales de gran belleza, el control social ejercido por los grupos armados genera un ambiente de constante tensión.

La disputa por el control de la minería ilegal en Antioquia no solo refleja la persistencia del conflicto armado en Colombia, sino también la dificultad del Estado para ejercer control efectivo en territorios donde convergen múltiples economías ilícitas.

Mientras tanto, las comunidades continúan atrapadas en medio de la confrontación, enfrentando escasez, desplazamiento y miedo en su vida diaria.

 

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