José López Portillo: El Presidente que TRAICIONÓ a la Nación - News

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José López Portillo: El Presidente que TRAICIONÓ a la Nación

El expresidente José López Portillo sumió a México en una profunda crisis financiera tras sostener una fallida estrategia económica basada en el endeudamiento y la explotación petrolera entre 1977 y 1981

 

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El 1 de septiembre de 1982, en el Palacio Legislativo de San Lázaro, un presidente se quiebra frente a todo México.

José López Portillo, el hombre que prometió administrar la abundancia, golpea el atril, levanta la voz, se le humedecen los ojos y convierte su último informe de gobierno en una escena que parecía más confesión que discurso.

Afuera, el país ya no creía en sus palabras.

El peso se estaba hundiendo, la deuda ahogaba al gobierno, y las familias veían desaparecer sus ahorros.

Mientras millones de mexicanos intentaban entender cómo la promesa petrolera se había convertido en ruina, él lloraba, pero no lo hacía en una casa humilde, sino desde el centro del poder.

Hoy se revelan cuatro aspectos que explican por qué esas lágrimas todavía persiguen la memoria de México.

Primero, cómo el petróleo de Campeche le hizo creer que el país era suyo y que la abundancia podía comprarse con deuda.

Segundo, cómo el nepotismo metió a su familia en lugares clave del gobierno, hasta que una tragedia cultural, el incendio de la Cineteca Nacional en 1982, dejó muertos, cenizas y miles de películas perdidas.

Tercero, cómo Arturo “El Negro” Durazo, su amigo de infancia, convirtió la policía en un símbolo de miedo, exceso y corrupción, mientras levantaba un Partenón absurdo frente al mar de Cihuatanejo.

Y cuarto, cómo la Colina del Perro, ese imperio de 120,000 m², terminó siendo la imagen más brutal de un país saqueado desde arriba.

 

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López Portillo llegó al poder en 1976, envuelto por una maquinaria casi perfecta, protegido por un partido que parecía más grande que el estado.

México venía herido por la crisis y la desconfianza, y entonces apareció él, el abogado culto, el hombre de frases solemnes, prometiendo orden y estabilidad.

Pero había algo más.

Debajo del Golfo de México, la tierra escondía petróleo, y el país que había aprendido a vivir administrando carencias empezó a imaginarse como potencia energética.

Entre 1977 y 1981, la apuesta por Pemex alcanzó cifras descomunales, cerca de 27,000 millones de dólares destinados a explotación y petroquímica.

Sin embargo, cuando un hombre empieza a creer que el dinero del subsuelo le pertenece, el poder deja de ser una responsabilidad y se convierte en una propiedad.

López Portillo gobernó como si el Palacio Nacional fuera una extensión de su casa.

Su hijo fue colocado en una posición clave dentro de programación y presupuesto, su hermana Margarita controló áreas sensibles de radio, televisión y cine, y otros miembros de la familia ocuparon espacios de acceso directo al presidente.

Cuando lo criticaron, López Portillo defendió a los suyos con soberbia, revelando una enfermedad completa del sistema.

 

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Mientras México celebraba los pozos petroleros, el gobierno se llenaba de parientes y amigos.

La abundancia, cuando cae en manos de un sistema enfermo, no cura nada, solo agranda los vicios.

El desastre ya estaba naciendo, no en las calles, sino en los nombramientos.

El 24 de marzo de 1982, el incendio de la Cineteca Nacional devoró pasillos, salas y documentos.

No se quemó solo un edificio, se quemó una parte de la memoria mexicana.

Después del incendio, no llegó una rendición de cuentas proporcional al tamaño de la tragedia.

La historia de López Portillo no solo trata de dinero, sino de un poder capaz de convertir una relación privada en cargo público.

Rosa Luz Alegría, la primera mujer en llegar a una Secretaría de Estado, no llegó solo por capacidad política, sino también por la cercanía íntima con el presidente.

Mientras el país escuchaba promesas de desarrollo turístico, en los pasillos del gobierno se murmuraba que el amor podía convertirse en nombramiento.

Arturo Durazo Moreno, el amigo de infancia de López Portillo, fue colocado al frente de la policía de la capital.

La delincuencia no era combatida, era administrada.

Durazo acumuló poder y lo exhibió, mientras el sistema no quería ocultarlo, sino presumirlo.

En 1982, cuando terminó el sexenio, las acusaciones contra Durazo comenzaron a salir a la luz, y su caída no limpió el daño que había causado.

 

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La Colina del Perro, una propiedad descomunal asociada al presidente, se convirtió en un símbolo de un país saqueado.

En 1980, mientras el país repetía la palabra abundancia, la deuda crecía y el dinero público corría como agua.

Para 1982, cuando López Portillo preparaba su salida del poder, ya se hablaba de cuatro mansiones en esa colina.

La principal alcanzaba 639 m² de construcción, un reino privado levantado en la ciudad que comenzaba a mirar la crisis de frente.

La historia no terminó con el sexenio.

A finales de mayo de 1996, las hijas del expresidente impulsaron la división de cerca de 8 haáreas de ese terreno para abrir paso a un desarrollo residencial de lujo.

La mansión principal fue demolida, y las casas exclusivas empezaron a proyectarse.

Pero antes de que esa colina fuera dividida, ya había cumplido su función más brutal: mostrarle a México que la abundancia no desapareció por arte de magia, alguien la convirtió en propiedad.

La viuda de López Portillo, Sasha Montenegro, recibió derechos ligados a esa posición legal y llegó a recibir una pensión anual de 1,688,736 pesos, más de 100,000 pesos mensuales, dinero público en un país donde millones habían perdido poder adquisitivo por la crisis que marcó aquel sexenio.

La historia terminó con ruinas, piedras partidas, nombres manchados y una pregunta que México todavía arrastra como una deuda moral: ¿Cuánto cuesta realmente permitir que un hombre confunda el país con su casa?

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