Los lamentos del infierno verde y la sombra del Darién - News

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Los lamentos del infierno verde y la sombra del Darién

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Mi nombre es Mercedes Mero y pertenezco a ese grupo de almas errantes que en el año 2022 decidieron dejar atrás la tierra natal de Ecuador con una mochila cargada de esperanzas y los bolsillos vacíos de certezas.

Salí de mi hogar huyendo de la miseria y buscando desesperadamente un futuro mejor para los míos, sin saber que en la ruta hacia el norte encontraría un horror que ninguna frontera humana puede igualar.

Antes de emprender este viaje, yo era una mujer pragmática que no creía en fantasmas, mitos ni aparecidos del folclor popular.

Pensaba que las historias de terror eran solo inventos para entretener a los niños o para asustar a los incautos en las noches de tormenta.

Sin embargo, hay rincones en este planeta donde la geografía misma parece albergar una maldad antigua y donde las leyes de la lógica naufragan por completo.

Uno de esos lugares es la selva del Darién, un infierno verde suspendido entre Colombia y Panamá que traga vidas humanas con la misma facilidad con la que el barro absorbe la lluvia.

Si alguna vez te encuentras cruzando esa espesura maldita y escuchas a una mujer llorando desoladamente en mitad de la noche, te suplico por lo más sagrado que no la sigas.

No intentes buscar el origen de su sufrimiento, no sientas lástima por su dolor y no des un solo paso hacia la oscuridad para intentar socorrerla, porque yo estuve allí, yo escuché su voz y fui testigo directo de lo que sucede cuando alguien comete la imprudencia de responder a su llamado.

Todo comenzó cuando nuestro grupo de migrantes llegó al municipio de Necoclí, un pueblo costero ubicado en el departamento de Antioquia, en Colombia.

A simple vista, Necoclí puede parecer un paraje tranquilo y paradisíaco para cualquier turista desprevenido que busque un descanso frente al mar Caribe.

Es un lugar dominado por un calor húmedo que se te pega a la piel como una segunda capa de ropa, con vendedores ambulantes que gritan sus mercancías bajo el sol ardiente y niños locales que juegan alegremente cerca de las olas embravecidas.

Pero cuando llegas allí con la condición de migrante, con el miedo corriendo por las venas y el peso de la incertidumbre sobre los hombros, el ambiente cambia por completo y se vuelve denso.

En las calles polvorientas de ese pueblo no se respira paz, sino una tensa y prolongada espera que carcome los nervios de cualquiera.

Las aceras están abarrotadas de mochilas desgastadas por los kilómetros, de calzado roto y de rostros profundamente cansados que miran el horizonte marino con una mezcla de pánico y fascinación.

Toda esa gente contempla el agua del mar sabiendo que esa inmensidad líquida es solo el prólogo de algo mucho más oscuro y peligroso que los aguarda al otro lado del golfo.

Todos los que se congregan en Necoclí saben perfectamente que desde sus playas parten las lanchas que marcan el inicio del cruce definitivo hacia la selva más peligrosa del mundo.

Todos entienden, aunque intenten no verbalizarlo, que una vez que te subes a esas embarcaciones ya no existe una vuelta atrás que sea fácil o segura.

Durante nuestra estancia en el pueblo, nos acomodamos en una pensión improvisada donde dormíamos hacinados en el suelo de cemento junto a otras veinte personas de distintas nacionalidades.

Las noches en ese encierro eran insoportablemente calurosas, pesadas y cargadas de un aire rancio que dificultaba el descanso de los cuerpos agotados.

Fue precisamente en una de esas noches de vigilia forzada cuando escuché por primera vez un nombre que me provocó un escalofrío inexplicable en la espina dorsal: la Llorona del Darién.

Una señora de origen venezolano, que ya había intentado el cruce meses atrás y que mostraba en su cuerpo las cicatrices del fracaso, se acercó a nuestro rincón para darnos un consejo definitivo.

Nos miró con unos ojos apagados por el sufrimiento y nos advirtió con voz trémula que nunca debíamos caminar solos bajo la sombra de los árboles.

“Si están en el monte y escuchan a una mujer llorando en la profundidad de la noche, por el amor de Dios, no respondan ni miren hacia atrás”, nos dijo con un hilo de voz.

En ese momento, rodeada de la incredulidad propia de mi ignorancia, pensé que aquellas palabras eran simples supersticiones nacidas del cansancio colectivo y del trauma del viaje.

Creí que eran las típicas historias que los viajeros se cuentan entre sí para infundir un temor respetuoso hacia la naturaleza o para mantenerse unidos frente a los peligros reales de los grupos criminales.

Sin embargo, había un matiz en el tono de la mujer que me impidió burlarme de su advertencia; no era una narración teatral para llamar la atención, sino la manifestación pura de un miedo real y visceral que le hacía temblar las manos.

Pocas jornadas después, abandonamos la relativa seguridad de Necoclí a bordo de una lancha con motor fuera de borda que nos trasladó hacia Capurganá, el último punto de control antes de internarnos en el abismo verde.

Nuestro grupo definitivo quedó conformado por unas cincuenta personas, un mosaico humano unido por la desesperación donde había familias enteras, hombres solitarios de mirada dura, jóvenes entusiastas y mujeres embarazadas que caminaban con dificultad.

Para guiarnos a través de la inmensidad vegetal, contábamos con los servicios de cinco hombres jóvenes del lugar, sujetos de rostros serios que conocían los senderos como la palma de sus manos y que no mostraban la menor empatía por nuestro cansancio.

Antes de dar el primer paso bajo la bóveda de hojas del bosque tropical, los guías se detuvieron y nos dieron una serie de instrucciones estrictas que debíamos cumplir al pie de la letra si queríamos salir con vida de allí.

“No se separen de la fila bajo ninguna circunstancia, no se atrasen por tomar fotos y no hagan ruidos innecesarios que puedan alertar a los peligros de la selva”, sentenció el líder de los guías con una frialdad cortante.

La selva del Darién no es, ni de cerca, como uno se la imagina a través de los documentales de televisión o las fotografías de las revistas de viajes.

No es un paisaje de un verde bonito, luminoso y paradisíaco; es una masa vegetal densa, opresiva, asfixiante y hostil que parece rechazar la presencia humana desde el primer instante.

El aire en el interior del bosque es tan cargado y húmedo que se siente como si estuvieras respirando agua caliente, provocando que los pulmones se fatiguen al menor esfuerzo físico.

El suelo no es tierra firme, sino una ciénaga perpetua de barro espeso y grisáceo que te traga los pies hasta los tobillos, desgarrando los zapatos y exigiendo una energía descomunal para dar cada paso.

Hay ríos caudalosos que a simple vista parecen corrientes tranquilas y transparentes, pero que en su fondo arrastran una fuerza descomunal capaz de ahogar a un hombre adulto en pocos segundos.

Además, estás rodeado por millones de insectos que no logras ver debido a la densidad de la maleza, pero cuyas picaduras constantes sientes en cada centímetro de la piel expuesta.

A todo este tormento físico se le suma una sensación psicológica constante, un peso invisible en la nuca que te dice que algo o alguien te está observando fijamente desde la penumbra de los árboles gigantescos.

La primera noche que pasamos en el corazón del Darién la pasamos durmiendo a la intemperie, protegidos únicamente por plásticos delgados que atamos a los troncos para cubrirnos de la lluvia pertinaz.

El aspecto que más quedó grabado en mi memoria de aquellas horas de oscuridad no fue la falta de comodidad, sino el sonido permanente de la selva.

Allí no existe el silencio absoluto; la noche es un ruido constante, una sinfonía de crujidos de madera vieja, ramas que se quiebran sin motivo aparente y el avanzar de criaturas desconocidas que se mueven lejos y que, a veces, parecen aproximarse demasiado a los campamentos.

Caminamos durante tres días interminables, perdiendo la noción del tiempo y viendo cómo las fuerzas de los compañeros se desvanecían entre el barro y las pendientes empinadas.

La tercera noche, cuando el agotamiento ya nos tenía al borde del colapso físico, el misterio sobrenatural hizo su aparición definitiva entre nosotros.

Eran aproximadamente las doce y media de la noche cuando escuchamos el primer lamento, un sonido agudo y lastimero que al principio fue leve, como si fuera arrastrado desde muy lejos por ráfagas de viento húmedo.

A medida que los minutos avanzaban, el sonido se volvió más nítido, transformándose de manera inconfundible en el llanto desesperado de una mujer que parecía sufrir una pena intolerable.

El pánico se apoderó de inmediato del campamento y los guías se levantaron de sus hamacas con los rostros desencajados y las linternas apagadas para no llamar la atención de lo desconocido.

Revisamos rápidamente el perímetro de nuestro refugio improvisado y pudimos constatar que ninguna de las mujeres del grupo era la que emitía tales sonidos; todos los cincuenta integrantes estábamos allí, temblando bajo los plásticos.

El llanto no permanecía estático en un solo punto de la espesura, sino que se movía a una velocidad asombrosa alrededor de nosotros, como si la entidad caminara o flotara entre los arbustos espinosos sin tocar el suelo.

Uno de los migrantes, intentando mantener la cordura en medio del horror, susurró con voz temblorosa que tal vez se trataba del eco provocado por las montañas cercanas o el sonido de algún animal nocturno.

Sin embargo, su teoría se derrumbó por completo cuando, tras un breve instante de pausa en los lamentos, el llanto se transformó de golpe en una risa.

Fue una risa aguda, lenta, desubicada y cargada de una burla tan fría que nos congeló la sangre a todos los que permanecíamos en la penumbra.

Esa noche nadie pudo conciliar el sueño; nos quedamos inmóviles, abrazados los unos a los otros y escuchando cómo aquella entidad de la oscuridad se divertía a costa de nuestro terror hasta que los primeros rayos del sol atravesaron las copas de los árboles.

La quinta noche de nuestro trayecto por el Darién fue, sin lugar a dudas, la peor experiencia de toda mi vida y el momento exacto donde la leyenda se convirtió en una realidad mortal.

En nuestro grupo viajaba una niña llamada Valeria, de apenas seis años de edad, quien realizaba la travesía tomada de la mano de su madre, una joven mujer que mostraba los signos del desgaste extremo.

La pequeña Valeria estaba completamente agotada, con los pies cubiertos de llagas por el barro y con una mirada perdida que indicaba que su mente ya no toleraba la dureza del entorno; casi no había hablado en las últimas cuarenta y ocho horas.

Cerca de la 1:17 de la madrugada, cuando el campamento estaba sumido en una oscuridad absoluta y pesada, comenzó a escucharse nuevamente el llanto de la mujer entre los árboles.

Pero esta vez la situación era diferente y mucho más peligrosa: el sonido no venía difuso desde la distancia, sino que tenía una dirección clara, fija y se encontraba a escasos metros de donde nos encontrábamos ocultos.

En mitad de ese coro de lamentos fúnebres, la pequeña Valeria abrió de pronto los ojos de manera desmesurada y pronunció una frase con una monotonía robótica que nos dejó completamente helados.

“Mamá, la señora me está llamando desde el monte”, dijo la niña mientras fijaba su mirada hacia la negrura más densa de la vegetación.

Su madre, asustada por el comportamiento de la pequeña, la abrazó con fuerza contra su pecho e intentó taparle los oídos con sus manos húmedas, pero la niña insistía con una fuerza física que parecía impropia de su corta edad.

“Suéltame, mamá, la señora dice que está completamente sola en la oscuridad y que tiene mucho frío, tengo que ir a ayudarla”, repetía Valeria mientras intentaba zafarse del agarre materno.

El llanto de la entidad sonaba ahora justo detrás de los troncos más cercanos, volviéndose más claro, más íntimo y adquiriendo una cualidad hipnótica que parecía atraer los cuerpos hacia la espesura.

Ante la mirada atónita de todos nosotros, la niña logró ponerse en pie como si estuviera en un estado de sonambulismo profundo y dio dos pasos firmes hacia la negrura de la selva.

En ese preciso instante, impulsada por el horror, dirigí la luz de mi pequeña linterna hacia el punto exacto donde la niña se dirigía y juro por mi vida que vi algo que desafía cualquier explicación científica.

Entre las ramas retorcidas de un árbol gigantesco, se recortaba una silueta delgada, vestida con una especie de tela blanca y rota que flotaba a pesar de que no soplaba brisa alguna, y con un cabello negro y largo que le cubría por completo el rostro.

Aquella entidad no caminaba de manera humana; se deslizaba de forma sinuosa por encima del suelo de barro, estirando unos brazos esqueléticos y pálidos hacia la posición de la pequeña Valeria.

Uno de los guías, reaccionando con la velocidad de quien ya ha vivido ese horror anteriormente, se abalanzó sobre nosotras y apagó mi linterna de un manotazo mientras emitía un grito desgarrador.

“¡Nadie se mueva, maldita sea, no la miren ni le respondan!”, bramó el hombre con un tono de voz que denotaba un pánico absoluto.

La madre de Valeria, reaccionando ante el peligro inminente, jaló a su hija hacia atrás con una fuerza violenta, derribándola sobre el plástico del suelo y cubriendo su cuerpo con el suyo propio en un acto de protección desesperado.

Al verse privada de su presa, el llanto de la criatura blanca se transformó instantáneamente en un sonido de pura furia, abandonando la tristeza fingida para convertirse en un alarido de odio ancestral.

La selva entera pareció quedarse en un silencio sepulcral durante un segundo que pareció eterno, y luego la entidad emitió un último grito que no tenía nada de humano; un chillido profundo, metálico y ensordecedor que vibró en las raíces de los árboles antes de perderse en la inmensidad del Darién.

Después de ese estallido de furia sobrenatural, la manifestación cesó por completo y el bosque regresó a su ruido nocturno normal, dejando en el campamento un olor penetrante a vegetación podrida y a azufre.

Tras los sucesos de aquella fatídica noche, nadie en el grupo volvió a emitir una sola broma sobre el viaje ni volvió a sugerir que las advertencias de los lugareños eran simples cuentos de camino.

El miedo se instaló como un miembro más de nuestra expedición y las conversaciones se redujeron a lo estrictamente necesario para coordinar los pasos sobre el lodo.

Dos días después del encuentro, mientras avanzábamos por un sendero estrecho que bordeaba un barranco escarpado, encontramos una mochila de color azul abandonada a un costado del camino.

La tela estaba rasgada por las garras de algún animal y cubierta de moho por la humedad extrema de la selva, lo que indicaba que llevaba pocas semanas en ese lugar.

Con una curiosidad morbosa impulsada por el presentimiento, nos detuvimos un instante a observar el contenido que se había esparcido sobre el fango debido al desgaste del material.

En el interior de la mochila encontramos algunas prendas de ropa pertenecientes a un niño de muy corta edad y una fotografía familiar arrugada donde se veía a una pareja sonriente sosteniendo a su hijo en un parque urbano.

Los guías, al percatarse de nuestro hallazgo, no pronunciaron una sola palabra para explicar lo sucedido; se limitaron a cruzarse miradas sombrías entre ellos y aceleraron el paso de manera drástica, obligándonos a correr para no quedar rezagados en la retaguardia.

No necesitábamos que nos dijeran nada; el silencio de los guías y la mochila abandonada hablaban por sí solos de un destino trágico que preferíamos no imaginar para mantener el raciocinio.

Logramos salir de la selva del Darién cinco días después de aquella noche de terror, cruzando la frontera de Panamá con los cuerpos destruidos, los pies sangrantes y las mentes marcadas por una cicatriz invisible pero imborrable.

Habíamos alcanzado la meta de sobrevivir al tramo más peligroso del viaje, pero todos los integrantes del grupo sabíamos en nuestro fuero interno que algo en nosotros había cambiado para siempre en la espesura.

La pequeña Valeria no volvió a pronunciar una sola palabra durante todo el trayecto restante que nos llevó a través de los centros de recepción de migrantes en territorio panameño.

Se convirtió en una niña silenciosa, que caminaba con la mirada fija en el suelo y que solo reaccionaba cuando el viento soplaba con fuerza entre las estructuras de los campamentos.

En esos momentos de viento fuerte, Valeria giraba la cabeza rápidamente hacia atrás, clavando sus ojos en la lejanía del monte y moviendo los labios en un susurro inaudible, como si estuviera respondiendo a una voz que solo ella era capaz de escuchar en su cabeza.

Yo tampoco he vuelto a ser la misma mujer que salió de Ecuador con la certeza de que el mundo se limitaba a lo que se puede ver y tocar.

Antes de adentrarme en esa ruta maldita, ignoraba las leyendas y despreciaba los testimonios de quienes afirmaban haber visto cosas que la ciencia no puede catalogar.

Ahora, tras haber sentido el frío de esa noche y haber presenciado la silueta flotando entre los algarrobos de la selva, sé con absoluta certeza que la naturaleza guarda secretos oscuros que pertenecen a un orden de existencia que no nos corresponde comprender.

No puedo afirmar con seguridad científica si la entidad que nos acechó era la Llorona de las viejas leyendas coloniales o si se trataba de una fuerza ancestral de la selva que adopta esa forma trágica para atraer a sus víctimas hacia la muerte.

Pero de lo que sí estoy completamente segura, y es la razón por la que comparto este testimonio con el mundo, es que en la selva del Darién nunca estás verdaderamente solo en mitad de la noche.

Por eso, si alguna vez te encuentras en la necesidad de cruzar ese territorio prohibido y escuchas el llanto desolado de una mujer que busca auxilio entre los árboles, mantén los ojos cerrados, no respondas a su lamento y apresura el paso junto a los tuyos.

No cometas el error de pensar que estás ante un ser humano que sufre, porque en la profundidad del Darién esa voz no está pidiendo ayuda para salir del bosque, sino que está buscando activamente compañía para arrastrarla hacia la eternidad de las sombras.

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