Osiel Cárdenas Guillén, nacido en Matamoros, pasó de trabajos humildes a liderar el Cártel del Golfo y consolidar una red internacional de tráfico de drogas con apoyo de exmilitares de élite

 

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Osiel Cárdenas Guillén, uno de los nombres más temidos del narcotráfico mexicano a finales de los años noventa, construyó un imperio marcado por la violencia extrema, la innovación criminal y una red internacional de tráfico de drogas.

Nacido en Matamoros, Tamaulipas, en 1967, creció en un entorno humilde y desde joven alternó trabajos informales antes de involucrarse en actividades ilícitas.

Su ascenso no fue inmediato, pero sí implacable: comenzó como vendedor minorista de drogas y ejecutor, hasta convertirse en líder absoluto del Cártel del Golfo tras una serie de disputas internas y asesinatos estratégicos.

“Yo nací en una familia humilde”, declaró en una ocasión durante un interrogatorio, recordando sus orígenes antes de convertirse en una figura central del crimen organizado.

Para finales de los años noventa, ya controlaba rutas clave hacia Estados Unidos, consolidando alianzas con productores colombianos y distribuidores en territorio estadounidense.

Su visión iba más allá del negocio tradicional: entendió que necesitaba una fuerza armada altamente especializada para mantener el control y expandir su dominio.

 

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Fue entonces cuando tomó una decisión que transformaría el panorama criminal en México: reclutar a militares de élite desertores.

Bajo la coordinación de Arturo Guzmán Decena, conocido como “Z-1”, surgió un grupo paramilitar que más tarde sería conocido como Los Zetas.

Este brazo armado introdujo tácticas de combate avanzadas, disciplina militar y un nivel de violencia que redefinió los estándares del crimen organizado.

“Eran hombres entrenados para la guerra”, se decía, “pero sin límites ni reglas”.

Durante su mandato, el Cártel del Golfo se expandió rápidamente, controlando múltiples estados y consolidando su poder económico.

Se estima que Cárdenas Guillén llegó a acumular cientos de millones de dólares, producto del tráfico de cocaína y otras actividades ilícitas.

Sin embargo, su creciente notoriedad también lo convirtió en uno de los hombres más buscados por autoridades mexicanas y estadounidenses, con recompensas millonarias por información que condujera a su captura.

El 14 de marzo de 2003, tras meses de seguimiento, fuerzas federales mexicanas ejecutaron un operativo en Tamaulipas que culminó en su detención.

El enfrentamiento fue intenso, con disparos, vehículos incendiados y una ciudad paralizada por la violencia.

Finalmente, acorralado, el capo se rindió.

Las imágenes de su captura recorrieron el país, simbolizando un golpe significativo contra el narcotráfico.

 

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A pesar de su encarcelamiento en el penal de máxima seguridad de La Palma, Cárdenas Guillén continuó ejerciendo influencia sobre su organización.

“Seguía operando desde la cárcel”, afirmaban fuentes cercanas, señalando que mantenía comunicación con sus subordinados y recibía reportes de ganancias.

Su poder parecía intacto, incluso tras las rejas.

En 2007 fue extraditado a Estados Unidos, enfrentando múltiples cargos relacionados con narcotráfico, lavado de dinero y crimen organizado.

Fue en ese momento cuando tomó una decisión que cambiaría su destino y el de su organización: colaborar con las autoridades estadounidenses.

“Estaba dispuesto a dar información”, reconocieron funcionarios, quienes vieron en él una oportunidad única para desmantelar estructuras criminales desde dentro.

El acuerdo incluyó la entrega de información detallada sobre operaciones, rutas, líderes y finanzas del Cártel del Golfo y Los Zetas.

Además, pagó una multa de 50 millones de dólares, una cifra considerable pero menor en comparación con su fortuna estimada.

Esta colaboración provocó un efecto dominó: múltiples arrestos, debilitamiento de estructuras y fragmentación del grupo.

 

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Sin embargo, su decisión fue vista como una traición por sus antiguos aliados.

“Nos engañó”, afirmaron miembros de su organización al descubrir que el dinero que creían destinado a su liberación fue utilizado para pagar su multa.

La confianza se rompió, y con ella, la cohesión del grupo.

En 2010, Cárdenas Guillén fue condenado a 25 años de prisión, aunque con beneficios derivados de su cooperación.

Años más tarde, en agosto de 2024, fue liberado por autoridades estadounidenses y transferido nuevamente a México, donde aún enfrenta procesos judiciales pendientes.

Hoy, su figura ya no tiene el peso de antaño.

El Cártel del Golfo se encuentra fragmentado, y nuevas generaciones de líderes criminales dominan el panorama.

Sin embargo, su legado persiste: fue pionero en la militarización del crimen organizado y en la creación de estructuras que aún hoy influyen en la dinámica del narcotráfico.

“Solo el tiempo dirá cómo se saldan las cuentas”, se comenta en círculos cercanos al crimen organizado.

Mientras tanto, Osiel Cárdenas Guillén permanece bajo custodia, lejos del poder que alguna vez ostentó, esperando el desenlace de una historia marcada por ambición, violencia y traición.

 

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