La candidata del Centro Democrático, Paloma Valencia, sufrió un desplante histórico en San Andrés Islas al dejar una tarima vacía tras la nula asistencia de ciudadanos a su cierre de campaña el pasado 13 de mayo

 

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A tan solo 17 días de una cita histórica con las urnas, el panorama político en Colombia parece estar dictando una sentencia de realidad que los sectores de la derecha tradicional se niegan a aceptar.

Lo ocurrido el pasado 13 de mayo de 2026 en San Andrés Islas no fue solo un evento fallido; fue el síntoma de una desconexión profunda entre las banderas del Centro Democrático y el sentir de las regiones que, históricamente olvidadas, hoy parecen mirar hacia otro horizonte.

La senadora y candidata presidencial Paloma Valencia aterrizó en el “mar de los siete colores” con la maquinaria aceitada: tarima de grandes dimensiones, animadores profesionales, artistas invitados y un banquete de platos típicos para las cámaras.

Sin embargo, el ingrediente principal, el pueblo sanandresano, brilló por su ausencia.

La jornada comenzó con una Paloma Valencia intentando mimetizarse con la cultura isleña. En videos difundidos por sus propios canales, se le veía “disfrutando” de la gastronomía local.

“Hoy tocó probar el tradicional rondón. Uno de los platos típicos más representativos de la isla. Y sí, estaba delicioso”, comentaba la candidata frente a un plato de leche de coco, pescado y cola de cerdo.

No obstante, para los observadores locales, el gesto se percibió como un acto de desesperación electoral más que de aprecio genuino.

Mientras ella grababa contenidos rogando por la atención de figuras digitales como el streamer Westcol, en la plaza principal de la isla se gestaba una humillación política que quedaría registrada en los teléfonos de los ciudadanos.

 

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Al caer la tarde, la tarima estaba lista, pero la plaza permanecía desierta. Los videos captados por transeúntes y compartidos por figuras como el congresista Alfredo Mondragón mostraron una realidad cruda: un animador intentando arengar a un público inexistente.

“En San Andrés, la campaña de Paloma es más tarima que ciudadanía; una campaña llena de dinero, pero sin aprecio popular”, denunciaba Mondragón, aclarando que, a pesar de que en la isla anochece más tarde, la esperanza de llenar el recinto se desvanecía con cada minuto.

El momento más bochornoso ocurrió cuando el presentador del evento, en un intento casi heroico por salvar la noche, gritó al micrófono:

“¡Bueno, bueno, de acá informar que ya viene Paloma Valencia! ¿Tiene a Paloma Valencia acá? ¡Listo! Pero que se tenga en la valla porque vienen sorpresas, cosas bonitas, buenas propuestas.

¿Quién quiere el gratis?”. La respuesta fue un silencio sepulcral, interrumpido solo por el murmullo de algunos turistas que se acercaron por curiosidad ante la música de los artistas contratados, pero que se retiraban en cuanto se mencionaba el componente político.

Ante el pánico de enfrentarse a un auditorio vacío y la vergüenza de una plaza que no respondió a su llamado, la candidata decidió no salir. La tarima quedó como un monumento a la soledad política.

Esta debacle en el Caribe contrasta drásticamente con el recibimiento que el actual gobierno y sus candidatos de continuidad reciben en los territorios.

Mientras Paloma Valencia se ocultaba tras bambalinas en San Andrés, el presidente Gustavo Petro y su equipo entregaban infraestructuras vitales en el Cauca. “Estoy en Timbío, Cauca. Entrego el hospital dotado por completo… con 32,000 millones de pesos de inversión.

El cambio debe continuar”, afirmaba el mandatario frente a una multitud que, a diferencia de la escena en la isla, desbordaba las calles.

En el Pacífico, el ministro de salud Guillermo Jaramillo celebraba la llegada del buque hospital Bencos Biojó: “El barco hospital llega a los sitios abandonados que el negocio de las EPS no atiende y a los que las plutocracias aborrecen. Colombia tiene quien la cuide”.

 

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La narrativa de que Colombia está “cansada del progresismo” parece desmoronarse ante la evidencia de las plazas.

Iván Cepeda, el candidato que lidera las simpatías del Pacto Histórico, ha capitalizado este entusiasmo haciendo un llamado a la vigilancia democrática para el próximo 31 de mayo.

“Quiero hacer una invitación muy cordial… para que también miles de personas nos ayuden como testigos electorales. Nos ayuden a ser nuestros ojos, nuestros oídos y a vigilar que cada voto sea respetado.

Vamos a ganar en primera vuelta”, declaró Cepeda en un mensaje que ha resonado con fuerza entre quienes temen un retorno a las políticas del pasado.

Lo sucedido en San Andrés es, en definitiva, un espejo del momento que vive el país.

La ciudadanía ya no se deja seducir por el despliegue de luces y sonido si no hay una conexión real con sus necesidades. “Los sanandresanos ya no comen cuento de Uribe, ni de Paloma, ni de Oviedo.

Está totalmente vacío y solamente están algunos turistas que vinieron a ver el artista”, sentenciaba un ciudadano en uno de los videos virales de la noche.

La “humillada”, como la han calificado en redes sociales, deja una lección clara para la extrema derecha a pocos días de los comicios: el dinero puede pagar la mejor tarima del mundo, pero no puede comprar el afecto de un pueblo que ha decidido cambiar su historia.

 

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