Una patrulla militar abrió fuego contra una camioneta con ocho civiles en una carretera rural entre Huancavelica y Ayacucho en la madrugada del 25 de abril

 

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En la madrugada del 25 de abril, una camioneta que transportaba a ocho civiles por una trocha entre Huancavelica y Ayacucho fue interceptada y baleada por una patrulla militar, en un hecho que hoy es materia de investigación por presunto homicidio calificado.

Solo tres ocupantes sobrevivieron.

Uno de ellos, Jonathan Águila Gutiérrez, de 24 años, decidió hablar públicamente por primera vez para relatar lo que ocurrió durante esos minutos que, según su testimonio, cambiaron su vida para siempre.

“Nos han empezado a disparar. El primer disparo ha sido al chofer y el chofer se ha tumbado”, recuerda Jonathan.

La camioneta avanzaba por una zona rural cuando, según su relato, comenzaron los disparos desde los arbustos.

“Sentimos como piedras, el carro se levantaba, y luego empezó a romper matorrales. Todos gritábamos auxilio, auxilio. Yo oraba: Dios mío, ayúdame, sálvame de aquí”.

El vehículo, según su testimonio, perdió el control hasta detenerse entre la vegetación.

En ese momento, el caos ya había dejado víctimas dentro.

“Casi todos estábamos vivos, solo el chofer había muerto porque ya no se movía”, afirma.

Jonathan viajaba junto a su sobrino Cristian Vilcatoma, de 18 años, quien también perdió la vida en el ataque.

Ambos regresaban de actividades deportivas en una localidad de Huancavelica.

Cristian era capitán de su equipo de fútbol y había terminado recientemente el colegio.

“Seguía vivo después de la primera ráfaga”, afirma Jonathan sobre su sobrino.

“Por eso abrió la puerta… pero luego siguieron disparando”.

 

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El sobreviviente sostiene que, tras los primeros disparos, aún se escuchaban voces dentro del vehículo.

Algunos heridos pedían ayuda, otros permanecían inmóviles.

Jonathan también resultó con múltiples impactos de bala.

“Yo solo tenía herida en la pierna y en la mano”, señala, agregando que una lesión en la cabeza fue la que, paradójicamente, lo ayudó a sobrevivir: al verlo inconsciente y cubierto de sangre, los atacantes lo habrían dado por muerto.

El joven asegura que, tras el tiroteo, los soldados se acercaron al vehículo.

“Dijeron: ‘aquí dentro no hay carga, creo que nos equivocamos de carro’”, relata.

Luego, según su versión, escuchó una frase que lo marcó: “Como no encontramos nada, ¿qué hacemos?… hay que meterle bala”.

Sin embargo, la versión oficial del caso presenta un escenario completamente distinto.

Un documento militar sostiene que la patrulla actuó en una operación de inteligencia vinculada a un supuesto traslado de drogas o armamento.

Según ese informe, la camioneta no habría acatado la orden de alto y habría intentado embestir a los efectivos, lo que llevó a una respuesta armada en “legítima defensa”.

No obstante, también se reconoce que no se hallaron drogas ni armas en el vehículo intervenido.

Jonathan rechaza esa versión de forma tajante.

“En ningún momento hemos tenido arma, nada. Ellos han disparado de frente a matarnos”, afirma.

 

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En la camioneta viajaban ocho personas, entre ellas jóvenes vinculados al fútbol regional.

Algunos eran jugadores que se dirigían a encuentros deportivos en comunidades cercanas.

El viaje, habitual en zonas rurales donde el transporte es limitado, se realizaba en una camioneta alquilada que cubría rutas interprovinciales.

Tras el ataque, tres personas sobrevivieron inicialmente.

Dos de ellos fueron trasladados a un hospital cercano.

Horas después llegaron autoridades fiscales y policiales.

Según registros del caso, los efectivos militares fueron detenidos de forma preliminar, aunque posteriormente fueron liberados mientras continúan las investigaciones.

Uno de los sobrevivientes, en una grabación realizada en las horas posteriores, ofreció una declaración que luego se retractó.

Su abogado sostiene que el joven fue presionado durante su testimonio.

“Ellos me enseñaron lo que tenía que decir y me apuntaban con sus armas”, habría señalado posteriormente, según la defensa legal.

El caso ha quedado en manos de la Fiscalía especializada en derechos humanos, que investiga a los militares implicados por presunto homicidio calificado.

Mientras tanto, las diligencias han incluido inspecciones en la zona del ataque, análisis del vehículo y reconstrucción de la ruta de escape de uno de los sobrevivientes.

 

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En el lugar de los hechos, la escena aún muestra restos del impacto.

Fragmentos del vehículo, manchas en la tierra y marcas de balas han sido documentados por peritos.

La carretera, estrecha y rodeada de vegetación, se ha convertido en el centro de una investigación que intenta reconstruir lo ocurrido minuto a minuto.

Familiares de las víctimas han exigido justicia y una investigación transparente.

“Mi hijo era un tesoro”, dijo entre lágrimas una madre durante una visita al lugar.

Otros parientes relataron el dolor de no haber podido ni siquiera despedirse.

La defensa de los militares involucrados ha señalado que aún no emitirá una posición definitiva mientras no concluyan las pericias.

El caso sigue abierto y bajo análisis de las autoridades competentes.

Jonathan, mientras tanto, intenta reconstruir su vida tras sobrevivir al ataque.

Aún con secuelas físicas, su testimonio se ha convertido en una pieza clave dentro de la investigación.

“Si no hubieran disparado en ese segundo momento, no moríamos. Solo el chofer moría”, insiste.

La investigación continúa en una zona donde el acceso es difícil y las versiones siguen enfrentadas.

En medio de ambas narrativas, una pregunta permanece sin respuesta definitiva: qué ocurrió realmente en esa carretera durante la madrugada del 25 de abril, cuando una camioneta fue interceptada y ocho vidas quedaron marcadas para siempre.

 

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