Tito Cortés, conocido como El Ciclón del Pacífico, fue una de las voces más influyentes de la música tropical colombiana con una carrera que inició en Buenaventura y se consolidó en Cali desde los años 50

 

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Luis Alberto Cortés Bonet, conocido artísticamente como Tito Cortés, nació en Tumaco, Nariño, en la década de 1920 y se convirtió con el paso de los años en una de las voces más singulares de la música tropical colombiana.

Su timbre nasal inconfundible, su carisma escénico y su conexión directa con el público lo llevaron a ser bautizado como “El Ciclón del Pacífico”, una figura que marcó profundamente la historia musical del país hasta su fallecimiento en Cali en julio de 1998, a causa de un paro cardiorrespiratorio asociado al deterioro progresivo de su salud, fuertemente afectada por el consumo prolongado de cigarrillo.

Su historia comenzó lejos de los escenarios.

Criado en condiciones de extrema pobreza por una madre adoptiva, Cortés encontró en la música un refugio y una forma de identidad.

En 1942 se trasladó a Buenaventura, donde prestó servicio en la Armada durante dos años y posteriormente en la Marina Mercante durante cinco, etapa en la que logró culminar su bachillerato y obtener el título de segundo maquinista naval.

Sin embargo, su verdadera vocación siempre estuvo ligada a la guitarra y al canto.

En sus primeros años, Tito Cortés se describía como un “nocturno empedernido”, frecuentador de la vida bohemia en ciudades como Cali, donde comenzó a presentarse en emisoras locales y pequeños escenarios.

Fue allí donde adoptó oficialmente su nombre artístico y empezó a construir una reputación en la vida nocturna del Valle del Cauca.

Su primer gran reconocimiento llegó en 1951, en Pereira, con la grabación de “Alma tumaqueña” en formato de 78 revoluciones por minuto, un tema que lo catapultó a la escena nacional.

A partir de ese momento, su carrera tomó impulso.

Se presentó en emisoras, teatros y eventos en Colombia y el exterior, consolidándose como una voz representativa del bolero, la guaracha, el pasillo, la ranchera y la música tropical cubana.

En la década de los setenta alcanzó su mayor popularidad, cuando sus canciones se escuchaban en cantinas, barrios y fiestas populares en todo el país.

 

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Su vida artística estuvo marcada por relaciones musicales profundas con grandes figuras de la época.

Uno de los vínculos más significativos fue con el legendario Daniel Santos.

Sobre ese encuentro, el propio Cortés recordaba: “Le llevé un casete con un tema en mi voz y fue tal la admiración de Daniel que esa misma noche me invitó a su presentación”.

De esa conexión nació una amistad que trascendió lo musical y los convirtió en compadres, al punto de que Santos apadrinó a algunos de sus hijos.

La relación entre ambos artistas se fortaleció con presentaciones conjuntas en escenarios como el Grill Morroco en los altos del Teatro San Nicolás, además de giras por Estados Unidos, Venezuela y Ecuador.

Incluso, el tema “El 5 y el 6”, de autoría de Cortés, fue interpretado por Daniel Santos, consolidando el reconocimiento mutuo entre ambos.

Tito Cortés también expresó una profunda admiración por la Sonora Matancera, agrupación con la que compartió escenario en Colombia.

Aunque nunca logró grabar oficialmente con ellos, sí participó en presentaciones en vivo que reforzaron su prestigio dentro de la música tropical.

A lo largo de su carrera, dejó más de un centenar de discos de larga duración y miles de interpretaciones, un catálogo que lo convirtió en uno de los artistas más prolíficos de su generación.

Su repertorio incluía temas como “Vendaval”, “Lamparilla”, “Alma reconciliación” y “Derrumbes”, canciones que se convirtieron en clásicos de la música popular latinoamericana.

 

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A pesar de su éxito, Tito Cortés mantuvo siempre una vida sencilla.

Vivió durante décadas en el nororiente de Cali, en el barrio Andrés Sanín, donde era visto con frecuencia en canchas, bares o espacios comunitarios.

Sus hijos lo recuerdan como un hombre cercano, aunque también marcado por hábitos que afectaron su salud.

Uno de ellos relató: “Fumaba mucho, cuatro paquetes de cigarrillo al día, por eso fue que lo llevó a la tumba”.

El propio artista reconocía su debilidad por el tabaco, aunque insistía en advertir a otros sobre sus consecuencias.

En contraste con su imagen pública de bohemio, también era conocido por su generosidad y su desapego del dinero.

Se decía en el entorno musical que en su primera presentación recibió una suma considerable para la época, pero que no tardó en gastarla, priorizando siempre la amistad y la vida social por encima de la acumulación económica.

Su salud se deterioró con el paso del tiempo hasta su fallecimiento en 1998, dejando un vacío en la música popular colombiana.

Para entonces, ya había construido una obra monumental que superaba los 110 discos de larga duración, cerca de 2.000 sencillos y aproximadamente 3.000 canciones registradas, interpretando géneros que iban desde el bolero hasta la música tropical más festiva.

Hoy, su legado permanece vivo en la memoria de quienes crecieron con su voz en radios y fiestas populares.

Tito Cortés no solo fue un cantante, sino un símbolo de una época en la que la música se construía desde las calles, los puertos y los barrios, con autenticidad y emoción.

Su historia, marcada por la gloria, la bohemia y el desgaste físico, sigue resonando como la de un artista que convirtió su vida en canción y su canción en eternidad.

 

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