El Sacerdote Moribundo Revela lo que Carlo Acutis le Dijo… 14 Días Después los Médicos No lo Creían

Hay una cosa que ningún seminario te enseña, ningún libro de teología, ningún curso de pastoral, ninguna conferencia episcopal.
Y es lo que sientes cuando eres tú el que se está muriendo. Durante 42 años fui sacerdote.
42 años acompañando a enfermos, ungiendo moribundos, sosteniendo manos temblorosas de personas en sus últimas horas.
42 años diciéndoles a otros, “No tengan miedo. La muerte es el umbral. Dios los espera.
El sufrimiento tiene sentido redentor. Lo creía, lo predicaba con convicción. Pensaba que lo entendía.
Y luego me diagnosticaron cáncer pancreático en estadio cuarto con metástasis al hígado y a los pulmones.
Y descubrí que entre saber y saber hay una distancia tan grande como el universo entero.
Me llamo Antonio Marchesi, tengo 67 años. Soy párroco de la iglesia de San Lorenzo aquí en Pavía, cargo que llevo 8 años después de cuatro décadas de ministerio en varias parroquias de la diócesis.
Soy sacerdote. He sido sacerdote toda mi vida adulta y es lo que soy de manera más fundamental que cualquier otra cosa que pudiera decir sobre mí mismo.
Y sin embargo, en septiembre de 2006, con 58 años y un diagnóstico terminal en las manos, descubrí que era también un hombre que tenía miedo, un hombre que estaba furioso con Dios, un hombre que no quería morir, aunque había predicado durante décadas que la muerte no debería temerse.
Esta es la historia de lo que me pasó. Ese septiembre de un adolescente que vino a mi rectoría sin avisar y me dijo cosas que nadie podía saber de una predicción tan específica y tan precisa que cuando se cumplió exactamente como él había dicho, tres oncólogos distintos escribieron en mis registros médicos que no tenían explicación científica para lo que había ocurrido y de la misión que ese adolescente me anunció que vendría después.
Una misión que he vivido durante 18 años y que sigue siendo el centro de mi ministerio hasta hoy.
Pero necesito empezar desde el principio, desde quién era yo antes de ese diagnóstico. Porque si no entienden quién era yo antes, no van a entender completamente el peso de lo que cambió después.
Nací en 1958 en una familia de clase media en Pavía. Fui el mayor de tres hijos.
Mis padres eran católicos practicantes. La fe era parte del tejido familiar, sin ser algo que se exhibiera ni que se convirtiera en identidad pública.
Se iba a misa los domingos, se rezaba antes de las comidas, se vivía con cierta integridad moral que tenía raíces religiosas, aunque no siempre se nombrara así.
Desde adolescente sentí algo que no sabía nombrar. Exactamente. Pero que con el tiempo reconocí como vocación.
No una llamada dramática, no una voz del cielo, ni una visión extraordinaria, más bien una atracción constante y persistente hacia lo sagrado, hacia la oración, hacia el servicio, una sensación de que había algo que quería hacer con mi vida que tenía que ver con Dios y con la gente, aunque tardé años en encontrar la forma exacta.
Entré al seminario a los 16 años y fui ordenado sacerdote a los 25. En ese momento era joven, idealizador, lleno de energía y de una especie de certeza optimista sobre lo que el ministerio significaría.
Pensaba que sería pastor, predicador, servidor de los pobres, consolador de los afligidos y fui esas cosas.
Pero la realidad del ministerio sacerdotal tiene una textura que el idealizador de 25 años no puede anticipar.
La realidad es que el ministerio sacerdotal te pone constantemente en presencia de la fragilidad humana en sus formas más crudas.
Los matrimonios que se rompen, las adicciones que no ceden, los duelos que no tienen fondo, las enfermedades que no se curan, los niños que mueren, las familias que se destruyen.
Y el sacerdote está ahí en medio de todo eso, sosteniendo lo que puede, consolando cuando puede, rezando siempre y con frecuencia preguntándose en silencio si su presencia realmente cambia algo.
Desarrollé con el tiempo lo que yo llamaba una comprensión pastoral realista, no pesimismo, realismo.
Aprendí a no alimentar esperanzas que estadísticamente no se cumplirían. Aprendí que Dios puede sanar milagrosamente y ocasionalmente lo hace, pero que la mayoría de las veces su voluntad es que acompañemos a los enfermos hacia una muerte digna y santa, en lugar de prometer curaciones que no vendrán.
Aprendí a prepararme a mí mismo y a los enfermos que visitaba para la muerte en lugar de para el milagro.
Pensaba que eso era sabiduría pastoral y en ciertos aspectos lo era, pero también lo entendería después.
Era una especie de armadura, una manera de mantener distancia emocional del sufrimiento ajeno bajo la forma de modestia teológica.
En el verano de 2006 empecé a sentirme mal, no de golpe, sino gradualmente, de la manera en que el cuerpo manda señales que uno prefiere ignorar, porque reconocerlas exigiría detener el ritmo de vida que uno ha construido.
Pérdida de peso que atribuía al calor y al trabajo intenso. Que justifiqué con los años y las obligaciones.
Dolor abdominal que expliqué como problema digestivo que se resolvería solo. Ictericia que noté, pero demoré en tomarse en serio.
En agosto fui finalmente al médico. Las pruebas mostraron anomalías. Me enviaron a especialistas. Los especialistas pidieron más pruebas y el primero de septiembre de 2006 el Dr.
Richi, oncólogo del hospital de Pavía, me dio los resultados. Cáncer pancreático, estadio cuarto, metástasis al hígado y a los pulmones, tumor primario de 4.2 cm, inoperable.
Pronóstico tres a 6 meses de vida. Recuerdo ese momento con una claridad que el tiempo no ha borroneado.
Estaba sentado frente al Dr. Richi en su consultorio. Era tarde en la mañana, luz de septiembre, entrando por la ventana.
Yo escuchaba las palabras del médico y sentía algo extraño que estaba presente, pero también ausente, que escuchaba, pero que las palabras tardaban en llegar a algún lugar dentro de mí donde pudieran ser procesadas.
¿Entiende lo que le estoy diciendo, padre Marchesi?, me preguntó el doctor Richi con esa gentileza particular que tienen los médicos, que han dado muchas malas noticias.
Sí, dije, sí, entiendo. Salí del consultorio, llegué a mi coche en el estacionamiento del hospital y me senté detrás del volante sin arrancar durante 20 minutos, sin llorar, sin rezar, sin pensar exactamente nada coherente, solo sentado con el peso de lo que acababa de escuchar, depositándose en mí como sedimento en el fondo de un estanque.
Las dos semanas siguientes fueron las más oscuras de mi vida. Y digo esto como hombre que ha pasado cuatro décadas acompañando el sufrimiento ajeno.
He visto dolor muy grande en los demás, pero el dolor propio tiene una dimensión que el dolor observado no tiene.
El dolor propio habita en ti de noche. El dolor observado, por muy genuina que sea tu compasión, tiene límites.
Tu propio dolor no tiene límites. Compartí el diagnóstico solo con mi obispo y con mi hermana menor, no con mis feligres, porque no sabía cómo decirles que su párroco se estaba muriendo, no con mis colegas sacerdotes, porque la expectativa tácita cuando eres sacerdote es que debes ser ejemplo de paz y aceptación ante la muerte.
Y yo no tenía paz ni aceptación, tenía otra cosa, tenía ira. Una ira intensa, persistente, que me avergonzaba profundamente porque contradecía todo lo que había predicado durante décadas, 42 años diciéndoles a otros que debemos aceptar la voluntad de Dios, que el sufrimiento tiene sentido redentor, que la muerte es umbral y no final.
Y ahora que era yo el que enfrentaba esa voluntad de Dios, lo que sentía no era aceptación, sino rabia.
¿Por qué ahora? Tenía 58 años. No era joven, pero tampoco era anciano. Sentía que todavía tenía años productivos de ministerio por delante, proyectos a medio terminar, personas que necesitaban acompañamiento, trabajo que no había podido completar.
¿Por qué me cortaba Dios el ministerio en este punto? ¿Por qué me había dado vocación?
¿Por qué me había mantenido fiel durante cuatro décadas solo para quitarme el sacerdocio activo?
Justo cuando sentía que empezaba a entender realmente cómo ejercerlo. Y debajo de la ira había miedo, un miedo muy básico, muy animal, el miedo que tiene cualquier ser vivo ante su propia extinción.
Miedo a la muerte, el miedo concreto e inmediato de no saber exactamente cómo ocurrirá, cuánto dolería, cuándo exactamente llegaría el momento final.
Noches de insomnio en que me quedaba mirando el techo de mi habitación en la rectoría, oyendo el silencio de la iglesia desierta y pensando en que en pocos meses estaría muerto.
Mañanas en que despertaba con el peso del diagnóstico cayendo sobre mí antes de que tuviera tiempo de armarine para el día.
Misas que celebraba cada mañana en que pronunciaba las palabras de la Eucaristía y me preguntaba cuántas misas más podría celebrar.
Conversaciones pastorales con mis feligres en que yo fingía normalidad. Mientras adentro cargaba algo que no podía compartir.
Y también en los peores momentos, la tentación más oscura que he enfrentado en mi vida, la tentación de preguntarme si todo lo que había predicado era verdad o si era simplemente narrativa consolatoria que habíamos construido para hacer más tolerable lo intolerable.
Si al morir no habría nada, si mi vida entera de servicio no habría tenido más sentido que cualquier otra vida.
Eran pensamientos que me aterraban tener, pensamientos que no podía compartir con nadie, porque un sacerdote no puede admitir duda existencial de esa magnitud sin provocar escándalo.
Y así se profundizaba la soledad. Oye, una pausa rápida antes de seguir con lo que ocurrió el 15 de septiembre.
Me encantaría saber desde dónde me estás escuchando hoy. Deja un comentario con tu ciudad o tu país.
Es increíble ver hasta dónde llegan estas historias. Y si aún no te has suscrito al canal, por favor hazlo ahora.
Tu apoyo lo es todo y me ayuda a seguir compartiendo estas experiencias con todas ustedes.
El viernes 15 de septiembre de 2006, eran aproximadamente las 6 de la tarde. Yo estaba en mi escritorio de la rectoría intentando escribir la homilía del domingo siguiente.
Digo intentando, porque en realidad llevaba una hora mirando el papel en blanco sin poder escribir una palabra coherente.
Mi mente no podía sostener el hilo de ningún pensamiento teológico ordinario, porque siempre volvía al diagnóstico, siempre volvía al miedo, siempre volvía a la ira que me consumía y me avergonzaba.
Sonó el timbre de la puerta. No esperaba visitas. Pensé en no abrir, en dejar pasar a quien quiera que fuera.
Pero el sacerdote en mí, el hábito de cuatro décadas de estar disponible, me levantó de la silla y me llevó a la puerta.
Abrí y vi a una mujer de mediana edad bien vestida, con expresión de alguien que viene con propósito específico.
Y a su lado un adolescente, un chico de aproximadamente 15 años, que lo primero que me llamó la atención fue su palidez extrema, la palidez de alguien enfermo.
No la palidez habitual de quien pasa tiempo encerrado, sino algo más profundo, más interno.
Y era muy delgado. Pero sus ojos, cuando me miraron tenían algo que no pudo ignorar, una presencia, una atención, una profundidad que no correspondía con su edad.
La mujer habló primero. Padre Marchesi, perdone que vengamos sin avisar. Me llamo Antonia Cutis.
Este es mi hijo Carlos. Vivimos en Milán, pero tenemos familia aquí en Pavía, que nos contó que usted está gravemente enfermo.
Carlo pidió específicamente venir a visitarlo. ¿Podríamos hablar unos minutos? Mi primer instinto fue cortés, pero distante.
No estaba de humor para visitas de personas que no conocía. El dolor privado en que vivía esas semanas me hacía querer erigir paredes, no bajarlas.
Pero algo en la expresión del adolescente me detuvo. No era curiosidad morbosa lo que había en sus ojos.
Era algo que solo puedo describir como urgencia compasiva, como alguien que viene porque tiene que venir, porque lleva algo que dar y el tiempo es limitado.
Los invité a pasar. Los llevé a la pequeña sala de visitas de la rectoría.
Nos sentamos. Yo esperaba la conversación pastoral habitual. Palabras de consuelo bien intencionadas, pero genéricas.
Oferta de rezar juntos, quizás algún texto bíblico, lo que cualquier católico devoto viene a hacer cuando visita a un sacerdote enfermo.
Lo que ocurrió fue completamente diferente. Carlos habló primero con voz suave, pero con una claridad y una firmeza que no esperaba de alguien de su edad.
Padre Antonio, dijo, y el uso de mi nombre de pila sin que yo se lo hubiera dicho, fue la primera señal de que esto era diferente.
Vine porque Dios me mostró que usted está enfermo de cáncer pancreático en estadio 4 con metástasis al hígado y a los pulmones.
Y me mostró también que usted está muy enojado con Dios por esto, aunque no se lo ha dicho a nadie.
Porque siente que como sacerdote debería estar en paz. El silencio que siguió a esas palabras era el tipo de silencio que tiene peso físico.
Solo dos personas en el mundo sabían de mi diagnóstico, mi obispo y mi hermana, ninguna de las dos tenía conexión con esta familia.
Y mi ira privada, mi lucha espiritual secreta. Esas eran cosas que no le había dicho a nadie, ni siquiera a mi confesor todavía, porque no había encontrado las palabras para articularlas sin sentir que estaba traicionando mi vocación.
¿Cómo sabes esto?, pregunté y mi voz sonó más pequeña de lo que esperaba. Dios me lo mostró”, respondió Carlos simplemente sin drama, sin afectación mística, como quien comunica un hecho.
Y me pidió que viniera a decirle tres cosas. Las tres son importantes. ¿Me escucha?
Asentí. No tenía alternativa porque lo que este adolescente acababa de demostrar que sabía no tenía explicación racional.
Y cuando se derrumba la explicación racional, lo que queda es escuchar. La primera cosa que Dios quiere que sepa, comenzó Carlo, es que su ira es completamente comprensible y que él no está ofendido por ella.
Él sabe que usted tiene miedo. Sabe que siente que su ministerio está siendo cortado antes de tiempo.
Sabe que se pregunta por qué él permitió esto después de 40 años de servicio fiel.
Y Dios no espera que usted pretenda paz, que todavía no tiene. No necesita fingir.
Se me cerraron los ojos un momento. Esas palabras tocaban exactamente el lugar más doloroso.
Porque la mayor parte de mi carga en esas dos semanas no era solo el miedo a la muerte, era el miedo al miedo.
A vergüenza de estar asustado cuando se supone que un sacerdote muestra el camino de la fe.
La soledad de no poder ser honesto sobre lo que realmente sentía, porque nadie en mi vida podía recibir esa honestidad sin perturbarse.
“Dios sabe lo que siente”, repitió Carl y está con usted en ese sentimiento, no esperando a que usted lo supere para volver a estar cerca.
Esa distinción me llegó de una manera inesperada, no Dios esperando pacientemente que yo alcanzara la paz que debía tener.
Dios presente en la ira y en el miedo. Dios que no se aleja cuando uno no es el creyente tranquilo y aceptante que debería ser.
Segunda cosa, continuó Carlo, y aquí su tono se volvió un poco diferente, más serio, si cabe, como alguien que sabe que lo que va a decir va a ser difícil de escuchar.
Dios permitió este cáncer no como castigo, como preparación. Preparación para qué, pregunté. Para una misión específica que él tiene reservada para usted durante los próximos años.
Una misión que no podría cumplir sin haber pasado primero por este valle. Déjeme explicarle por qué.
Carlos se inclinó un poco hacia adelante en la silla. Su madre, Antonia, estaba sentada a su lado en silencio.
Me dio la impresión de que ella había escuchado a su hijo hacer esto antes, que estaba acostumbrada a este Carlo, que hablaba con una autoridad que no venía de él, sino a través de él.
Padre Antonio, durante 42 años usted ha acompañado a enfermos y moribundos. Lo ha hecho fielmente con compasión genuina.
Ha estado presente en incontables momentos de muerte. Ha pronunciado palabras de consuelo y de fe a personas en sus horas más oscuras.
Pero, ¿desde dónde lo ha hecho? Dudé. ¿Desde dónde? Siempre desde el lado del sano, siempre como el que viene de fuera, el que trae la fe y la esperanza, y luego se va de regreso a su vida normal.
Incluso en sus momentos de más profunda compasión había una pared de vidrio entre usted y el enfermo.
Usted podía ver el dolor, pero no habitarlo. Podía nombrar el miedo, pero no sentirlo desde adentro.
Era una descripción tan precisa de algo que yo había intuido vagamente, pero nunca articulado, que me dejó sin habla por un momento.
Dios necesita sacerdotes que puedan ministrar a otros sacerdotes enfermos desde adentro del valle, no desde afuera.
Sacerdotes que cuando digan, “Yo sé lo que sientes,” estén diciendo la verdad literal. Y para crear ese sacerdote, para crearlo en usted específicamente, necesitó primero llevarlo a través del valle usted mismo.
Pero hice una pausa buscando cómo decir lo que estaba pensando, pero no vale con la empatía, con la imaginación.
Pastoral desarrollada en cuatro décadas de ministerio. Carlo negó suavemente con la cabeza. Para el sufrimiento ordinario quizás, pero para el terror específico de un sacerdote que está muriendo, hay algo que solo puede ser comunicado por alguien que lo vivió.
Los sacerdotes enfermos terminales enfrentan lucha específica que los laicos no tienen. La lucha entre lo que predicaron durante años y lo que sienten en su propio cuerpo.
La sensación de hipocresía de haber dicho a otros que no tuvieran miedo y ahora tener miedo.
La vergüenza de sentir ira contra Dios cuando se supone que son sus servidores. Y eso no se puede alcanzar con empatía cultivada, solo con experiencia compartida.
Me quedé en silencio procesando esto. Y entonces Carlo pasó a la tercera cosa. La tercera cosa que Dios quiere que sepa es algo concreto y verificable, no para que lo acepte solo por fe, sino para que cuando se cumpla tenga la certeza de que todo lo demás también es verdad.
¿Qué cosa concreta? Exactamente 14 días desde hoy, el 29 de septiembre, usted tendrá escaneos de seguimiento en el hospital.
Esos escaneos mostrarán que el cáncer ha desaparecido completamente. Lo miré completamente, no reducido, no en remisión parcial, desaparecido.
El tumor primario que tenía 4.2 cm desaparecido. Las metástasis en el hígado desaparecidas, los nódulos en los pulmones desaparecidos, los oncólogos no tendrán explicación.
Escribirán en sus registros que es remisión espontánea completa de etiología desconocida, pero usted sabrá la verdad.
¿Por qué 14 días específicamente? Pregunté, ¿por qué no ahora? Si Dios puede sanar, ¿por qué esperar?
Carlos respondió con la misma calma con que había respondido todo. Porque Dios quiere que estas dos semanas terminen su trabajo en usted.
Quiere que sienta el peso completo del terror de muerte inminente. Las noches de insomnio, los pensamientos sobre su propia mortalidad, la tentación de desesperación, el momento en que uno se pregunta si toda una vida de fe o ilusión.
Dios no quiere que usted se libre de esa experiencia. Quiere que la habite completamente, porque es esa experiencia completa la que calibra su alma para la misión que viene después.
Y después de la sanación, pregunté, mi voz tomando un tono diferente, porque ya no era voz de sacerdote escéptico ante afirmaciones espirituales extravagantes.
Era voz de hombre que estaba escuchando algo que tenía la textura de la verdad.
Después de la sanación, su obispo le asignará ministerio específico con sacerdotes enfermos terminales, primero en su diócesis, luego en toda la región.
Irá a sus lechos de muerte, no como el sacerdote sano que viene de visita, sino como el sacerdote que estuvo exactamente donde ellos están y de quien Dios lo sacó.
Y cuando les diga que Dios está presente en la ira, que el miedo es comprensible, que la lucha espiritual no es traición a la fe, sino parte de la fe, ellos lo creerán de una manera diferente a como creerían las mismas palabras en boca de alguien que nunca las vivió.
Carlo se puso de pie, su madre también. La visita había durado aproximadamente 30 minutos.
Recuerde, dijo Carlos mientras nos dirigíamos a la puerta, 14 días, 29 de septiembre, remisión completa.
Y entonces sabrá que todo lo que le dije esta tarde era verdad. Estreché la mano de Antonia y luego de manera espontánea, puse las dos manos sobre los hombros de Carlo y lo miré directamente a los ojos.
“¿Tú cómo estás?” , pregunté. Era la pregunta que un sacerdote hace, la pregunta por la persona real detrás del mensaje.
Carl me sonrió. Era una sonrisa que tenía algo de tristeza quieta mezclada con algo que solo puedo describir como paz.
Yo también tengo leucemia y yo también voy a morir pronto. Pero estoy bien, padre, de verdad estoy bien.
Los vi alejarse por la calle desde la puerta de la rectoría y luego entré, cerré la puerta, me senté en la sala donde habíamos estado los tres y me quedé en silencio durante un tiempo largo.
Las dos semanas siguientes fueron exactamente lo que Carlo había descrito. Quiero ser honesto sobre esto porque sería fácil, mirando en retrospectiva, decir que la visita de Carlo me llenó de esperanza y de paz y que las dos semanas fueron tiempo de serena espera del milagro prometido.
No fue así. Las noches siguieron siendo de insomnio. El terror siguió siendo real. La ira no desapareció inmediatamente, pero había algo diferente ahora.
Una pequeña grieta en la armadura del terror. No esperanza exactamente, al menos no todavía, sino la posibilidad de la esperanza.
Y también, y esto fue quizás lo más importante, permiso para ser honesto. Carlo me había dicho que Dios no estaba ofendido por mi ira, que no necesitaba fingir paz, que no tenía.
Eso sonaba sencillo, pero para mí fue liberador de una manera que no anticipé, porque una de las cargas más pesadas de esas dos semanas había sido la doble carga del diagnóstico y de la vergüenza de no responder al diagnóstico de la manera en que se supone que un sacerdote debe responder.
Empecé a rezar diferente. Las oraciones compuestas y teológicamente correctas, que son el producto de cuatro décadas de práctica sacerdotal, oraciones más crudas, más honestas, decirle a Dios lo que realmente sentía en lugar de lo que pensaba que debería sentir, la ira, el miedo, la pregunta de por qué.
Y algo extraño ocurrió. La oración honesta se sentía más real que la oración correcta, como si Dios prefiriera la verdad torpe a la elegancia falsa.
También pensaba mucho en Carlo, en su palidez y en su delgadez, en que él también estaba enfermo, también estaba enfrentando su propia mortalidad inminente.
Un adolescente de 15 años con leucemia, que en lugar de estar consumido por su propio sufrimiento, había venido a pavia específicamente para decirle a un sacerdote de 58 años que su ira era comprensible y que sería sanado.
El contraste me golpeaba de maneras que no sabía del todo cómo procesar. El día 17, el día 20, el día 26.
Los días pasaban con esa lentitud particular del tiempo de espera, cuando cada hora tiene un peso que las horas ordinarias no tienen.
Y entonces llegó el 29 de septiembre, era lunes. Llegué al hospital a las 9 de la mañana para los escaneos de seguimiento.
Técnicos de radiología me prepararon con eficiencia profesional, tomografía computarizada de abdomen de pecho, de pelvis.
El proceso tomó aproximadamente una hora y luego la sala de espera con esas sillas de plástico y esa luz de fluorescente que tienen todas las salas de espera de hospital y el tiempo que se estira de manera inversa al tiempo de espera normal.
Dos horas más tarde, la enfermera me llamó al consultorio del Dr. Richi. El Dr.
Richi estaba de pie cuando entré. Lo cual era inusual. Normalmente estaba sentado detrás de su escritorio.
Tenía las imágenes de los escaneos en su mano. Su expresión era algo que en 42 años de ministerio yo había aprendido a leer en los rostros de las personas.
Perplejidad total. El rostro de alguien que está mirando algo que no puede procesar con las categorías que tiene disponibles.
Padre Marchesi comenzó y luego hizo una pausa que duró varios segundos. No sé cómo explicar lo que voy a decirle.
Dígame, dije. Y mi propia voz me sorprendió. Era más tranquila de lo que esperaba.
Los escaneos de hoy no muestran evidencia de cáncer, ninguna. No en el páncreas, no en el hígado, no en los pulmones.
El tumor primario que medía 4.2 cm dos semanas atrás ha desaparecido completamente. Las metástasis hepáticas desaparecidas, los nódulos pulmonares desaparecidos.
Silencio. ¿Podría haber error en los escaneos originales? Pregunté siendo el abogado del de mí mismo.
No, imposible. Revisamos las imágenes originales múltiples veces después de ver estos resultados. El cáncer estaba ahí inconfundiblemente.
Yo lo vi con mis propios ojos, 4.2 cm, metástasis múltiples. Era real. Hizo otra pausa.
Médicamente esto no tiene explicación posible. El cáncer pancreático en estadio 4 no desaparece en dos semanas, en ningún caso registrado en la literatura médica, nunca.
¿Qué diagnóstico va a poner en mis registros? Remisión espontánea completa de etiología desconocida. Me miró.
¿Qué es la manera médica de decir que algo ocurrió que no podemos explicar? Salí del consultorio del doctor Richi.
Caminé por el pasillo del hospital hacia la salida y esta vez sí me detuve en el estacionamiento, sentado en mi coche, pero la experiencia fue completamente diferente a la de dos semanas antes.
Esta vez lloré. Lloré durante bastante tiempo con una especie de alivio que era tan físico como el dolor había sido físico, con una gratitud que no tenía palabras suficientes.
Y pensé en Carlo en su voz tranquila diciendo, 14 días, 29 de septiembre, remisión completa en su precisión absoluta, en que él sabía lo que ocurriría porque venía de un lugar de conocimiento que no era suyo, sino prestado.
Dos semanas después de esa sanación, el 12 de octubre de 2006, abrí el periódico por la mañana y en una página interior encontré una nota breve.
Carlo Acutis, adolescente milanés conocido por su devoción eucarística, había muerto de leucemia a los 15 años.
La nota incluía una fotografía. Era él, la misma palidez. Los mismos ojos, la misma expresión de paz tranquila.
Me quedé un tiempo largo con el periódico en las manos, pensando en que este adolescente en sus últimas semanas de vida había venido desde Milán a Pavia para visitar a un sacerdote que no conocía y decirle cosas que nadie podía saber, prediciendo con exactitud matemática lo que ocurriría y que mientras yo era sanado y comenzaba a vivir la misión que él había anunciado.
Él moría de la enfermedad que ya llevaba cuando vino a verme. Hay algo en eso que todavía hoy me resulta difícil de mirar fijamente, sino la gratuidad de ese gesto, la entrega completamente libre de alguien que no tenía nada que ganar y que tenía todo el derecho del mundo a estar ocupado con su propio sufrimiento.
Fui a hablar con mi obispo. Le conté todo, el diagnóstico, la visita de Carl, la predicción exacta, los resultados de los escaneos.
Le mostré los registros médicos, le dije lo que Carlos me había dicho sobre la misión que vendría después.
Mi obispo me escuchó con atención completa y luego estuvo en silencio varios minutos. Finalmente me dijo, Antonio, yo también recibí el diagnóstico de su cáncer como noticia devastadora y estos resultados médicos no tienen explicación natural.
Voy a tomar en serio lo que ese adolescente le dijo sobre su misión. En los meses siguientes, de manera casi orgánica, empezaron a llegar solicitudes, sacerdotes de la diócesis, que estaban enfermos terminales y cuyas familias o cuyas comunidades pedían una visita pastoral específica, no la visita ordinaria del capellano hospitalario, sino algo diferente, alguien que pudiera acompañarlos desde un lugar de comprensión realitorio.
Que estaban atravesando. Y así comenzó lo que Carlo había anunciado. No voy a dar nombres porque se trata de personas en momentos de extrema vulnerabilidad y la privacidad es sagrada.
Pero puedo decir que en 18 años he visitado a docenas de sacerdotes enfermos terminales.
He estado en habitaciones de hospital y en camas de enfermería, en casas de pueblo y en cuartos de rectorías, donde sacerdotes de distintas edades y distintas historias enfrentaban su propia muerte.
Y lo que Carlo predijo que ocurriría ocurrió no siempre inmediatamente, no de manera mecánica, pero de manera real y consistente.
Cuando un sacerdote que está muriendo y que lleva esa carga específica de vergüenza por no responder a la muerte de la manera que predicó que debía responderse, cuando ese sacerdote me escucha decir, “Yo también estuve ahí.
Yo también sentí exactamente lo que tú sientes, la ira y el miedo y la duda y la vergüenza de tener ira y miedo y duda.
Ocurre algo. Una pared baja, un espacio se abre. Porque la soledad del sacerdote enfermo terminal tiene mucho que ver con no poder ser honesto delante de nadie.
Y cuando alguien viene y le da permiso para la honestidad, porque él mismo la ha habitado, algo fundamental cambia.
He estado presan agonía espiritual y se convirtieron en muertes en paz. No siempre, no con fórmula mágica, pero con frecuencia suficiente para que no pueda dudar de que Carlos tenía razón sobre la misión.
Tengo 67 años, han pasado 18 septiembre. Sigo siendo sacerdote. Sigo celebrando misa cada mañana en mi parroquia de San Lorenzo.
Sigo haciendo el ministerio ordinario de cualquier párroco. Catequesis, sacramentos, acompañamiento de familias, pastoral de enfermos.
Pero el centro de mi ministerio, lo que le da sentido específico a este periodo de mi vida sacerdotal es ese trabajo con sacerdotes enfermos terminales.
Ese trabajo que Carlos me anunció esa tarde de septiembre en mi rectoría, con su voz suave y su palidez de enfermo y sus ojos que miraban desde un lugar más profundo que 15 años de vida.
Cuando me preguntan cómo era Carlos, cómo lo experimenté en esa hora y media de conversación, hay algo que siempre digo.
Había en él una combinación que normalmente no se da junta, urgencia y paz. Urgencia de alguien que sabe que el tiempo es limitado y que tiene cosas importantes que comunicar y paz de alguien que no tiene nada que demostrar, que no está tratando de impresionar ni de convencer, sino simplemente de entregar lo que le fue dado para entregar.
No vi en él ni rastro de vanidad espiritual, ninguna satisfacción de ser el que tiene mensajes divinos.
Solo esa seriedad tranquila de alguien cumpliendo un encargo. Fue beatificado en 2020. Yo seguí la ceremonia en Asís por televisión y cuando el cardenal proclamó el nombre de Beato Carlo Acutis, pensé en esa sala pequeña de mi rectoría, en las sillas de madera donde nos sentamos los tres, en la tarde de septiembre que entraba por la ventana, en un adolescente pálido y enfermo, diciéndole a un sacerdote asustado que su ira era comprensible y que Dios lo sacaría del valle con propósito.
La iglesia confirmó lo que yo ya sabía desde aquella tarde, que Carlo era algo extraordinario, no a pesar de su normalidad, sino a través de ella, no porque no tuviera dudas ni miedos propios, sino porque los tenía y aún así servía.
Un adolescente normal con leucemia, que usó el tiempo que le quedaba para visitar a personas que necesitaban escuchar cosas específicas de alguien que venía de un lugar de conocimiento auténtico.
Si hay algo que quiero que lleven de esta historia es esto. La fe no exige fingir que no tenemos miedo.
No exige pretender paz que todavía no habitamos. No exige que los sacerdotes seamos mejores que los humanos o que respondamos al sufrimiento propio de manera más perfecta que como responden todos los demás seres humanos.
Lo que Carlos me dijo esa tarde, lo que yo más necesitaba escuchar, no fue una promesa de milagro, fue permiso para ser honesto, permiso para tener ira, sin que esa ira fuera traición, permiso para decirle a Dios lo que realmente sentía en lugar de lo que creía que debía sentir.
Y curiosamente fue ese permiso para la honestidad lo que empezó a abrir el espacio donde el milagro pudo ocurrir.
Antes de que te vayas, tengo mucha curiosidad. ¿Desde dónde me estás viendo? Déjame tu ciudad o tu país en los comentarios.
Me encanta saber hasta dónde llegan estas historias y si este relato te aportó algo, te conmovió o te hizo pensar en alguien que quizás necesita escuchar que su lucha espiritual es comprensible y no es traición a la fe, por favor dale al botón de suscribirse.
Me ayuda muchísimo a seguir compartiendo estas experiencias con todas ustedes. No sé si puedes escuchar esto, pero han pasado 18 años y sigo viviendo lo que anunciaste esa tarde de septiembre en mi rectoría.
La misión que describiste es real. Los sacerdotes que visito son reales. Los momentos en que algo cambia en sus ojos cuando les digo, “Yo también estuve ahí, son reales.
Me diste 14 días de valle y luego me sacaste de él con propósito. No tengo palabras que alcancen para esto.
Solo sigo haciendo el trabajo y espero que eso sea suficiente gratitud. M.
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