La interna dentro del gobierno de Javier Milei volvió a quedar completamente expuesta después del explosivo Tedeum del 25 de mayo, una ceremonia que terminó revelando tensiones, disputas de poder y heridas políticas que dentro de la Casa Rosada ya nadie puede ocultar demasiado tiempo.

 

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Lo que debía ser simplemente una jornada institucional cargada de símbolos patrióticos terminó convirtiéndose en una demostración brutal de las divisiones internas que atraviesan actualmente al oficialismo libertario.

Y el nombre que más ruido generó durante toda la cobertura política fue uno solo.

Patricia Bullrich.

Durante días completos, periodistas y dirigentes políticos especularon intensamente sobre la posibilidad de que Bullrich directamente no fuera invitada al acto religioso.

La tensión venía creciendo silenciosamente desde hacía semanas.

Pero según trascendió durante el programa, el verdadero conflicto habría explotado puertas adentro después de una durísima reunión de gabinete encabezada por Karina Milei.

Y allí apareció la frase que terminó detonando todas las alarmas políticas.

“Bullrich afuera.”

Según los periodistas presentes en la transmisión, esa habría sido la postura inicial impulsada por Karina Milei apenas días antes del Tedeum.

La revelación cayó como una bomba inmediata.

Porque Patricia Bullrich no es solamente una ministra más dentro del gobierno libertario.

 

 

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Es una de las figuras políticas más fuertes, más conocidas y con mayor experiencia dentro de toda la estructura oficialista.

Precisamente por eso la posibilidad de desplazarla o aislarla políticamente empezó a generar enorme preocupación dentro del propio gobierno.

Finalmente Bullrich estuvo presente en el Tedeum.

Pero las imágenes dejaron algo muy claro.

La relación interna ya no parece tan sólida como antes.

Según relataron durante la transmisión, Patricia Bullrich ingresó sola, por una puerta distinta y sin compartir la caminata oficial junto al resto de la cúpula libertaria.

El detalle fue interpretado inmediatamente como un mensaje político interno extremadamente fuerte.

Especialmente porque otros funcionarios sí participaron de la caminata protocolar desde Casa Rosada hacia la Catedral Metropolitana.

Bullrich quedó afuera de esa postal cuidadosamente organizada por el oficialismo.

Y para muchísimos analistas eso no fue casualidad.

Mientras tanto, las cámaras enfocaban permanentemente a Karina Milei organizando ubicaciones, saludos y movimientos dentro de la Catedral.

Según explicaron los periodistas, Karina fue quien personalmente decidió sentar a Martín Menem y a Manuel Adorni a ambos lados suyos durante la ceremonia.

La escena fue interpretada inmediatamente como una demostración de poder interno.

 

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“Siguen siendo mis hombres de confianza”, resumieron en el estudio con ironía.

Pero la tensión política no terminaba allí.

Otro foco explosivo apareció alrededor de Victoria Villarruel.

Según se comentó durante la transmisión, la vicepresidenta aseguró directamente que no había sido invitada formalmente al acto.

La situación generó tanto revuelo que incluso el Arzobispado terminó interviniendo públicamente para aclarar que la Iglesia no tenía responsabilidad sobre las invitaciones oficiales.

El episodio dejó todavía más expuesta la guerra interna que atraviesa actualmente al oficialismo.

Porque ya no se trata solamente de diferencias ideológicas o discusiones políticas menores.

Empieza a percibirse un clima permanente de desconfianza, exclusiones y disputas silenciosas por espacios de poder dentro del entorno presidencial.

En medio de todo eso apareció además la explosiva homilía de Jorge García Cuerva.

Y el discurso generó muchísimo más impacto del que inicialmente esperaba el gobierno.

El arzobispo habló de odio, agresividad, despilfarro, ostentación y violencia verbal.

Pero especialmente encendió polémica cuando mencionó directamente a los “haters” modernos que atacan desde redes sociales, escritorios y pantallas.

 

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Las cámaras enfocaban constantemente el rostro serio de Javier Milei mientras escuchaba las palabras del arzobispo.

Y rápidamente comenzaron las interpretaciones políticas.

Muchos periodistas consideraron que gran parte del mensaje estaba dirigido directamente al presidente y al estilo agresivo que domina actualmente la comunicación libertaria.

Sin embargo, dentro del programa también surgió otra mirada.

Algunos señalaron que el discurso de García Cuerva fue menos duro que el pronunciado el año anterior.

Según explicaron, esta vez el eje principal no estuvo puesto exclusivamente sobre pobreza, jubilados y crisis social, sino sobre diálogo, consenso y necesidad de terminar con la polarización política.

Y allí apareció otro elemento extremadamente delicado.

Las negociaciones silenciosas entre el gobierno y el Vaticano.

Durante la transmisión se habló extensamente sobre la posible visita del Pope Leo XIV a la Argentina en los próximos meses.

Según relataron, existirían conversaciones avanzadas entre funcionarios argentinos y sectores cercanos al Vaticano para intentar concretar el viaje papal.

Incluso mencionaron que Sandra Pettovello estaría involucrada en reuniones vinculadas a la organización de esa posible visita.

Pero hasta eso terminó generando tensión diplomática.

 

 

 

Porque desde sectores cercanos al Vaticano habría molestado que funcionarios argentinos hablaran públicamente sobre la visita antes de una confirmación oficial.

Mientras tanto, dentro de la Catedral las cámaras seguían registrando gestos, miradas y movimientos cuidadosamente analizados después por programas políticos y redes sociales.

Uno de los momentos más comentados fue la ubicación de Santiago Caputo.

El asesor presidencial apareció sentado varias filas más atrás de lo esperado.

Y eso generó todo tipo de especulaciones sobre su verdadero peso actual dentro del gobierno.

Algunos periodistas incluso ironizaron brutalmente sobre la situación diciendo que “lo mataron” políticamente ubicándolo tan lejos del núcleo principal.

Pero detrás de las bromas volvía a aparecer el mismo problema.

La sensación creciente de que dentro del oficialismo todos observan cuidadosamente quién gana espacio y quién empieza lentamente a perderlo.

Y precisamente allí es donde Patricia Bullrich parece atravesar uno de sus momentos más delicados desde que se integró al gobierno libertario.

Porque aunque oficialmente sigue formando parte del espacio, las señales políticas recientes muestran una distancia cada vez más evidente respecto al núcleo duro comandado por Karina Milei.

La imagen de Bullrich entrando sola al Tedeum terminó funcionando casi como un símbolo perfecto de toda la situación interna actual.

Una dirigente poderosa.

Con experiencia.

Con peso político propio.

Pero cada vez más aislada dentro de un gobierno donde las decisiones reales parecen concentrarse alrededor de un grupo extremadamente reducido y controlado directamente por Karina Milei.

Y mientras las cámaras seguían mostrando abrazos, saludos y sonrisas protocolares dentro de la Catedral, la verdadera sensación que quedó flotando después del Tedeum fue otra muchísimo más incómoda.

Que detrás de la imagen oficial de unidad libertaria empieza a crecer lentamente una guerra interna silenciosa, cargada de tensiones personales, disputas de poder y desconfianzas políticas que podrían volverse mucho más peligrosas en los próximos meses.