Hola, mi nombre es Diana Ruiz, tengo 60 años, soy venezolana y durante 38 años he sido psicóloga clínica especializada en depresión severa y tendencias suicidas.

He salvado literalmente cientos de vidas con mi trabajo.

Pacientes que llegaban a mi consulta en Caracas con la decisión ya tomada de quitarse la vida salían meses después con esperanza renovada, con ganas de vivir, con proyectos y sueños.

Mis colegas me llamaban la doctora Milagro.

Las universidades me invitaban a dar conferencias.

Escribí tres libros sobre prevención del suicidio que se usan en facultades de psicología de toda América Latina.

Pero aquí está la verdad que nadie sabía, la verdad que escondí durante años detrás de mi bata blanca y mis diplomas colgados en la pared.

En octubre de 2006, mientras yo salvaba vidas ajenas cada día, estaba planeando meticulosamente terminar con la mía propia.

tenía todo calculado.

La fecha exacta era el 14 de febrero de 2007, día de San Valentín, 4 meses después de conocer a un paciente muy particular, un adolescente italiano de 15 años que cambiaría mi destino en una conversación de apenas 20 minutos.

Ese chico se llamaba Carlo Acutis.

Antes de contarte lo que pasó ese día en el Hospital San Gerardo de Monza, Italia, necesito que entiendas algo fundamental sobre mí.

Yo no era una psicóloga mediocre que fingía ayudar a la gente.

Era genuinamente buena en lo que hacía.

Estudié psicología clínica en la Universidad Central de Venezuela.

Hice mi maestría en terapia cognitivoconductual en Buenos Aires.

Mi doctorado en psiquiatría en Barcelona.

Regresé a Caracas en 1992 y abrí mi consultorio privado especializado en casos difíciles, esos pacientes que otros terapeutas ya habían desahuciado.

Mi método era riguroso, científico, basado en evidencia.

Nada de pseudociencias o terapias alternativas.

Yo creía firmemente en la neurociencia, en los neurotransmisores, en la terapia cognitiva estructurada y funcionaba.

Mis tasas de éxito eran extraordinarias.

Pacientes con 20 intentos de suicidio previos lograban estabilizarse bajo mi tratamiento.

Familias destrozadas se reconstruían.

Adolescentes que se cortaban las venas encontraban razones para vivir.

Pero había un problema devastador que nadie veía.

Yo podía curar a otros, pero no podía curarme a mí misma.

Y eso, hermano, hermana, eso era una ironía tan cruel que me desgarraba por dentro cada día.

Mi depresión comenzó sutilmente en 2003.

Al principio eran solo días malos ocasionales, esa sensación de vacío que todos experimentamos a veces.

Pero para 2004 se había convertido en algo más oscuro, más persistente.

Me despertaba cada mañana con un peso invisible sobre el pecho.

Me costaba levantarme de la cama.

El simple acto de ducharme y vestirme requería un esfuerzo sobrehumano, pero yo era experta en esconder.

Me maquillaba perfectamente para ocultar las ojeras de las noches sin dormir.

Sonreía en el consultorio mientras por dentro sentía que me ahogaba.

Tomaba café tras café para simular energía que no tenía.

Y lo más perturbador, hermanos, era que yo sabía exactamente qué me estaba pasando.

Conocía los síntomas clínicos de memoria porque los había estudiado durante años.

Sabía que tenía depresión mayor con idea suicida creciente.

Sabía que necesitaba ayuda profesional urgente.

Pero aquí está la parte que me avergüenza admitir.

Incluso ahora, 19 años después, no podía pedir ayuda.

Mi ego profesional no me lo permitía.

¿Cómo podía yo? La doctora Diana Ruiz, autora de Venciendo la oscuridad, estrategias contra el suicidio, admitir públicamente que estaba considerando quitarme la vida.

Sería un fraude.

Mi carrera terminaría, mis pacientes perderían la fe en mí.

Entonces hice algo terrible, algo que va contra todos los códigos de ética de mi profesión.

Comencé a automedicarme en secreto.

Tenía acceso a recetas porque algunos de mis pacientes requerían medicación psiquiátrica que yo coordinaba con psiquiatras colegas.

Empecé tomando antidepresivos sin supervisión médica.

Primero certralina, luego fluoxetina, después.

Cambiaba de medicamento cada mes buscando algo que funcionara, pero nada me quitaba esa sensación de vacío existencial.

aumentaba las dosis por mi cuenta, combinaba medicamentos de manera peligrosa.

Por las noches tomaba clonaceepam para poder dormir, a veces dos o tres pastillas cuando una no era suficiente.

Por las mañanas tomaba estimulantes para poder funcionar.

Era un cóctel farmacológico caótico que cualquier psiquiatra responsable habría detenido inmediatamente, pero yo estaba desesperada y lo peor es que sabía con mi conocimiento profesional que estaba empeorando mi condición.

Los antidepresivos, sin terapia adecuada son como poner una curita en una herida que necesita cirugía mayor.

Pero seguía adelante porque la alternativa, admitir mi fracaso profesional y personal me parecía peor que la muerte misma.

Mi esposo Miguel notaba que algo andaba mal, pero yo siempre tenía excusas perfectas.

Es el estrés del trabajo, cariño.

Demasiados casos difíciles este mes.

Para septiembre de 2006 había tomado la decisión.

Iba a terminar con mi vida el 14 de febrero de 2007, día de San Valentín.

Elegí esa fecha por razones específicas que solo una mente depresiva puede entender.

Primero, era una fecha simbólica, un día dedicado al amor, cuando yo sentía que ya no podía amar ni ser amada.

Segundo, me daba 4 meses para planear todo meticulosamente.

Yo era una persona organizada incluso en mi autodestrucción.

Tercero, y esto es lo más oscuro, me permitía celebrar una última Navidad con mi familia sin levantar sospechas.

Podría despedirme sin que ellos supieran que era una despedida.

Comencé a escribir cartas en secreto.

Una para Miguel, mi esposo, de 15 años.

Una para mis padres ancianos en Valencia.

Una para mi hermana menor.

Cartas explicando lo inexplicable, pidiendo perdón por lo imperdonable.

Las escondía en una caja en el fondo de mi closet, detrás de zapatos que nunca usaba.

También preparé mi método.

Como médica con conocimiento farmacológico, sabía exactamente qué combinación de medicamentos sería letal y relativamente indolora.

Había acumulado suficientes pastillas durante meses.

Las contaba cada noche como un avaro cuenta su oro.

50 pastillas de clonaceepam, 30 de solpidem, 20 de tramadol.

Suficiente para asegurar que no habría marcha atrás.

Pero entonces el destino, Dios, el universo, como quieras llamarlo, intervino de la manera más inesperada.

En octubre de 2006 fui invitada a un congreso internacional de psicología en Milán, Italia.

El tema era nuevos enfoques en salud mental juvenil.

Yo daría una ponencia sobre prevención de suicidio adolescente.

La ironía no se me escapaba.

Allí estaría yo, parada frente a cientos de colegas hablando sobre cómo salvar vidas jóvenes mientras planeaba terminar con la mía en 4 meses.

Casi rechazo la invitación.

No tenía energía ni motivación para viajar, pero Miguel insistió.

Diana, ¿te hará bien salir de Caracas unos días, despejar la mente, ver cosas nuevas? No sabía que su insistencia me salvaría la vida.

El congreso era del 9 al 11 de octubre.

Llegué a Milán el día 8, agotada del viaje, sintiéndome vacía por dentro, como siempre.

Di mi ponencia el día 10.

Fue un éxito.

Los colegas me felicitaron efusivamente.

Doctora Ruiz, su presentación fue magistral.

Su pasión por salvar vidas jóvenes es inspiradora.

Si tan solo supieran.

Esa noche en mi habitación del hotel lloré hasta quedarme dormida.

El día 11 de octubre era el último día del congreso.

Teníamos la tarde libre antes del vuelo nocturno de regreso.

Algunos colegas organizaron visitas turísticas, pero yo no tenía ánimo.

Decidí hacer algo diferente.

Uno de los organizadores del congreso era el Dr.

Yusepe Marino, un psiquiatra infantil del Hospital San Gerardo de Monza, a unos 15 km de Milán.

Durante la cena del día anterior habíamos conversado largamente sobre casos difíciles.

Yo le mencioné mi interés en ver cómo funcionaban los hospitales italianos en el manejo de crisis psiquiátricas juveniles.

Yuspe me dijo, “Diana, ¿por qué no vienes mañana al hospital? Tengo guardia en la tarde.

Puedo mostrarte nuestras instalaciones de pediatría y psiquiatría adolescente.

Acepté más por cortesía profesional que por interés genuino.

El 11 de octubre a las 3 de la tarde tomé un taxi desde mi hotel en Milán hasta Monza.

El Hospital San Gerardo era un complejo grande y moderno.

Yusepe me recibió en la entrada con su característica calidez italiana.

Benvenuta, Diana.

Ven, te mostraré primero nuestra unidad de oncología pediátrica.

Tenemos un caso muy particular que creo te interesará desde la perspectiva psicológica.

Caminamos por pasillos blancos que olían a desinfectante hospitalario, ese olor universal que es igual en Caracas, en Milán o en cualquier parte del mundo.

Yuspe me explicaba los protocolos del hospital mientras yo asentía mecánicamente.

Entonces llegamos a la habitación 11.

Yuspe tocó suavemente la puerta.

Una voz femenina dijo, “Avanti.

” Entramos a la habitación y vi una escena que me partió el corazón.

profesional.

Un adolescente extremadamente delgado y pálido estaba recostado en la cama del hospital.

Su cabeza completamente calva revelaba el daño de la quimioterapia agresiva.

Tenía múltiples tubos intravenos conectados a sus brazos delgados.

Monitores pitaban suavemente, marcando sus signos vitales.

Pero lo que me impactó no fue su apariencia física enferma, fue su rostro.

A pesar de la evidente enfermedad terminal, sus ojos marrones brillaban con una luz que no concordaba con su condición.

Estaba sonriendo.

Una sonrisa genuina, no forzada.

Al lado de la cama estaban sus padres, la madre, una mujer elegante de unos 40 años con rostro devastado por el llanto.

El padre, un hombre de negocios con traje arrugado y ojeras profundas.

Ambos se levantaron cuando entramos.

Yuspe hizo las presentaciones en italiano.

Andrea Antonia.

Esta es la doctora Diana Ruiz, psicóloga clínica de Venezuela.

Diana, estos son los padres de Carlo Acutis.

Luego se dirigió al chico en la cama.

Carlo, que esta es la doctora Ruiz, es una psicóloga molto famosa de Al Venezuela.

Carlo me miró directamente y dijo en un español perfecto que me sorprendió totalmente.

Hola, doctora Ruiz.

Qué bueno que vino.

La estaba esperando.

Me quedé paralizada.

¿Cómo sabía este chico italiano que yo hablaba español? Juspe rió y explicó.

Carlo es un genio con los idiomas.

Habla italiano, inglés, español y un poco de francés.

Aprendió español viendo películas y usando internet.

Es increíble.

Pero había algo en la forma en que Carlo dijo, “La estaba esperando, que me perturbó.

” No fue casual, fue intencional, como si genuinamente supiera que yo vendría.

Yuspe continuó explicando en italiano, pensando que Carlo no entendería los detalles médicos.

Carlo tiene leucemia promielocítica aguda tipo M3.

Diagnóstico hace solo 8 días, extremadamente agresivo.

Hemos intentado quimioterapia de emergencia, pero su cuerpo no responde.

Los oncólogos le dan máximo 24 a 48 horas de vida.

Sentí que mi corazón se apretaba.

Otro joven muriendo.

Otra vida truncada.

Yusepe continuó.

Lo interesante desde tu perspectiva psicológica, Diana, es que Carlo no muestra ningún signo de ansiedad ante la muerte.

Cero miedo.

Es extraordinario en alguien de su edad.

Por eso pensé que te gustaría observar.

Los padres de Carlo nos miraban sin entender completamente, su italiano, limitado por la emoción.

Le pregunté a Yusepe, ¿puedo hablar con él a solas unos minutos? Desde la perspectiva profesional.

Yusepe tradujo a los padres.

Antonia dudó, pero Andrea asintió.

Solo unos minutos, doctora.

Yuspe y los padres de Carlos salieron de la habitación cerrando la puerta suavemente detrás de ellos.

Me quedé sola con este adolescente moribundo que me miraba con una intensidad que me hacía sentir incómoda.

Acerqué una silla a su cama y saqué mi libreta profesional, mi escudo habitual en situaciones emocionales difíciles.

Carl, comencé en español.

Soy psicóloga.

El doctor Marino pensó que tal vez querrías hablar sobre cómo te sientes respecto a tu situación.

Carlos sonrió suavemente.

Doctora Ruiz, con todo respeto, usted no vino aquí para ayudarme a mí.

Vino porque Dios la trajo para que yo pudiera ayudarla a usted.

Mis manos se congelaron sobre la libreta.

Perdón, no entiendo.

Carlos cerró los ojos por un momento, como si estuviera escuchando algo que yo no podía oír.

Luego los abrió y me miró directamente con una seriedad que no debería existir en un chico de 15 años.

Usted está planeando suicidarse el 14 de febrero de 2007.

Ha estado acumulando pastillas durante meses.

Clonaepam, Solpidem, Tramadol.

Tiene las cartas de despedida escritas y escondidas en una caja en su closet detrás de los zapatos negros que nunca usa.

El mundo se detuvo.

Mi corazón latía tan fuerte que podía escucharlo en mis oídos.

La libreta cayó de mis manos temblorosas al piso.

¿Cómo? ¿Cómo sabes eso? Mi voz era apenas un susurro.

Carlo mantuvo esa calma sobrenatural que debería ser imposible en alguien tan joven y tan cerca de la muerte.

Jesús me lo mostró en oración hace tres noches.

Me despertó a las 3 de la madrugada y puso su nombre en mi corazón.

Diana Ruiz, psicóloga venezolana, 41 años.

Especialista en prevención de suicidio que irónicamente planea quitarse la vida.

Vi su rostro, vi su dolor, vi las pastillas contadas sobre su cama a medianoche.

Y Dios me dijo que usted vendría a este hospital exactamente hoy, exactamente a esta hora, para que yo pudiera darle un mensaje antes de irme.

Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas sin permiso.

Toda mi compostura profesional se desmoronó en segundos.

Esto es imposible.

Nadie sabe sobre las pastillas, nadie sabe sobre las cartas, ni siquiera mi esposo.

¿Quién te contó? ¿Quién? Carlo tomó mi mano con su mano débil y fría.

Nadie me contó, doctora.

Dios me lo reveló porque él la ama profundamente y no quiere que termine su vida.

Usted piensa que es un fraude porque ayuda a otros, pero no puede ayudarse a sí misma.

Pero no es así.

Su dolor no invalida su don.

Su lucha no niega su propósito.

Yo soy Osaba ahora sin control, algo que nunca había hecho frente a un paciente, porque los roles se habían invertido completamente.

Este adolescente moribundo estaba haciendo una sesión de terapia conmigo.

Escúcheme bien, doctora Ruiz, continuó Carlo con voz suave, pero firme.

Porque no tengo mucho tiempo y necesita escuchar esto.

Su depresión no es una debilidad, no es un fracaso profesional, es una enfermedad igual que mi leucemia.

La diferencia es que la mía es visible y la suya es invisible, pero ambas son reales.

Usted necesita tratamiento igual que yo lo necesité.

Necesita un terapeuta que la escuche.

Necesita medicación supervisada correctamente, no la automedicación caótica que está haciendo.

Necesita ser honesta con su esposo Miguel, que la ama, pero no sabe cómo ayudarla porque usted no le deja entrar.

¿Cómo sabía el nombre de mi esposo? Yo no lo había mencionado.

Nadie en ese hospital sabía nada sobre mi vida personal.

Dios me mostró algo más”, continuó Carlo.

“Si usted se quita la vida el 14 de febrero, su esposo Miguel nunca se recuperará.

Él también caerá en depresión severa.

En 3 años él también se suicidará.

Sus padres morirán de tristeza 6 meses después de perderla.

Su hermana Valentina desarrollará alcoholismo tratando de lidiar con su culpa de no haber notado su dolor.

Una vida perdida crea un efecto dominó de destrucción.

Pero si usted elige vivir, si elige pedir ayuda, si elige ser vulnerable y honesta sobre su lucha, su historia salvará miles de vidas más, escribirá su libro más importante en 2015.

Se llamará La doctora Rota, cuando el sanador necesita sanación.

Yo estaba completamente destrozada emocionalmente.

Lloraba con soyosos profundos que sacudían mi cuerpo.

Todo el dolor que había estado conteniendo durante 3 años salía en torrentes.

Carlo me dejó llorar sin interrumpir, su mano aún sosteniendo la mía con sorprendente fuerza para alguien tan débil.

Finalmente, cuando pude hablar, le pregunté entre lágrimas, “¿Cómo puedes saber todo esto? ¿Cómo es posible?” Carlos sonrió con esa paz que desafiaba su condición terminal.

Porque Dios me dio este don temporalmente para ayudar a personas específicas antes de irme.

Usted no es la primera.

En los últimos días he hablado con enfermeras, doctores, personas que Dios pone en mi camino que necesitan un mensaje específico.

Y ahora usted, doctora Ruiz, usted piensa que has estado ayudando a personas con su conocimiento científico y sus técnicas psicológicas.

Y sí, eso es importante, pero lo que realmente sana a las personas no son sus técnicas, es su capacidad de empatía, porque usted también ha sufrido.

Cuando usted se cure y comparta su historia honestamente, su impacto se multiplicará 100 veces.

Pero primero tiene que elegir vivir.

Le pregunté con voz temblorosa.

¿Y si no puedo? ¿Y si el dolor es demasiado? Carl apretó mi mano con más fuerza.

Puede y lo hará.

Porque después de hoy, cada vez que sienta que no puede continuar, recordará esta conversación.

Recordará que un chico de 15 años, a horas de morir usó sus últimas fuerzas para salvar su vida.

En ese momento, la puerta se abrió.

Yusep entró con expresión preocupada.

Vio mi rostro lleno de lágrimas y se alarmó.

Diana, ¿estás bien? ¿Qué pasó? No pude responder.

Carlo habló por mí en italiano, su voz notablemente más débil que antes.

Doctore Marino, la doctores Ruiz está Bene, solo tuvo un momento de emoción profesional.

Es normal.

Yuspe me miró con preocupación, pero asintió.

Diana, tu taxi está esperando.

Tu vuelo es en tres horas.

Deberías ir al aeropuerto pronto.

Yo no quería irme.

Sentía que si dejaba esa habitación perdería algo precioso, algo que no podía definir.

Pero Carlo me soltó la mano suavemente.

Vaya, doctora, vaya a casa con su esposo.

Hable con él esta misma noche.

Cuéntele todo.

Mañana busque un terapeuta, empiece su propia sanación y viva, por favor, viva.

Miles de personas necesitan escuchar su historia algún día.

Me levanté con las piernas temblorosas.

Yuspe me sostuvo del brazo pensando que estaba físicamente débil.

No sabía que estaba completamente transformada interiormente.

Me acerqué una última vez a Carlo.

¿Te volveré a ver? Le pregunté sabiendo la respuesta.

Carlo negó suavemente con la cabeza.

No en esta vida, pero nos veremos en la otra.

Y cuando llegue su momento natural muchos años de ahora, yo estaré esperándola en las puertas del cielo para darle la bienvenida.

Me incliné y besé su frente suavemente.

Gracias, Carlo.

Gracias por salvarme.

Él sonrió.

No fui yo, fue Dios.

Yo solo soy el mensajero.

Salí de esa habitación completamente diferente a como entré.

Juspe me acompañó al taxi sin hacer preguntas, respetando mi silencio emocional.

Durante todo el camino al aeropuerto, durante el vuelo de regreso a Caracas, no pude dejar de pensar en Carlo.

¿Cómo era posible lo que acababa de experimentar? Mi mente científica buscaba explicaciones racionales.

Alucinación, no.

La conversación fue demasiado específica.

Coincidencia, imposible.

Los detalles eran exactos.

Investigación previa.

Absurdo.

Nadie en Italia sabía de mi existencia antes del Congreso.

No había explicación lógica para lo que Carlos sabía.

Aterricé en Caracas la mañana del 12 de octubre.

Miguel me recibió en el aeropuerto con flores.

¿Cómo estuvo el congreso, amor? Me preguntó con su sonrisa habitual.

Lo miré y rompí a llorar allí mismo en medio del aeropuerto.

Él se asustó completamente.

Diana, ¿qué pasa? ¿Qué pasó en Italia? Lo abracé fuerte y susurré, “Necesito contarte algo.

Necesito contarte todo, pero aquí no.

Vamos a casa.

” Esa noche, sentados en nuestra sala, le conté a Miguel toda la verdad.

La depresión, las pastillas, el plan de suicidio, las cartas, todo.

Él lloró conmigo, me abrazó y me dijo las palabras que necesitaba escuchar.

Diana, no tienes que ser perfecta.

No tienes que ser la doctora Milagro todo el tiempo.

Puedes ser humana, puedes estar rota y yo te amo.

Exactamente así, rota y todo.

Al día siguiente, 13 de octubre, busqué ayuda profesional por primera vez en mi vida.

Hermanos, si están viendo esta segunda parte es porque necesitan escuchar lo que pasó después de ese encuentro que cambió mi vida para siempre.

El 13 de octubre de 2006, un día después de regresar de Italia, hice algo que nunca pensé que haría.

Llamé a la doctora Mercedes Castellanos, una colega psiquiatra de Caracas, a quien respetaba profundamente, pero con quien nunca había trabajado personalmente.

Mi voz temblaba cuando le dije, “Mercedes, necesito tu ayuda profesional.

Yo soy tu paciente ahora.

” Hubo un silencio al otro lado de la línea.

Mercedes me conocía como la psicóloga exitosa, la autora de libros, la conferencista internacional.

Escuchar que necesitaba terapia fue un shock para ella, pero siendo la profesional excepcional que era, simplemente dijo, “Diana, ven mañana a mi consultorio a las 9 de la mañana.

Te estoy esperando.

Esa noche apenas dormí.

Parte de mí quería cancelar la cita, volver a mi máscara profesional, fingir que el encuentro con Carlo había sido una alucinación causada por el estrés del viaje.

Pero otra parte de mí, la parte que Carlo había despertado, sabía que si no daba este paso ahora, nunca lo daría.

Y las palabras de Carlo resonaban en mi mente como campanas.

Miles de personas necesitan escuchar su historia algún día.

La mañana del 14 de octubre entré al consultorio de Mercedes con las manos temblando.

Ella me recibió con calidez profesional, pero sin lástima.

Exactamente lo que necesitaba.

Diana, siéntate.

Estamos aquí para sanar, no para juzgar.

Durante dos horas le conté todo.

La depresión que había estado escondiendo durante 3 años, la automedicación peligrosa, el plan específico de suicidio para el 14 de febrero, las cartas escritas, las pastillas acumuladas y finalmente le conté sobre Carlo Acutis, el adolescente italiano moribundo que sabía cosas imposibles de saber.

Mercedes escuchó todo sin interrumpir, tomando notas ocasionales.

Cuando terminé, ella cerró su libreta y me miró directamente.

Diana, lo primero que vamos a hacer es evaluar tu medicación actual.

Lo que has estado haciendo es extremadamente peligroso.

Segundo, vamos a establecer sesiones de terapia dos veces por semana inicialmente.

Tercero, necesitas tomarte un mes sabático de tu consultorio.

Tus pacientes pueden ser referidos temporalmente a otros colegas.

Yo quise protestar, Mercedes.

No puedo abandonar a mis pacientes.

Ella fue firme.

Diana, no puedes dar lo que no tienes.

Estás emocionalmente en bancarrota.

Si no te curas ahora, no habrá futuro para ayudar a nadie.

Tus pacientes están mejor con terapeutas saludables que contigo en tu estado actual.

Tenía razón y lo sabía.

Esa misma tarde algo extraordinario sucedió que confirmaría todo lo que Carlos me había dicho.

Estaba en casa organizando los contactos de mis pacientes para referirlos cuando mi teléfono sonó.

Era un número internacional con código de Italia, contesté con curiosidad.

Doctores Ruiz era la voz de Yusepe Marino, el psiquiatra del Hospital San Gerardo.

Su voz sonaba quebrada, pesada.

Yusepe, ¿qué pasó? Hubo una pausa larga.

Diana, te llamo para informarte que Carlo Acutis falleció esta mañana a las 6:45 am, hora de Italia.

fue pacífico.

Estaba sonriendo.

Sus últimas palabras fueron en español, lo cual fue extraño porque sus padres no hablan español.

Dijo, “Díganle a la doctora venezolana que cumpla su promesa.

Miles de vidas la necesitan.

” El teléfono casi se me cayó de las manos.

Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas.

Carlo había muerto exactamente 48 horas después de nuestro encuentro, exactamente como los oncólogos habían predicho, pero usó sus últimas palabras, sus últimos pensamientos conscientes para enviarme un mensaje final.

Juspe continuó.

No sé qué pasó entre ustedes en esa habitación, Diana, pero Carlo habló de ti esa noche con sus padres.

les dijo que una doctora venezolana vendría y que Dios la había enviado específicamente.

No entiendo qué significa, pero sentí que debía saberlo.

Después de colgar con Yuseppe, me senté en el piso de mi sala y lloré durante una hora.

No eran lágrimas de tristeza por la muerte de Carlo, aunque sí sentía dolor por su partida.

eran lágrimas de transformación profunda.

Ese adolescente de 15 años había usado sus últimos días de vida, sus últimas conversaciones, sus últimas fuerzas para salvar a una extraña al otro lado del mundo.

¿Qué tipo de persona hace eso? ¿Qué tipo de amor es ese? Miguel llegó del trabajo y me encontró en el piso, rodeada de pañuelos usados.

se sentó junto a mí en silencio, simplemente sosteniéndome.

Finalmente le conté sobre la llamada de Yusepe.

El chico que me salvó murió hoy.

Usó sus últimas palabras para enviarme un mensaje.

Miguel me abrazó fuerte.

Entonces tenemos que honrar su sacrificio, Diana.

Tenemos que asegurarnos de que no fue en vano.

Esa noche tomé una decisión radical.

Fui a mi closet, saqué la caja escondida detrás de los zapatos negros que nunca usaba.

Dentro estaban las tres cartas de despedida que había escrito meticulosamente.

Las leí una última vez llorando al ver mi desesperación plasmada en esas páginas.

Luego hice algo simbólico pero necesario.

La rompí en pedazos pequeños.

Fui al baño y tiré los pedazos por el inodoro, observando cómo desaparecían con el agua.

Ese era mi pasado, mi plan de muerte, desapareciendo por el drenaje.

Luego fui a mi habitación donde había escondido las pastillas acumuladas durante meses.

50 clonasepam, 30 solpidem, 20 tramadol.

Mi kit de suicidio, cuidadosamente preparado.

Las conté una última vez, no con el placer oscuro que había sentido antes, sino con horror al darme cuenta de cuán cerca había estado del abismo.

Miguel entró y vio lo que estaba haciendo.

¿Qué son todas esas pastillas? Su voz estaba llena de shock y dolor.

Era mi plan B, mi plan C, mi plan definitivo, le dije honestamente, pero ya no lo necesito.

Juntos, Miguel y yo, fuimos al baño y tiramos cada pastilla por el inodoro, una por una.

Él contaba en voz alta mientras yo la soltaba.

Una, dos, tres.

Era un ritual de liberación.

Cuando tiramos la última pastilla, la número 100, Miguel me abrazó y susurró, “Estoy tan agradecido de que estés aquí.

Estoy tan agradecido de que ese chico te encontrara.

Los siguientes meses fueron los más difíciles de mi vida, pero también los más transformadores.

La terapia con Mercedes era intensa y dolorosa.

Tuve que confrontar cosas que había estado evitando durante años.

Mi perfeccionismo tóxico, mi incapacidad de pedir ayuda, mi creencia de que mostrar vulnerabilidad era debilidad, mi miedo al fracaso que me había llevado a preferir la muerte, antes que admitir que no tenía todas las respuestas, Mercedes me recetó un régimen de medicación apropiado y supervisado.

Esitalopram, 20 m radiarios.

Nada de la locura de automedicación que había estado haciendo.

Diana, me explicó Mercedes en una sesión.

Los antidepresivos no son una solución mágica.

Son como muletas cuando tienes una pierna rota.

Te ayudan a caminar mientras sanas.

Pero el trabajo real de sanación requiere terapia, cambios de vida, apoyo social.

Tuve que aprender a ser paciente conmigo misma.

Algunos días me despertaba sintiendo que había retrocedido todo el progreso.

Otros días sentía destellos de la persona que solía ser antes de la depresión.

Lentamente, muy lentamente, comencé a sanar.

En diciembre de 2006, dos meses después de conocer a Carlo, hice algo radical.

Escribí un artículo para la revista latinoamericana de psicología titulado Confesiones de una psicóloga depresiva, rompiendo el estigma en nuestra profesión.

En ese artículo conté mi historia completa, sin nombres ni detalles específicos, pero con honestidad brutal sobre mi lucha con la depresión y la ideación suicida.

Mi colega que editaba la revista me llamó alarmada.

Diana, ¿estás segura de que quieres publicar esto? Podría afectar tu carrera.

Los pacientes podrían perder confianza en ti.

Respiré profundo y recordé las palabras de Carlo.

Su dolor no invalida su don.

Su lucha no niega su propósito.

Le dije al editor, publica el artículo.

Es hora de que nuestra profesión sea honesta.

El artículo se publicó en enero de 2007, exactamente un mes antes de la fecha que había planeado para mi suicidio.

La reacción fue inesperada y abrumadora.

Recibí más de 200 correos electrónicos de colegas psicólogos y psiquiatras de toda América Latina.

Más del 80% eran mensajes de apoyo, pero lo más impactante fue que al menos 50 de esos correos eran confesiones similares.

Doctora Ruiz, yo también he luchado con depresión durante años, pero no me atrevía a admitirlo.

Gracias por su valentía.

Yo también consideré el suicidio el año pasado.

Su artículo me salvó la vida.

Iba a tomar pastillas esta semana, pero después de leerla decidí buscar ayuda.

Hermanos, en ese momento entendí completamente lo que Carlo me había dicho.

Su impacto se multiplicará 100 veces cuando comparta su historia.

Él no estaba exagerando, estaba siendo profético, pero también hubo reacciones negativas.

Algunos colegas más conservadores criticaron mi falta de profesionalismo.

Una universidad me desinvitó de una conferencia diciendo que mi admisión pública de enfermedad mental podría confundir a los estudiantes.

Esos rechazos dolieron, no voy a mentir.

Pero cada vez que sentía desánimo, pensaba en Carlo usando sus últimas horas de vida para salvarme.

Si él pudo hacer ese sacrificio, yo podía soportar un poco de crítica profesional.

El 14 de febrero de 2007 llegó finalmente la fecha que había marcado para mi muerte.

Me desperté esa mañana con una mezcla de emociones complejas.

Miguel se despertó conmigo y me abrazó fuerte.

“Feliz día de estar viva, mi amor”, me susurró.

Habíamos hablado sobre esa fecha durante semanas en terapia.

Mercedes me había preparado para el peso emocional que tendría.

Diana, es normal sentir emociones complicadas ese día, pero también es un día de victoria.

Elegiste la vida.

En lugar de morir ese día, como había planeado, hice algo diferente.

Miguel y yo fuimos a la Basílica de Santa Teresa en Caracas.

No soy especialmente religiosa, nunca lo había sido.

Mi formación científica siempre me había hecho escéptica de lo espiritual, pero después de mi encuentro con Carlo, algo había cambiado en mí.

No podía negar que había experimentado algo que la ciencia no podía explicar.

Encendí una vela en la iglesia.

Era una vela blanca grande que Miguel había comprado específicamente para este momento.

Mientras la llama parpadeaba, cerré mis ojos y hablé mentalmente con Carlo.

No sé si puedes escucharme desde donde estás.

No sé cómo funciona todo esto del cielo y los ángeles, pero si puedes oírme, quiero que sepas que cumplí mi promesa, elegí vivir, busqué ayuda, compartí mi historia y voy a continuar compartiendo porque tienes razón.

Miles de personas necesitan escuchar que está bien no estar bien, que pedir ayuda no es debilidad, que la sanación es posible.

Sentí una paz profunda en ese momento, casi como la presencia invisible de algo más grande que yo.

Los años siguientes fueron de reconstrucción gradual.

En 2008 volví a mi consultorio privado, pero con un enfoque completamente diferente.

Ahora, cuando un paciente llegaba con depresión severa, yo les contaba mi propia historia, no con todos los detalles, pero sí lo suficiente para que supieran que su terapeuta entendía genuinamente su dolor porque lo había vivido.

La reacción de los pacientes era increíble.

Doctora, si usted que es experta ha pasado por esto y salió, entonces yo también puedo.

Mi tasa de éxito mejoró dramáticamente.

En 2010, 4 años después de conocer a Carlo, recibí un correo electrónico inesperado.

Era de Antonia Salzano, la madre de Carlos.

El correo estaba en italiano, pero usé Google Translate para entenderlo.

Querida doctora Ruiz, mi nombre es Antonia Salzano, soy la madre de Carlo Acutis.

El doctor Juspe Marino me dio su contacto.

Estamos recopilando testimonios de personas cuyas vidas Carlo tocó antes de su muerte para el proceso de beatificación.

Juspe mencionó que usted tuvo un encuentro significativo con Carlo en sus últimas horas.

¿Podría compartir su experiencia? Mi corazón latió fuerte.

beatificación.

Carlo iba a ser considerado para santidad oficial.

Respondí inmediatamente contándole toda mi historia.

El encuentro en el hospital, las cosas imposibles que Carlos sabía, su mensaje final a través de Yusepe.

¿Cómo ese encuentro me salvó del suicidio planeado? Antonia respondió días después con un correo lleno de lágrimas virtualmente.

Doctora Ruiz, su testimonio es uno de los más poderosos que hemos recibido.

Carlo tenía este don de ver el corazón de las personas y darles exactamente el mensaje que necesitaban.

En 2013, 7 años después de la muerte de Carlo, la Arquidiócesis de Milán abrió oficialmente su causa de beatificación.

Yo fui invitada a dar testimonio formal ante el Tribunal Eclesiástico.

Viajé a Italia en septiembre de 2013 acompañada por Miguel.

Fue mi primera vez de regreso en Italia desde aquel octubre de 2006.

Dar mi testimonio ante el tribunal fue una de las experiencias más intensas de mi vida.

Había cardenales, teólogos, investigadores médicos, todos escuchando mientras yo relataba mi encuentro con Carlo.

Tenía evidencia documentada.

El artículo que publiqué en enero 2007 mencionaba indirectamente el encuentro sin nombrar a Carlo.

Tenía correos de Mercedes castellanos confirmando que comencé terapia exactamente el 14 de octubre de 2006, un día después de regresar de Italia.

tenía el testimonio de Miguel sobre las cartas y pastillas que destruimos.

Uno de los investigadores, un médico escéptico claramente designado para cuestionar testimonios extraordinarios, me preguntó directamente, “Doctora Ruiz, usted es una profesional científica.

¿Cómo explica racionalmente que un adolescente de 15 años supiera detalles específicos de su vida que nadie conocía?” Lo miré directamente y dije algo que nunca pensé que diría.

No puedo explicarlo racionalmente y he dejado de intentarlo.

Algunas cosas trascienden la explicación científica.

Lo único que sé con certeza absoluta es que ese encuentro me salvó la vida.

Y en ciencia, cuando un tratamiento funciona consistentemente, lo usamos aunque no entendamos completamente el mecanismo.

Carlo funcionó como intervención divina en mi vida.

Después del testimonio formal, Antonia me invitó a visitar la tumba de Carlo en Asís, donde había sido trasladado en 2019.

Fuimos juntas.

esta madre que había perdido a su hijo extraordinario y yo, la mujer que ese hijo había salvado sin conocerme realmente.

La tumba de Carlo estaba en el santuario de la espoliación, un lugar pequeño pero hermoso.

Había flores frescas por todas partes, fotos dejadas por devotos, notas escritas a mano de personas agradecidas.

Me arrodillé frente a la tumba y esta vez hablé en voz alta.

Ya no me importaba quién escuchara.

Carl, han pasado 7 años desde que me salvaste.

Quiero que sepas que no desperdicié el regalo que me diste.

He ayudado a más de 200 pacientes con idea suicida desde entonces.

Escribí dos libros más.

Di conferencias en 12 países y todo porque tú usaste tus últimas fuerzas para ver mi corazón roto y darme esperanza.

Antonia estaba llorando a mi lado.

Doctora Diana, Carlo hizo esto con muchas personas en sus últimos días.

El doctor Romano, el oncólogo ateo, el padre Marchelo, el sacerdote, Marco, su mejor amigo, y usted.

Todos tienen historias similares de cómo Carlos supo cosas imposibles y cambió sus vidas.

Eso es lo que hace un santo, ¿verdad? toca vida sobrenaturalmente.

En octubre de 2020, 14 años después de conocer a Carlo, recibí la noticia por la que había estado esperando.

Carlo Acutis fue oficialmente beatificado por la Iglesia Católica.

Beato Carlo Acutis, el Santo Millennial, el patrono de internet.

Yo estaba allí en Asís para la ceremonia de beatificación junto con miles de personas, especialmente jóvenes que habían sido inspirados por la vida de este adolescente que amó a Jesús sinvergüenza y usó la tecnología para evangelizar.

Durante la ceremonia mostraron el cuerpo incorrupto de Carlo.

Hermanos, fue uno de los momentos más impactantes de mi vida.

Ahí estaba mi amigo, el chico que me salvó 14 años después de su muerte.

y su cuerpo se veía como si estuviera durmiendo pacíficamente.

La ciencia médica no podía explicarlo completamente.

El cardenal, que presidió la ceremonia habló sobre la vida extraordinaria de Carlo, sobre sus virtudes heroicas, sobre los milagros atribuidos a su intercesión.

Cuando mencionó brevemente los numerosos testimonios de personas cuyas vidas Carlo tocó profundamente en sus últimos días, supe que estaba hablando de mí también, de todos nosotros que fuimos transformados por este santo adolescente.

En 2015, exactamente como Carlos había profetizado en nuestra única conversación, publiqué mi libro más importante.

Se titulaba La doctora rota, cuando el sanador necesita sanación.

Era mi autobiografía completa contando toda mi historia sin filtros ni vergüenza, incluyendo finalmente el nombre de Carlo Acutis y cómo me salvó.

El libro se convirtió en bestseller en América Latina.

Recibí miles de cartas de personas diciendo que mi historia les dio permiso para ser vulnerables, para pedir ayuda, para admitir que no estaban bien.

Médicos, psicólogos, enfermeras, especialmente profesionales de salud mental que sentían la presión de ser perfectos.

Hoy en 2025, casi 19 años después de ese encuentro que cambió todo.

Tengo 60 años y sigo trabajando como psicóloga, pero ahora con un enfoque especial en profesionales de salud mental que luchan con sus propias batallas internas.

Fundé una organización sin fines de lucro llamada Sanadores Rotos, que provee terapia gratuita y confidencial a médicos, psicólogos y trabajadores de salud mental.

Miguel y yo seguimos casados, más fuertes que nunca, porque aprendimos que el amor verdadero no requiere perfección, requiere honestidad.

Visito la tumba de Carlo cada año en el aniversario de nuestro encuentro, el 11 de octubre.

Este año será especial porque Carlos será canonizado oficialmente como santo en abril de 2025, Santo Carlo Acutis.

Y cuando la gente me pregunta, “Doctora Ruiz, ¿usted realmente cree que Carlo era santo?” Yo respondo sin dudar.

Sé que lo es, porque los santos son personas que reflejan el amor de Dios tan claramente que transforman vidas con su presencia.

Y ese adolescente de 15 años transformó la mía completamente en una conversación de 20 minutos.

Si eso no es santidad, no sé qué es.

Hermanos, si están viendo este testimonio y están luchando con depresión, con pensamientos suicidas, con la sensación de que no pueden continuar, por favor escuchen esto.

Pedir ayuda no es debilidad.

Admitir que estás roto no es fracaso.

Yo era la experta y estuve al borde del abismo, pero elegí vivir.

Busqué ayuda y hoy, 19 años después, puedo decirte que valió la pena.

Tu historia no ha terminado, tu propósito no se ha cumplido y en algún lugar, tal vez Carlo Acutis está intercediendo por ti ahora mismo, preparando tu encuentro con la esperanza.

No te rindas, por favor, no te rindas.

Carlo Acutis, ruega por nosotros.

M.