Estados Unidos volvió a golpear las instalaciones nucleares subterráneas de Irán utilizando bombarderos furtivos B-2 Spirit y bombas antibúnker de más de 14 toneladas. Según los reportes difundidos, el objetivo ya no fueron únicamente las entradas de los complejos, sino las zonas más profundas donde Irán protegía centrifugadoras, combustible nuclear y líneas de producción de misiles.

La operación comenzó con vuelos de largo alcance desde la base aérea de Whiteman en Missouri. Los bombarderos estadounidenses recorrieron miles de kilómetros para lanzar bombas penetrantes contra la instalación nuclear de Natanz, considerada una de las más protegidas del programa nuclear iraní.

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Israel también participó en los ataques utilizando sus propias municiones penetrantes sobre las instalaciones subterráneas. La estrategia conjunta consistía en debilitar primero la estructura externa y luego permitir que las bombas estadounidenses golpearan las áreas más sensibles.

La planta principal de enriquecimiento de Natanz se encuentra a decenas de metros bajo tierra y está protegida por enormes capas de hormigón reforzado. Allí funcionan miles de centrifugadoras destinadas al enriquecimiento de uranio.

Los ataques más recientes habrían apuntado especialmente a túneles de acceso, sistemas de ventilación y zonas internas críticas. El objetivo principal parecía ser dejar inutilizable la infraestructura incluso si parte de las instalaciones seguían físicamente intactas.

 

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Uno de los mayores temores surgió alrededor del posible colapso de los sistemas de ventilación y refrigeración. Las centrifugadoras nucleares generan enormes cantidades de calor y dependen constantemente de electricidad y circulación de aire.

Además existía preocupación por la presencia de gas hexafluoruro de uranio dentro de las instalaciones subterráneas. En espacios cerrados y sin ventilación adecuada este material puede transformarse rápidamente en un elemento extremadamente tóxico.

Posteriormente los ataques se extendieron hacia Isfahán, considerado uno de los centros más importantes del programa nuclear y de misiles iraní. Allí se encuentran plantas de conversión de uranio, producción de combustible nuclear y enormes complejos de ensamblaje de misiles.

Según diversos informes, una gran red de túneles excavados bajo las montañas almacenaba combustible sólido para cohetes, misiles balísticos y posiblemente uranio enriquecido. Estados Unidos habría utilizado decenas de bombas penetrantes para provocar explosiones en cadena dentro de esos túneles.

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Las detonaciones secundarias observadas en videos y satélites mostraron incendios masivos y enormes columnas de humo. Analistas militares señalaron que las explosiones internas probablemente amplificaron el efecto de las bombas al detonar municiones y combustible almacenado bajo tierra.

Otro de los objetivos clave fue la zona de Damavand, al este de Teherán. Allí Irán mantenía instalaciones relacionadas con producción de misiles balísticos y laboratorios vinculados a programas estratégicos militares.

Las fuerzas estadounidenses e israelíes primero neutralizaron sistemas de defensa aérea antes de lanzar ataques masivos contra entradas de túneles y centros logísticos. Bombas guiadas penetraron profundamente en la montaña para destruir áreas de ensamblaje y almacenamiento.

Las explosiones secundarias registradas durante varios minutos indicaban la presencia de enormes cantidades de combustible y armamento en el interior. Según los informes, cientos de personas podrían haber quedado atrapadas tras el colapso de túneles y accesos.

La estrategia militar parecía centrarse en atacar repetidamente las mismas instalaciones. Después de cada bombardeo, satélites y aviones de reconocimiento evaluaban daños para posteriormente volver a golpear las zonas donde Irán intentaba reabrir accesos.

También fueron atacadas bases navales, depósitos de municiones y complejos de misiles en distintas regiones iraníes. La campaña mostró un esfuerzo coordinado para degradar simultáneamente la infraestructura nuclear, misilística y logística del país.

A pesar de la magnitud de los ataques, las autoridades iraníes afirmaron que no existían fugas radiactivas importantes. Sin embargo, varias instalaciones quedaron completamente inaccesibles debido al colapso de túneles y entradas subterráneas.