La guerra moderna está cambiando más rápido de lo que muchos ejércitos pueden adaptarse, y un reciente ejercicio militar de la OTAN dejó una advertencia que hoy resuena con fuerza en América Latina. Durante el ejercicio Hedgehog realizado en Estonia en mayo de 2025, miles de soldados aliados comprobaron que incluso las fuerzas mecanizadas más avanzadas pueden quedar paralizadas frente a enjambres de drones baratos, veloces y coordinados mediante inteligencia artificial.

El escenario fue impactante para los mandos occidentales. Dos batallones mecanizados aliados terminaron prácticamente neutralizados por un pequeño grupo de operadores ucranianos veteranos del Donbás, quienes utilizaron drones FPV, sistemas de reconocimiento aéreo y plataformas digitales capaces de coordinar ataques en cuestión de segundos. Lo más alarmante no fue solamente la precisión de los ataques, sino la velocidad con la que los drones identificaban, seguían y destruían objetivos antes de que las cadenas de mando tradicionales pudieran reaccionar.

Las palabras de un comandante de la OTAN después del ejercicio fueron demoledoras y reflejaron el nivel de preocupación dentro de la alianza. Mientras los oficiales europeos todavía validaban órdenes en distintos escalones burocráticos, los operadores ucranianos ya habían detectado, seleccionado y atacado nuevos blancos mediante el sistema Delta, una plataforma que conecta inteligencia artificial, vigilancia en tiempo real y coordinación automática de ataques.

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Ese escenario parece lejano para Sudamérica, pero en realidad representa un desafío directo para una de las fuerzas blindadas más importantes del continente: la Primera Brigada Acorazada Coraceros del Ejército de Chile. Esta unidad, desplegada en Arica y concebida como una poderosa fuerza mecanizada profesional, ha sido durante años uno de los pilares de la disuasión militar chilena gracias a sus tanques Leopard 2A4, vehículos Marder, artillería autopropulsada M109 y tropas altamente entrenadas.

Sobre el papel, la brigada chilena continúa siendo una fuerza extremadamente peligrosa en un conflicto convencional tradicional. Sus capacidades de maniobra, potencia de fuego y coordinación de armas combinadas la convierten en una de las unidades más modernas de América Latina. Sin embargo, la guerra en Ucrania está demostrando que los blindados pesados ya no dominan el campo de batalla como antes, especialmente cuando enfrentan drones baratos capaces de destruir vehículos multimillonarios.

El verdadero problema aparece cuando se analiza el entorno donde operaría esta brigada en caso de guerra. El desierto de Atacama ofrece enormes extensiones abiertas donde cualquier movimiento mecanizado puede detectarse desde decenas de kilómetros de distancia. Los motores de los blindados generan además firmas térmicas extremadamente visibles para drones equipados con cámaras infrarrojas básicas, transformando cada convoy militar en un objetivo fácilmente rastreable desde el aire.

A diferencia de conflictos del siglo pasado, donde el principal peligro provenía de otros tanques o de la aviación enemiga, hoy una amenaza mucho más económica puede generar daños devastadores. Un dron FPV capaz de destruir un vehículo blindado puede costar apenas unos cientos de dólares, mientras que un Leopard 2A4 representa millones de dólares en inversión, entrenamiento y mantenimiento especializado.

La diferencia económica es brutal y cambia completamente la lógica de la guerra moderna. Por el precio de un solo tanque moderno, un adversario podría fabricar miles de drones de ataque y entrenar operadores en pocas semanas utilizando componentes comerciales disponibles en mercados civiles. La reposición de un dron destruido puede tomar días, mientras que reemplazar un tanque perdido requiere años de preparación y enormes recursos financieros.

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Otro aspecto crítico es la vulnerabilidad logística de una brigada mecanizada en el desierto. Los blindados consumen enormes cantidades de combustible, agua y repuestos, obligando a desplegar largos convoyes de abastecimiento que avanzan por rutas previsibles y prácticamente sin cobertura natural. En Estonia, los drones ucranianos demostraron que los convoyes logísticos pueden ser destruidos con la misma facilidad que las unidades de combate de primera línea.

El programa chileno de modernización Proaco busca mejorar los sistemas de combate de los Leopard, Marder y M109, incorporando nuevas tecnologías de observación y control de fuego. Sin embargo, muchos analistas consideran que estas mejoras todavía no solucionan el problema central: la falta de sistemas antidrones realmente eficaces para enfrentar amenazas pequeñas, rápidas y de vuelo errático.

La brigada depende principalmente de los misiles Mistral como defensa aérea orgánica, pero estos sistemas fueron diseñados para interceptar aeronaves tripuladas y misiles de mayor tamaño. Utilizar un misil costoso contra drones baratos no solo resulta ineficiente económicamente, sino que además muchos drones vuelan demasiado bajo y lentamente para ser interceptados con facilidad por este tipo de armamento.

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Incluso futuros sistemas de protección activa podrían no ser suficientes frente a enjambres masivos de drones coordinados. La experiencia ucraniana demuestra que las defensas tradicionales pueden saturarse rápidamente cuando decenas de pequeños drones atacan desde distintas direcciones y altitudes simultáneamente. En ese contexto, la superioridad blindada clásica comienza a perder efectividad frente a amenazas tecnológicas mucho más económicas y flexibles.

La gran pregunta para el Ejército de Chile ya no es si este tipo de amenaza llegará a Sudamérica, sino cuánto tiempo queda antes de que cualquier fuerza regional pueda acceder masivamente a tecnologías similares. La proliferación mundial de drones comerciales, inteligencia artificial y municiones merodeadoras está reduciendo drásticamente las barreras de entrada para actores estatales y no estatales.

El ejercicio Hedgehog dejó una conclusión inquietante para los estrategas militares de todo el mundo. La guerra del futuro ya no depende solamente de quién posee más tanques o más artillería pesada, sino de quién puede detectar, decidir y atacar más rápido utilizando redes digitales, inteligencia artificial y drones de bajo costo.

En las vastas planicies del Atacama, donde el terreno expone cualquier movimiento y la cobertura natural prácticamente no existe, esa transformación tecnológica podría redefinir completamente el equilibrio militar regional durante los próximos años.