Mientras gran parte del mundo observa a las grandes potencias económicas de Asia, existe un pequeño país escondido en la isla de Borneo que vive rodeado de petróleo, palacios gigantescos y una estricta ley islámica que controla casi todos los aspectos de la vida cotidiana. Se trata de Brunei, un sultanato tan rico como hermético, gobernado desde hace décadas por el sultán Hassanal Bolkiah, uno de los monarcas más poderosos y longevos del mundo.

En el corazón de la capital se levanta el gigantesco palacio Nurul Imán, considerado el palacio residencial más grande del planeta. El lugar parece salido de una fantasía oriental: columnas bañadas en oro, salones interminables, lámparas gigantes y paredes cubiertas con materiales preciosos. Todo allí transmite una sola idea: el poder absoluto de la familia real.

El mundo pudo ver una parte de ese universo secreto durante la espectacular boda de la princesa Azemah con su primo hermano, un evento que duró diez días y que reunió a miles de invitados seleccionados cuidadosamente. Embajadores, miembros de la realeza y figuras influyentes desfilaron por los enormes salones del palacio mientras toneladas de lujo eran exhibidas sin ningún pudor. La novia apareció cubierta de diamantes y joyas millonarias, mientras los invitados eran atendidos por cientos de trabajadores encargados de que cada detalle fuera perfecto.

 

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Pero detrás de las imágenes de riqueza extrema existe otra realidad mucho más compleja. Brunéi es también uno de los países más conservadores del planeta. El alcohol está prohibido públicamente, fumar en ciertos espacios puede traer problemas y la vida social gira completamente alrededor de la religión islámica.

Desde 2019 el país aplica una estricta ley Sharia impulsada por el sultán. La medida generó indignación internacional debido a que contempla castigos extremadamente severos para delitos como el adulterio y la homosexualidad. Las críticas llegaron desde Europa y Estados Unidos, provocando protestas frente a hoteles de lujo pertenecientes a la familia real en ciudades como Londres y París.

Sin embargo, dentro del país muchos ciudadanos defienden el sistema. Para gran parte de la población, la seguridad y la estabilidad económica justifican el rígido control religioso. Brunéi prácticamente no tiene criminalidad visible y muchos habitantes aseguran sentirse seguros en cualquier lugar del país, incluso de noche.

La riqueza petrolera ha permitido crear un modelo único. En Brunéi no existen impuestos personales y tanto la educación como la salud son gratuitas. Las escuelas modernas financiadas por el Estado ofrecen formación religiosa intensiva desde temprana edad. Los niños aprenden árabe, estudian el Corán durante horas y crecen dentro de un sistema profundamente influenciado por el Islam.

La vida diaria está marcada por la religión. Cada viernes el país prácticamente se detiene para la oración obligatoria y las mezquitas se llenan por completo. Las mujeres tienen permitido trabajar y conducir, pero continúan sujetas a normas estrictas sobre vestimenta y comportamiento. Muchas entregan su salario completo al esposo, quien administra el dinero familiar.

Aun así, Brunéi no es únicamente austeridad y disciplina. Existe también una cara inesperada del sultanato. La familia real practica polo al estilo británico, posee cientos de caballos importados desde Argentina y organiza exclusivos torneos donde participan príncipes y princesas. La princesa Azemah incluso es considerada una de las mejores jugadoras de polo del país.

Los vínculos con la cultura británica siguen siendo visibles décadas después de la independencia del Reino Unido en 1984. El inglés se habla ampliamente y ciertos sectores de la élite mantienen costumbres aristocráticas heredadas del periodo colonial.

Mientras tanto, la juventud intenta encontrar espacios de libertad dentro de una sociedad muy controlada. En la televisión nacional existen límites claros: no se puede hablar abiertamente de sexo, política, religión o la familia real. Los artistas y actores locales deben evitar cualquier contenido polémico si quieren permanecer en pantalla.

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Las redes sociales se han convertido en una pequeña válvula de escape para las nuevas generaciones, aunque siempre bajo vigilancia social. Muchos jóvenes sienten que Brunéi se vuelve cada vez más estricto y algunos cruzan regularmente la frontera hacia Malasia para disfrutar de bares, fiestas y una vida nocturna imposible dentro del sultanato.

La ciudad malaya de Miri se ha transformado en el refugio favorito de miles de bruneanos cada fin de semana. Allí encuentran alcohol, música, discotecas y un ambiente mucho más relajado. Para muchos habitantes del sultanato, ese viaje representa una breve sensación de libertad lejos de las restricciones religiosas.

Sin embargo, el verdadero tesoro de Brunéi no está en sus palacios ni en sus joyas, sino en su naturaleza salvaje. Cerca del 80% del territorio permanece cubierto por una selva prácticamente intacta. Gracias a los petrodólares, el gobierno ha evitado la destrucción masiva de bosques que sí ocurrió en otras partes del sudeste asiático.

En el parque nacional de Ulu Temburong sobreviven algunos de los ecosistemas más antiguos y mejor conservados del planeta. Ríos atravesando junglas infinitas, temperaturas sofocantes y enormes pasarelas suspendidas sobre los árboles ofrecen una imagen completamente distinta del país. Allí Brunéi intenta abrirse lentamente al turismo internacional.

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Pero incluso en las regiones más alejadas la influencia del sultán sigue presente. Algunas comunidades indígenas recibieron viviendas, escuelas y ayudas económicas a cambio de convertirse al Islam. Otras tribus que rechazaron esa conversión viven en condiciones mucho más precarias, alimentando críticas silenciosas sobre desigualdad y presión religiosa.

En Brunéi todo parece funcionar bajo una lógica particular: riqueza extrema, obediencia absoluta y una monarquía que controla cada rincón del país. Un lugar donde el oro cubre las paredes de los palacios mientras millones de personas en el mundo observan con asombro cómo sobrevive uno de los últimos reinos absolutos del planeta.