La guerra entre Rusia y Ucrania suma un capítulo tan oscuro como indignante: decenas de ciudadanos peruanos aseguran haber sido víctimas de una red de engaño que los captó con falsas promesas de trabajo y estudio, para terminar convertidos en combatientes en el frente más peligroso del conflicto.

Un reportaje del programa Cuarto Poder ha destapado testimonios estremecedores que revelan una realidad que parece sacada de una pesadilla.

Al menos 120 peruanos habrían sido reclutados bajo engaños.

Muchos de ellos eran trabajadores comunes —cocineros, taxistas, vigilantes— que nunca imaginaron empuñar un arma.

Uno de los casos más impactantes es el de “Morgan”, nombre ficticio utilizado para proteger su identidad, un hombre de 31 años que pasó de trabajar en un distrito de Lima a formar parte de una brigada de asalto rusa en territorio ocupado de Ucrania.

Su historia resume el drama de muchos.

Según su familia, aceptó una supuesta oferta laboral como cocinero en instalaciones militares.

Sin experiencia en combate ni entrenamiento real, al llegar a Rusia le cambiaron las condiciones: en lugar de utensilios de cocina, recibió un fusil.

En cuestión de días, fue enviado a la primera línea de fuego.

El último mensaje que envió a su madre fue breve, pero revelador: avisó que estaría incomunicado por trabajo.

Desde entonces, el silencio ha sido total.

“No sé si está vivo o muerto”, relata su madre, reflejando la angustia que comparten decenas de familias.

Las denuncias apuntan a una red organizada que operaba principalmente a través de redes sociales como TikTok, donde se difundían anuncios atractivos: sueldos de hasta 2.

600 dólares mensuales, bonos de ingreso, alojamiento, alimentación e incluso la promesa de obtener la nacionalidad rusa.

Los requisitos parecían simples: tener entre 18 y 50 años, pasaporte vigente y disponibilidad inmediata.

Pero la realidad era otra.

Una vez en territorio ruso, los reclutas firmaban contratos en alfabeto cirílico que no entendían, perdiendo así el control de su situación legal.

Muchos descubrieron demasiado tarde que no eran trabajadores civiles, sino soldados en una guerra activa.

Testimonios recogidos por Cuarto Poder revelan que estos hombres son enviados directamente a zonas de alto riesgo, expuestos a ataques constantes, especialmente de drones.

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Algunos sobrevivientes narran escenas de terror: explosiones, compañeros mutilados y la imposibilidad de escapar.

“De 20 que fueron al frente, solo regresaron dos”, cuenta un familiar.

Otro testimonio describe cómo un ataque con dron dejó a un joven gravemente herido, con múltiples cirugías y secuelas permanentes.

La frase que más se repite entre quienes lograron comunicarse es contundente: “No vengan, es un engaño”.

Además, las condiciones en el frente son extremas.

Los propios reclutas deben costear parte de su equipamiento con su primer sueldo, incluyendo ropa de abrigo y materiales básicos.

Desertar no es una opción sencilla: puede implicar prisión, y en muchos casos, la muerte.

La Cancillería peruana ha confirmado que al menos 56 familias han presentado denuncias formales.

Las autoridades trabajan para establecer canales diplomáticos que permitan frenar este tipo de reclutamiento y, en el mejor de los casos, facilitar el retorno de quienes aún siguen con vida.

El embajador Pedro Bravo ha señalado que se están realizando gestiones para dialogar con representantes rusos, aunque la situación es compleja debido a la falta de un embajador activo en Lima.

Mientras tanto, se evalúa la emisión de salvoconductos para aquellos que logren escapar y llegar a la embajada peruana en Moscú.

Este fenómeno no es exclusivo de Perú.

Otros países de la región han comenzado a tomar medidas.

En Colombia, por ejemplo, se ha prohibido el reclutamiento de ciudadanos para participar en conflictos extranjeros, reconociendo el riesgo creciente de estas redes.

Lo que queda claro es que estas personas no fueron a la guerra por convicción, sino por necesidad y engaño.

Fueron captados con promesas de una vida mejor y terminaron convertidos en “carne de cañón” en un conflicto que no les pertenece.

Hoy, sus familias exigen respuestas, justicia y, sobre todo, la posibilidad de volver a verlos con vida.

Mientras tanto, la guerra sigue cobrando víctimas silenciosas, lejos de los titulares, en historias que apenas comienzan a salir a la luz.