
La historia de Alejandro Ciangherotti comienza lejos de México.
Nació en Buenos Aires, Argentina, en 1912, un dato que sorprende incluso a muchos de sus admiradores, quienes siempre lo creyeron mexicano de nacimiento.
Su llegada a México ocurrió siendo muy joven, en una época en la que el espectáculo era incierto, nómada y duro.
Como tantos actores pioneros, se formó en las carpas teatrales, viajando sin descanso, actuando ante públicos humildes y aprendiendo a sobrevivir con talento y disciplina.
El cine mexicano apenas estaba naciendo cuando Alejandro dio el salto a la pantalla.
En 1926 apareció en una de sus primeras películas, abriéndose camino en una industria caótica, sin archivos claros ni contratos sólidos.
Desde el inicio destacó por su presencia y voz, pero también comenzó a cargar con una etiqueta que lo perseguiría toda su vida: el actor difícil, arrogante, imposible de tratar.
Una reputación que se repetiría como un eco, muchas veces sin pruebas claras.
Su destino cambió cuando conoció a Mercedes Díaz Pavía, la menor de los famosos hermanos Soler.
Ella era talentosa, protegida y adorada por una de las familias más influyentes del cine mexicano.
Él, un actor extranjero intentando consolidarse.
Se enamoraron y se casaron en 1937, pero ese matrimonio selló también una condena silenciosa.
Los hermanos Soler jamás lo aceptaron del todo.
Desde el primer encuentro dejaron claro que Alejandro no era bienvenido, que lo vigilaban, que cualquier error sería imperdonable.
A pesar de la tensión, la pareja formó una familia.

En 1939 nació su primer hijo en un hotel de Colombia durante una gira teatral.
Ese niño sería conocido más tarde como Fernando Luján, uno de los grandes actores de México.
Luego llegarían dos hijos más.
Mercedes abandonó su carrera para dedicarse al hogar, mientras Alejandro trabajaba sin descanso para sostener a su familia, siempre consciente de que no podía esperar ayuda de sus poderosos cuñados.
En la pantalla, Ciangherotti se convirtió en un rostro indispensable.
Nunca fue protagonista, nunca galán.
Siempre el antagonista, el hombre que el público debía odiar.
Y nadie lo hacía mejor.
Su papel como El Coyote en Los tres huastecos lo inmortalizó.
El odio del público era tan intenso que muchos creyeron que así era también en la vida real.
Pero en casa, según su esposa e hijos, era un hombre responsable, protector y profundamente dedicado a los suyos.
Mientras los hermanos Soler acumulaban éxitos, romances cinematográficos y reconocimiento, Alejandro avanzaba en silencio.
Trabajó con Cantinflas, Pedro Infante y grandes figuras de la época.
Apareció en más de 50 películas y múltiples telenovelas.
Nunca le faltó trabajo, pero sí el reconocimiento que sentía merecer.
El encasillamiento como villano terminó por desgastarlo.
Veía cómo otros, incluso mayores que él, seguían obteniendo papeles estelares mientras su carrera permanecía en la sombra.
La herida más profunda llegó en 1971, cuando Mercedes murió repentinamente de trombosis.
Alejandro quedó devastado.
Había soportado el desprecio de los Soler por ella, había construido su vida alrededor de su familia, y de pronto quedó solo.
Dos años después, su decisión de volver a casarse con una joven escritora de 23 años desató el escándalo.
La diferencia de edad, los rumores de infidelidad y la desaprobación pública, incluso de figuras como Cantinflas, terminaron por aislarlo aún más.
El matrimonio fue breve.
El desgaste físico y emocional ya era evidente.
Alejandro Ciangherotti murió el 29 de agosto de 1975, a los 64 años.
Fue sepultado en la sección de actores del Panteón de la ANDA.
Su nombre quedó ligado para siempre al villano perfecto, pero su vida fue la de un hombre que nunca logró escapar de la sombra de otros, ni del juicio constante de quienes jamás lo conocieron realmente.
Así terminó la historia del Coyote.
Un actor brillante, complejo, orgulloso y herido.
Un hombre que hizo del odio del público su mayor éxito, pero que pagó un precio demasiado alto fuera del escenario.
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