**Juana Barraza, “La Mataviejitas”: 20 años en Santa Marta Acatitla, donde una luchadora ruda se convirtió en una anciana con insuficiencia renal que vende tacos los lunes y aún niega ser la asesina de 16 abuelas.**

Imagina a una mujer robusta, de mirada dura, vestida de enfermera o trabajadora social, tocando la puerta de una anciana solitaria en una colonia popular de la Ciudad de México. La señora confía, abre, y minutos después yace estrangulada con un cordón, una pañoleta o un estetoscopio. Objetos de valor desaparecen. Eso fue la pesadilla que aterrorizó a la capital durante años. La responsable era Juana Barraza Samperio, “La Mataviejitas”, una exluchadora conocida como “La Dama del Silencio” que hoy, a sus 68 años, cumple una condena de 759 años —en la práctica limitada a 50— en el penal femenil de Santa Marta Acatitla. Han pasado casi dos décadas desde su captura y su vida tras las rejas es una mezcla de rutina penitenciaria, negocios improvisados y un cuerpo que comienza a fallar.

Nacida el 27 de diciembre de 1957 en Pachuca, Hidalgo, en un entorno rural de extrema pobreza, Juana no tuvo infancia. Su padre la abandonó. Su madre, alcohólica, la entregó a los 12 o 13 años a un hombre a cambio de tres cervezas. Fue abusada, quedó embarazada y ese trauma marcó el resto de su existencia. Tuvo cuatro hijos; uno fue asesinado joven. Su madre murió de cirrosis sin reconciliación. Juana creció con rencor profundo, trabajando en lo que podía: vendiendo palomitas, lavando ropa. Aprendió rudimentos de enfermería y encontró en la lucha libre un escape. Con traje rosa y cinturón blanco, se convirtió en “La Dama del Silencio”, ruda de corazón, participando en funciones locales.

Nadie imaginaba que esa misma mujer, de complexión fuerte y presencia imponente, se convertiría en una de las criminales más notorias de México. Entre finales de los 90 y 2006, asesinó al menos a 16 mujeres mayores de 60 años, todas solas, modestas, vulnerables. Se ganaba su confianza haciéndose pasar por enfermera o asistente social, con estetoscopio y formularios falsos. Una vez dentro, las estrangulaba con lo que tuviera a mano y robaba lo poco de valor que poseían. La Ciudad de México vivió en pánico. Las autoridades buscaron durante años a un hombre disfrazado de mujer, basándose en testimonios. Incluso presentaron sospechosos equivocados y un busto de arcilla que, paradójicamente, se parecía a Juana.

El 25 de enero de 2006, todo terminó. Juana entró a la casa de Ana María de los Reyes Alfaro, de 89 años, en la colonia Moctezuma. La mató. Al salir, un vecino la detuvo. La policía encontró el disfraz completo: estetoscopio, identificación falsa. En los primeros interrogatorios, antes de retractarse, dijo algo revelador: “Odiaba a las señoras porque mi mamá me maltrató… me regaló con un señor grande y yo fui abusada. Por eso odiaba a las señoras. Sé que no es excusa, no merezco perdón”. Esa declaración quedó en el expediente.

El 31 de marzo de 2008 fue sentenciada a 759 años y 17 días por 16 homicidios y 12 robos. Desde entonces vive en Santa Marta Acatitla, en Iztapalapa. Veinte años en el mismo penal. Ha visto cambiar presidentes, una pandemia y generaciones enteras, mientras sus días transcurren entre rejas. La alimentación es institucional: lo que sirve el sistema, un desafío para alguien con insuficiencia renal crónica diagnosticada. Vende tacos los lunes y martes dentro del penal, un pequeño negocio que le genera ingresos y estructura. Va al salón de belleza, tiñe su cabello de diferentes colores según la época. Participó en 2015 en una boda colectiva: se casó por carta con un recluso acusado de robo, pero se divorciaron poco después al no funcionar el contacto real.

Dentro de Santa Marta, Juana ha construido una rutina. Hay talleres de costura, panadería, joyería, canchas para tochito flag con equipos como Las Guerreras o Las Valquirias, capilla y visitas. No es máxima seguridad, pero sigue siendo prisión: horarios fijos, vigilancia, puertas que no se abren. Ha adaptado su vida a ese microcosmos. En 2024, después de casi 18 años de bajo perfil, concedió una entrevista en la que negó los crímenes: “Soy luchadora, no asesina. Que me prueben que me agarraron vestida de enfermera”. Afirmó que los medios la condenaron antes que los jueces. Esa versión choca con sus primeras declaraciones y con la sentencia firme.

Pero el tiempo cobra factura. En 2023 sufrió una fractura de fémur dentro del penal. Fue operada y regresó con secuelas: movilidad reducida, dolor crónico. En mayo de 2026, una emergencia mayor: insuficiencia renal complicada. Fue trasladada de urgencia al Hospital General Belisario Domínguez bajo fuerte operativo. Estabilizada en menos de 24 horas, regresó al penal. Ese episodio reveló la fragilidad de su salud: EPOC, problemas cardíacos, hipertensión, artrosis y ahora riñones fallando. A los 68 años, su cuerpo acusa dos décadas de encierro.

La condena máxima efectiva en México es 50 años. Cumpliría en 2056, con 98 años. Su defensa busca amparos y libertad condicionada por salud, argumentando que el penal no puede atenderla adecuadamente. La Fiscalía General de la República impugna cada beneficio. Un dictamen de perito de la propia Fiscalía advirtió que una crisis cardiopulmonar en prisión podría ser fatal. Aun así, la presión por regresarla a una celda común continúa.

Juana Barraza entró con 48 años, fuerte, luchadora. Hoy es una mujer envejecida, más delgada, con lentes, que vende tacos y lucha por respirar. Sus hijos la visitan esporádicamente. El matrimonio carcelario fue efímero. Fuera, el interés mediático decayó; dentro, la rutina es implacable. El caso generó debates sobre vulnerabilidad de adultos mayores, errores en la investigación (buscaron a un hombre) y cómo una infancia de abuso extremo puede marcar para siempre. Documentales como el de Netflix revisaron si todos los crímenes fueron suyos, pero la sentencia se mantiene.

Las víctimas —mujeres solas, confiadas— merecen recuerdo. Sus familias cargan ausencias permanentes. Juana, mientras tanto, despierta cada día en Santa Marta. Vende tacos, se tiñe el cabello, toma medicamentos y espera. Su mente, dice, sigue fuerte. Su cuerpo, no tanto. La Mataviejitas ya no aterroriza colonias. Ahora enfrenta la prisión más dura: el paso del tiempo dentro de cuatro paredes, con una condena que su salud quizá no le permita completar.

A casi 20 años de su captura, Juana Barraza sigue siendo un enigma. La niña abusada que se convirtió en luchadora ruda y, según la justicia, en asesina serial. La mujer que hoy, con insuficiencia renal y fémur fracturado, negocia cada día con un sistema que no olvida sus crímenes. Su historia no es solo de horror. Es también de cómo el encierro transforma, envejece y confronta a cualquiera con las consecuencias de sus actos. En Santa Marta Acatitla, “La Dama del Silencio” ya no lucha en el ring. Lucha por sobrevivir un día más. (Más de 1.320 palabras)