Más de 58 horas bajo los escombros: la batalla silenciosa de Hernán que mantiene en vilo a dos países
Hay historias que desafían toda lógica. Cuando las horas pasan y las posibilidades de encontrar sobrevivientes comienzan a disminuir, aparece alguien que se niega a rendirse. Bajo toneladas de concreto, acero y polvo, Hernán Alberto Gil Flores continúa librando una batalla que ha conmovido a miles de personas dentro y fuera de Venezuela.
Su nombre se ha convertido en un símbolo de esperanza en medio de una de las mayores tragedias que ha golpeado al país en los últimos años.
Todo comenzó tras los devastadores terremotos que sacudieron el norte de Venezuela. Los fuertes sismos provocaron el colapso de edificios, centros comerciales y viviendas, dejando un panorama desolador marcado por miles de víctimas, personas desaparecidas y equipos de rescate trabajando sin descanso entre estructuras que amenazan con derrumbarse en cualquier momento.
En medio de ese escenario apareció una noticia que nadie esperaba.
Entre los escombros del centro comercial Galerías Playa Grande, ubicado en el estado de La Guaira, los rescatistas detectaron señales de vida. La persona atrapada era Hernán Alberto Gil Flores, un ciudadano colombiano de 44 años que había quedado sepultado cuando el edificio colapsó durante el terremoto.
Desde ese instante comenzó una carrera contra el tiempo.
Mientras decenas de operaciones de rescate concluían con resultados devastadores, el caso de Hernán mantenía viva la ilusión de encontrar otro sobreviviente. La confirmación de que respondía a los llamados de los equipos especializados cambió por completo las prioridades de la emergencia y concentró allí recursos nacionales e internacionales.
Las primeras horas fueron especialmente difíciles.
Los especialistas debían abrirse paso entre enormes bloques de concreto sin provocar nuevos movimientos que pudieran poner en riesgo tanto al hombre atrapado como a quienes intentaban rescatarlo. Cada decisión requería cálculos precisos y un enorme nivel de coordinación.
La estructura permanecía extremadamente inestable.
Los ingenieros advirtieron que cualquier error podía desencadenar un colapso adicional sobre el espacio donde Hernán seguía resistiendo. Esa amenaza obligó a avanzar lentamente, incluso cuando cada minuto parecía jugar en contra.
Pero había una razón para no perder la esperanza.
Los rescatistas lograron establecer contacto con él.
Saber que permanecía consciente cambió completamente la estrategia de la operación. A través de pequeños espacios entre los escombros consiguieron suministrarle líquidos para evitar la deshidratación mientras continuaban buscando una ruta segura que permitiera llegar hasta donde se encontraba.
La noticia comenzó a recorrer el continente.
Uno de los primeros líderes en informar sobre el operativo fue el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, quien explicó públicamente que equipos especializados enviados por su país participaban en las labores de rescate junto con brigadas internacionales.
Inicialmente informó que los especialistas acumulaban más de 28 horas de trabajo ininterrumpido.
Sin embargo, el paso del tiempo convirtió el rescate en un desafío todavía mayor.
Las horas siguieron avanzando hasta superar las 58 sin que el colombiano pudiera ser liberado. Aun así, quienes trabajaban en el lugar insistían en que la operación continuaba porque Hernán seguía con vida y mantenía capacidad de responder.
Las dificultades no dejaban de aparecer.
Uno de los principales problemas fue la inestabilidad del edificio.
Los rescatistas habían construido un túnel para aproximarse al punto donde se encontraba atrapado, pero varios derrumbes parciales obligaron a detener temporalmente esa ruta por el enorme riesgo que representaba.
En lugar de abandonar la misión, decidieron cambiar completamente el plan.
Los equipos internacionales comenzaron a abrir un nuevo acceso desde otro sector de la estructura, buscando un recorrido más seguro que permitiera llegar hasta Hernán sin comprometer la estabilidad del edificio.
Al mismo tiempo, mantuvieron abierta la posibilidad de retomar el túnel inicial si las condiciones mejoraban.
Cada decisión exigía paciencia.
Quienes observaban desde el exterior podían preguntarse por qué el rescate tardaba tanto.
La respuesta era sencilla y dolorosa.
Mover una sola pieza de concreto de manera apresurada podía provocar el colapso del espacio vital donde permanecía el sobreviviente.
Por eso, los especialistas avanzaban centímetro a centímetro.
No competían contra el reloj únicamente.
También luchaban contra la gravedad, las réplicas sísmicas y las intensas lluvias que seguían afectando la zona devastada.
Las condiciones meteorológicas complicaban todavía más el trabajo.
El terreno permanecía húmedo y los constantes movimientos del suelo obligaban a suspender algunas maniobras hasta garantizar nuevamente la seguridad del personal desplegado en la operación.
Mientras tanto, la historia de Hernán comenzaba a unir esfuerzos de distintos países.
Equipos especializados procedentes de varias naciones trabajaban de forma coordinada intercambiando conocimientos técnicos, herramientas y experiencia en rescate urbano.
Entre ellos se encontraba el equipo colombiano USAR COL-1, considerado uno de los grupos de búsqueda y rescate urbano mejor preparados de la región.
Sus integrantes llevaban jornadas extremadamente exigentes, con pocas horas de descanso, recorriendo estructuras colapsadas en busca de personas que todavía pudieran permanecer con vida bajo los escombros.
La tragedia había dejado cifras devastadoras.
Miles de personas resultaron heridas, desaparecidas o fallecieron como consecuencia de los terremotos que destruyeron buena parte de la infraestructura en el estado de La Guaira y otras zonas del norte venezolano.
Sin embargo, los equipos de rescate insistían en que mientras existiera una mínima posibilidad de encontrar sobrevivientes, las operaciones no se detendrían.
Precisamente esa convicción mantenía vivo el operativo alrededor de Hernán.
El propio Bukele resumió el sentimiento compartido por quienes participaban en la misión con una frase que rápidamente recorrió las redes sociales: “Hernán sigue luchando, y nosotros también”.
No era únicamente una declaración de optimismo.
Era el reflejo del esfuerzo de decenas de rescatistas que, a pesar del cansancio acumulado y del enorme riesgo, se negaban a abandonar la búsqueda.
Para ellos, mientras existiera comunicación con el colombiano, todavía había razones para creer en un desenlace positivo.
Su historia también recordó otros rescates considerados prácticamente imposibles.
Días antes, un niño de once años había sido encontrado con vida tras permanecer varios días bajo los escombros, demostrando que incluso cuando las probabilidades parecen desaparecer, la supervivencia todavía puede abrirse camino. Ese precedente alimentó la esperanza de todos los equipos desplegados en Venezuela.
Mientras continúan las labores, familiares, amigos y miles de personas siguen pendientes de cada actualización.
Cada avance del túnel, cada mensaje emitido por los rescatistas y cada señal de vida representan una nueva razón para mantener la esperanza.
Porque en medio de una catástrofe donde las cifras hablan de destrucción y pérdida, la historia de Hernán recuerda que el mayor triunfo de cualquier operación de rescate no se mide por la velocidad, sino por la posibilidad de devolver una vida a quienes esperan al otro lado de los escombros.