Colombia: Cuộc sống trong những khu ổ chuột - Báo Công an Nhân dân điện tử

En varias regiones de Colombia, el ambiente previo a las elecciones presidenciales no está dominado por el debate político ni por las propuestas de campaña.

Lo que realmente ocupa la mente de miles de ciudadanos es otra cosa mucho más básica y urgente: la seguridad.

Para muchas familias que viven cerca de estaciones de policía o zonas donde operan grupos armados ilegales, cada día comienza con incertidumbre y termina con la sensación de haber sobrevivido una jornada más.

“Uno se levanta y tiene que estar pendiente de todo”, cuenta una habitante de una zona afectada por la violencia.

Su rutina, como la de muchos colombianos, ya no gira alrededor del trabajo o las actividades cotidianas, sino alrededor del miedo.

“No se puede estar distraído ni dormido.

Hay que mirar siempre qué puede pasar”, explica mientras describe la tensión permanente que se vive en el sector donde reside, muy cerca de una estación de policía.

La preocupación no es exagerada.

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En los últimos meses, varias regiones del país han sido escenario de ataques armados, hostigamientos y amenazas atribuidas a grupos ilegales que buscan ampliar su control territorial aprovechando la inestabilidad política y la cercanía de las elecciones.

Lo que antes parecía una preocupación limitada a zonas rurales alejadas ahora empieza a sentirse con fuerza en municipios y pequeños centros urbanos donde la población civil queda atrapada entre las fuerzas del Estado y las organizaciones criminales.

Uno de los elementos que más temor genera actualmente es el uso de drones por parte de grupos armados.

Los habitantes aseguran que ya no solo temen los enfrentamientos directos o las explosivas tradicionales.

Ahora también miran constantemente hacia el cielo.

“Cuando hablamos de sorpresas, nos referimos a los drones”, explica la mujer entrevistada.

La frase refleja una realidad cada vez más inquietante en algunas regiones del país: la incorporación de nuevas tecnologías en el conflicto armado colombiano.

El uso de drones adaptados para lanzar explosivos o realizar labores de vigilancia se ha convertido en una amenaza creciente para las comunidades y para las fuerzas de seguridad.

Aunque durante años este tipo de tácticas parecía exclusivo de conflictos internacionales, en Colombia comienza a formar parte del día a día en algunas zonas golpeadas por la violencia.

El simple sonido de un aparato volando sobre las viviendas es suficiente para generar pánico entre familias enteras.

Mientras tanto, las autoridades intentan contener el avance de los grupos ilegales en regiones estratégicas.

Miembros de la fuerza pública aseguran que la presencia del Ejército y de la Policía sigue siendo el principal “muro de contención” para impedir que las organizaciones armadas amplíen su control sobre municipios y corredores clave.

“Si nosotros sacamos las unidades de Robles o de Potrerito, permitimos que el grupo se expanda”, explicó un miembro de las autoridades al referirse a la importancia de mantener presencia estatal en estos sectores.

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Según indicó, las tropas de la Tercera Brigada del Ejército colombiano están realizando operaciones constantes para evitar que los grupos armados consoliden dominio territorial.

Sin embargo, la situación sigue siendo extremadamente delicada.

En muchos casos, los uniformados trabajan bajo presión permanente y enfrentan ataques casi diarios.

Las estaciones de policía ubicadas en pequeños municipios se han convertido en objetivos frecuentes de organizaciones criminales que buscan intimidar tanto a las autoridades como a la población civil.

A pesar del peligro, muchos policías continúan resistiendo en condiciones difíciles.

“La valentía de nuestros policías en esas subestaciones y no ceder es lo que evita que el grupo tenga mayor control”, señalan desde las fuerzas de seguridad.

Esa resistencia, aunque valorada por algunos habitantes, también mantiene a las comunidades en medio de un escenario de tensión constante.

La cercanía de las elecciones presidenciales aumenta todavía más la preocupación.

Históricamente, los periodos electorales en Colombia han sido momentos sensibles en materia de seguridad, especialmente en regiones donde operan disidencias armadas, bandas criminales o estructuras relacionadas con economías ilegales como el narcotráfico y la minería clandestina.

Muchos ciudadanos temen que los ataques aumenten conforme se acerque la jornada electoral.

La posibilidad de atentados, bloqueos, amenazas o acciones destinadas a sembrar miedo preocupa tanto a autoridades como a comunidades enteras.

En algunos municipios, las personas aseguran que sienten temor incluso de participar en actividades políticas o asistir a reuniones públicas.

Además del riesgo físico, existe un impacto psicológico profundo que pocas veces recibe suficiente atención.

Vivir diariamente bajo amenaza cambia completamente la manera en que las personas se relacionan con su entorno.

Familias enteras aprenden a identificar sonidos sospechosos, modificar rutas habituales o permanecer encerradas durante ciertas horas del día por precaución.

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La incertidumbre también afecta la economía local.

Comerciantes, transportadores y pequeños empresarios aseguran que la tensión reduce el movimiento en las calles y genera miedo entre los habitantes.

En zonas donde la violencia recrudece, muchas personas prefieren permanecer en sus casas antes que exponerse innecesariamente.

A pesar de todo, las comunidades intentan continuar con sus vidas.

Los niños siguen asistiendo a clases, los trabajadores salen cada mañana y los comerciantes abren sus negocios, aunque siempre con la sensación de que cualquier situación puede cambiar de un momento a otro.

Esa mezcla de resiliencia y temor se ha convertido en parte de la cotidianidad para miles de colombianos.

Expertos en seguridad advierten que el desafío para el Estado no solo consiste en responder militarmente a los grupos armados, sino también en recuperar la confianza de la población.

En muchas regiones, los habitantes sienten que viven abandonados entre la presencia de actores ilegales y una institucionalidad que no siempre logra garantizar protección efectiva.

Mientras Colombia se prepara para un nuevo proceso electoral, el panorama en algunas zonas del país deja una imagen preocupante: ciudadanos que no hablan de candidatos ni de propuestas, sino de cómo protegerse, cómo sobrevivir y cómo evitar convertirse en víctimas de un conflicto que sigue evolucionando.

En medio de ese escenario, el miedo continúa marcando la rutina diaria de miles de familias colombianas.

Un miedo silencioso, constante y difícil de ignorar, especialmente cuando mirar al cielo ya forma parte de la vida cotidiana.

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