Un exapartamentero reveló cómo las bandas identifican viviendas vulnerables mediante vigilancia previa, accesos sin rejas y cerraduras fáciles de manipular para cometer robos que pueden superar los 200 millones de pesos

Las bandas dedicadas al hurto de viviendas en Colombia han perfeccionado durante años un modelo de operación basado en vigilancia, logística y selección detallada de objetivos.
Lo que para muchos vecinos parece una rutina normal —una ventana abierta, una casa sin movimiento o un edificio aparentemente tranquilo— puede convertirse en información clave para delincuentes especializados en ingresar a residencias y desocuparlas en cuestión de minutos.
Un exintegrante de una estructura dedicada al robo de apartamentos reveló cómo funcionan estas redes, cuáles son los errores más comunes de las víctimas y de qué manera logran cometer hurtos que superan fácilmente los 100 millones de pesos.
Según su testimonio, los delincuentes no actúan de manera improvisada.
Antes de ejecutar un robo, observan durante días los movimientos de los residentes, identifican horarios de entrada y salida, revisan qué viviendas permanecen solas y analizan qué tan fácil sería ingresar sin llamar la atención.
Las propiedades ubicadas frente a parques, en esquinas poco vigiladas o con accesos vulnerables suelen convertirse en objetivos prioritarios.
También revisan detalles aparentemente menores, como garajes sin vidrio, ventanas sin rejas o cerraduras consideradas fáciles de manipular.
El exapartamentero explicó que uno de los errores más frecuentes es dejar puertas con sistemas de seguridad básicos o ventanas abiertas en pisos superiores.
Muchas bandas utilizan tarjetas plásticas o láminas delgadas para mover los seguros internos de ciertas cerraduras.
En otros casos, aprovechan techos, terrazas y patios para desplazarse entre viviendas sin necesidad de ingresar por la puerta principal.
Algunas estructuras incluso utilizan la llamada “escalera humana” para alcanzar balcones y ventanas de difícil acceso.
Las cifras reflejan el crecimiento de este fenómeno.
En Bogotá, durante los dos primeros meses de 2026, las autoridades registraron 1.139 casos de hurto a vivienda, un aumento superior al 12 % frente al mismo periodo del año anterior.
Las localidades más afectadas fueron Suba, Kennedy, Engativá y Barrios Unidos, zonas donde las bandas encuentran una combinación de alta densidad residencial y oportunidades de escape rápidas.

Las pérdidas económicas pueden ser devastadoras.
Pilar Diago, víctima de un robo dentro de un conjunto residencial, relató que cuatro hombres ingresaron al lugar durante la noche y lograron entrar a su apartamento después de atravesar áreas comunes del complejo.
La mujer fue amordazada mientras los delincuentes saqueaban joyas, electrodomésticos y objetos personales.
El valor total de las pérdidas superó los 217 millones de pesos.
Para ella, lo más alarmante no fue solo el dinero perdido, sino la facilidad con la que los responsables lograron ingresar y permanecer cerca de 45 minutos dentro del conjunto sin ser detectados.
Otro caso ocurrió en vísperas de Navidad, cuando Rafael regresó a su apartamento y descubrió que delincuentes habían ingresado por una ventana del cuarto principal.
Los responsables ya tenían organizadas varias pertenencias dentro de fundas de almohadas listas para ser sacadas del lugar.
Un pequeño error cometido por los intrusos evitó que el robo se concretara completamente.
El exdelincuente aseguró que muchas de estas estructuras cuentan con colaboradores internos.
Personas vinculadas a labores de mantenimiento, vigilancia, servicios generales e incluso técnicos que ingresan regularmente a edificios residenciales pueden convertirse en informantes.
Su función consiste en identificar viviendas con dinero, joyas u objetos de alto valor y transmitir esa información a las bandas.
Dentro del mundo criminal, estas personas son conocidas como “iniciadores”, ya que son quienes seleccionan y marcan los objetivos.
Las investigaciones de las autoridades también han detectado estructuras organizadas con funciones específicas.
Hay integrantes encargados de vigilar, otros especializados en abrir cerraduras y algunos responsables de transportar y comercializar los objetos robados.
Según el relato del exapartamentero, las ganancias se distribuyen entre todos los participantes y, en algunos casos, quienes facilitan información o reducen la presencia policial reciben hasta el 30 % del valor total del robo.

Uno de los aspectos más preocupantes es la expansión internacional de estas bandas.
El hombre afirmó que muchos delincuentes viajan a otros países para replicar las mismas modalidades de hurto, atraídos por la posibilidad de encontrar mayores cantidades de dinero y joyas.
Estados Unidos se ha convertido en uno de los destinos más frecuentes.
En Florida, por ejemplo, las autoridades han desmantelado redes conformadas por ciudadanos colombianos acusados de cometer robos en viviendas de lujo utilizando técnicas similares a las empleadas en Bogotá y otras ciudades del país.
La modalidad evoluciona constantemente.
Los delincuentes utilizan términos propios para clasificar sus métodos, como “ventanazo”, “colgado” o “gotera”, dependiendo de la forma de acceso o distracción utilizada.
En muchos casos ni siquiera requieren herramientas sofisticadas.
Un simple acetato, una tarjeta plástica o una llave adaptada pueden ser suficientes para vulnerar cerraduras antiguas o mal aseguradas.
Especialistas en seguridad recomiendan reforzar puertas y ventanas, instalar cámaras funcionales, evitar publicar viajes en redes sociales y mantener iluminación encendida cuando la vivienda queda sola.
También sugieren verificar antecedentes del personal que ingresa frecuentemente a conjuntos residenciales y reportar comportamientos sospechosos dentro de edificios y urbanizaciones.
Mientras las autoridades intentan frenar el crecimiento del hurto residencial, las bandas continúan adaptándose y perfeccionando sus métodos.
Detrás de cada robo existe una estructura organizada que estudia movimientos, detecta vulnerabilidades y espera el momento exacto para actuar.
En ciudades donde miles de personas creen vivir bajo sistemas de seguridad confiables, el negocio del robo a viviendas sigue creciendo silenciosamente y moviendo millones de pesos cada semana.

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