Tres años de abusos silenciados en Villa Devoto y la compleja reconstrucción de una identidad blindada frente a la mirada pública.

 

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BUENOS AIRES — Detrás de la marquesina incandescente de la calle Corrientes, de la verborragia indomable y del mito de la mujer que parece haberlo vivido todo sin despeinarse, habita un silencio de medio siglo.

Para el público argentino, Moria Casán es «La One»: un emblema de poder, libertad absoluta e irreverencia que dominó el teatro de revista y la televisión desde los años setenta. Sin embargo, la estructura de esa fortaleza mediática no se construyó sobre la vanidad, sino sobre la pura necesidad de supervivencia.

La historia comenzó mucho antes de los focos, en la década de mil novecientos cincuenta, en el corazón residencial de Villa Devoto. Allí, una niña de nueve años, de trenzas y delantal blanco, crecía en el seno de una familia de clase media que el vecindario catalogaba como ejemplar.

Su padre, Juan Casanova, era un oficial del ejército; un hombre de orden, disciplina y silencios institucionales. Los domingos de asado, los viernes de salidas culturales y el abono mensual en el Teatro Colón diseñaban la fachada de una vida perfecta.

Puertas adentro, la realidad tomaba un matiz devastador. Durante tres años, entre los 9 y los 12 años, aquella niña —cuyo verdadero nombre es Ana María Casanova— fue víctima de abusos sexuales continuos por parte de un miembro de su entorno más íntimo y de máxima autoridad familiar: su propio abuelo. Era el mismo hombre que la acompañaba a los espectáculos, el mismo que compartía la cabecera de la mesa familiar.

En la Argentina de mediados del siglo XX, las familias de clase media operaban bajo una estricta cultura del secretismo. Lo incómodo no se nombraba; lo traumático se sepultaba bajo la alfombra del decoro social para proteger el apellido. Sola, sin herramientas ni contención, la niña aprendió una lección temprana: que existen verdades que destruyen si se pronuncian en voz alta.

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La metamorfosis de Ana María Casanova en Moria Casán no fue una simple elección artística, sino un proceso de transmutación. A los doce años, cuando cesaron los abusos, algo se reconfiguró en su interior.

Descubrió en el teatro y en las salidas al Colón una lógica que el mundo real le había negado: un espacio con reglas claras, donde ella podía decidir quién ser, qué guion seguir y cómo proteger su cuerpo.

Su ascenso en el complejo entramado del espectáculo argentino de los años sesenta y setenta fue meteórico, pero estuvo lejos de ser un camino idílico.

El teatro de revista de la época era un feudo de productores varones donde las vedettes eran consideradas propiedad intercambiable de las empresas. Fue allí donde Casán impuso una resistencia inédita para la época. Marcada por el trauma de la infancia, comprendió que su cuerpo era sagrado y que la soberanía sobre sí misma no era negociable.

En una era donde el concepto de la cosificación femenina ni siquiera formaba parte del vocabulario común, Moria introdujo cláusulas específicas en sus contratos comerciales donde exigía, explícitamente, que se respetara su dignidad y no se la redujera a un objeto manejable.

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A pesar del blindaje profesional, las secuelas del silencio familiar se manifestaron en su vida afectiva. Como ella misma reconocería décadas después, la confusión temprana entre el afecto y el daño alteró sus sistemas de alarma.

Su historial sentimental estuvo marcado por relaciones complejas y destructivas. Su primer vínculo formal, con Ernesto Boyanich, incluyó episodios de violencia física que la artista soportó en silencio mientras continuaba brillando ante las cámaras.

Más tarde llegó su matrimonio con Carlos Carballás (conocido como Carlos Castiglione), una relación de la cual nació su única hija, Sofía Gala Castiglione. La maternidad colocó a la diva frente a un nuevo espejo.

Volcada de lleno en la construcción de su propia identidad y de su carrera cinematográfica y teatral, Moria edificó una armadura tan hermética que terminó bloqueando la vulnerabilidad que su hija necesitaba observar.

Sofía Gala creció a la sombra de una figura omnipresente y avasallante, asimilando los privilegios de la fama pero también el peso de los vacíos cotidianos.

Esa distancia emocional y la presión del entorno mediático pasaron factura: durante su juventud, Sofía cayó en un severo proceso de adicciones.

El hundimiento de su hija obligó a Moria a enfrentar la mayor crisis de su vida, una que el dinero, el poder político de su programa televisivo A la cama con Moria o las portadas de las revistas de espectáculos no podían solucionar.

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El proceso de recuperación de Sofía Gala se convirtió, paradójicamenteicamente, en el catalizador para la sanación de la propia Moria.

Al ver a su hija reconstruirse desde el dolor y asumir sus fragilidades sin rodeos, la diva comprendió que pedir ayuda no equivalía a una debilidad y que la armadura que le había salvado la vida en la infancia se estaba transformando en su propia prisión legal y emocional.

La confesión pública de los abusos llegó de manera madura, despojada del melodrama que el espectáculo suele exigir. Moria Casán pronunció la verdad con una calma desconcertante, no para inspirar lástima, sino para despojar al pasado del poder de seguir lastimando.

Hoy, a sus 80 años, la realidad de Casán muestra una fisonomía muy distinta. Con su hija consolidada como una actriz de prestigio y apartada de las adicciones, y rodeada por sus nietos Elena y Dante, la ferocidad de la diva ha dado paso a una madurez serena.

Su matrimonio en diciembre de 2021 con el dirigente político Fernando «Pato» Galmarini —en una ceremonia íntima, desprovista del habitual circo mediático— pareció cerrar el círculo de la niña de Villa Devoto.

La trayectoria de Moria Casán permanece como un testimonio complejo sobre cómo el arte puede funcionar como un mecanismo de transformación del dolor. La mujer que el público consideraba invencible demostró que la verdadera fortaleza no radica en no haber caído jamás, sino en haber tenido el valor de desmantelar, a tiempo, el blindaje que la mantuvo a salvo durante cincuenta años.