Martín González, un albañil de 42 años residente en González Catán, ha iniciado una demanda de filiación contra Ricardo Darín tras décadas de un silencio impuesto por acuerdos legales y la muerte de su madre, Patricia González

 

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Mientras Ricardo Darín recorría las alfombras rojas de Cannes y Hollywood era testigo de su consagración como el actor más respetado de habla hispana, a pocos kilómetros del brillo porteño, en las calles de tierra de González Catán, un hombre de 42 años llamado Martín González salía de una obra en construcción con las manos curtidas por el cemento.

No es solo un trabajador más; es el hombre que, según una demanda judicial que estremece los cimientos del espectáculo argentino, lleva la sangre del “prócer” del cine nacional.

Martín es el hijo que el actor habría ocultado durante cuatro décadas, una sombra que finalmente ha decidido caminar bajo la luz de la justicia.

La historia nos traslada a 1982.

Por aquel entonces, Darín no era la leyenda de “El secreto de sus ojos”, sino un joven actor en ascenso que probaba suerte en los pasillos de Canal 13.

Allí conoció a Patricia González, una asistente de script de 21 años.

Lo que comenzó como un romance de grabaciones se transformó en una sentencia de silencio cuando Patricia anunció su embarazo en julio de 1983.

 

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Según el testimonio que la mujer dejó plasmado antes de su fallecimiento, la reacción del actor fue fulminante: “No puedo tener un hijo ahora, estoy empezando mi carrera y un escándalo me va a hundir”.

Ante la negativa de Patricia de interrumpir el embarazo, la maquinaria de la exclusión se puso en marcha.

Ella fue despedida del canal y regresó a la casa de sus padres en Ciudadela, donde el 15 de marzo de 1984 nació Martín.

La lucha por la identidad comenzó casi de inmediato.

En abril de 1984, Patricia inició una demanda de filiación.

Sin embargo, se topó con el poder de un apellido que ya empezaba a ser sagrado.

Los abogados del actor dilataron el proceso con recursos y nulidades durante tres años.

“Dijo que apenas la conocía de vista, que era una extorsión de una mujer despechada”, relatan los archivos de una causa que se cerró por el agotamiento económico y emocional de la madre.

En 1987, Patricia firmó un acuerdo de silencio a cambio de una suma de dinero que apenas alcanzó para sobrevivir dos años.

Firmó la rendición, pero no el olvido.

 

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Martín creció viendo a su padre en la pantalla, personificando la ética y los valores familiares que en la vida real le negaba.

A los 10 años, tras preguntar por qué no tenía papá, Patricia le mostró los recortes de revistas y el acuerdo legal.

La pregunta del niño fue demoledora: “¿Por qué no me quiere?”.

No hubo respuesta.

Mientras el actor ganaba el Óscar y hablaba de la importancia de la honestidad, su hijo real aprendía albañilería para ayudar en su casa, viviendo en una vivienda de chapa y cuidando autos por las noches en Ramos Mejía para alimentar a sus propios hijos.

La muerte de Patricia González en septiembre de 2024 fue el detonante final.

Ella guardó el secreto por dignidad, pero Martín no heredó ese compromiso de silencio.

“Mi madre se lo tragó todo, se murió callada, pero yo quiero que mis hijos sepan la verdad”, habría manifestado Martín a su círculo íntimo antes de contratar a un abogado especialista en filiación en noviembre pasado.

La demanda, presentada formalmente en enero de 2025, busca ahora lo que el dinero no pudo comprar: el reconocimiento legal y una prueba de ADN que, bajo las leyes actuales, es ineludible.

 

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La ironía de la situación es casi cinematográfica.

Ricardo Darín construyó su carrera interpretando a hombres nobles que luchan contra la injusticia.

En “El hijo de la novia”, emocionó al mundo como un hijo devoto; en “Relatos Salvajes”, denunció la hipocresía de la clase media.

Sin embargo, mientras el país lo aplaudía de pie, Martín González tomaba el colectivo 216 para ir a trabajar a la obra, cargando con una mandíbula y unos ojos idénticos a los del actor, pero con un apellido que siempre le fue negado.

“Sos mi hijo”, es la frase que Martín ha esperado escuchar durante 42 años, una confesión que ninguna actuación podrá sustituir.

Hoy, el expediente avanza bajo secreto de sumario, pero la presión social comienza a filtrarse.

Ricardo Darín, que habita un departamento de tres millones de dólares en Recoleta, se enfrenta al guion más difícil de su vida: uno que no puede ser modificado por sus abogados ni silenciado por su prestigio.

Si la ciencia confirma la paternidad, Argentina deberá decidir si puede seguir separando al artista de la persona, o si el pedestal de su “mayor orgullo nacional” ha quedado manchado por la sombra de un hijo abandonado en el barro de González Catán.

La verdad ya no es un secreto de sus ojos, es una deuda de sangre que el tiempo ha dejado de proteger.

 

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