Alfredo Beltrán Leyva, conocido como El Mochomo, fue líder del narcotráfico sinaloense y coordinó el tráfico de toneladas de cocaína hacia Estados Unidos antes de su captura en 2008

 

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Durante años, el nombre de Alfredo Beltrán Leyva provocó miedo en México.

En los corridos, en los expedientes judiciales y en los informes de inteligencia, “El Mochomo” aparecía como uno de los operadores más poderosos del narcotráfico sinaloense, un hombre capaz de mover toneladas de cocaína y metanfetamina entre Sudamérica y Estados Unidos mientras mantenía una red de protección corrupta que alcanzaba policías, militares y funcionarios.

Nacido el 21 de enero de 1971 en Badiraguato, Sinaloa, la misma tierra que vio crecer a Joaquín Guzmán Loera, Alfredo Beltrán Leyva creció en una región donde el narcotráfico sustituyó durante décadas la ausencia del Estado.

Junto con sus hermanos Arturo, Héctor y Carlos, construyó una de las organizaciones criminales más violentas de México, inicialmente aliada al Cártel de Sinaloa.

No eran subordinados.

Eran socios estratégicos.

Los documentos judiciales estadounidenses lo señalaron como responsable de coordinar el tráfico de al menos 27 toneladas de droga entre 2000 y 2012.

Su estructura utilizaba rutas marítimas, terrestres y aéreas para introducir cargamentos masivos a territorio estadounidense.

“Era un operador clave para la logística internacional”, afirmaron fiscales federales durante el juicio que terminó marcando el resto de su vida.

La caída de El Mochomo ocurrió el 21 de enero de 2008, precisamente el día de su cumpleaños número 37.

Elementos del Ejército mexicano irrumpieron en una vivienda de la colonia Burócrata, en Culiacán.

Dentro encontraron casi un millón de dólares en efectivo, granadas, fusiles automáticos y decenas de chalecos antibalas.

La captura fue tan precisa que dentro de la familia Beltrán Leyva nació una convicción que detonaría una guerra sangrienta: alguien los había entregado.

 

Cadena perpetua para el narco Alfredo Beltrán Leyva

 

La sospecha recayó sobre El Chapo Guzmán.

Según la versión sostenida por los Beltrán Leyva, solo alguien del círculo más íntimo conocía la ubicación exacta de Alfredo esa noche.

La ruptura entre ambas facciones desató una guerra que dejó miles de muertos en México y convirtió al país en escenario de una de las etapas más violentas del narcotráfico moderno.

Tras pasar varios años en el penal del Altiplano, en el Estado de México, Alfredo Beltrán Leyva fue extraditado a Estados Unidos en 2013.

En 2016 se declaró culpable de conspiración para distribuir drogas, aunque más tarde intentó retractarse.

“Mi participación fue menor”, argumentó ante la corte, insistiendo en que solo apoyaba operaciones locales en Culiacán.

El juez rechazó la petición y en abril de 2017 dictó cadena perpetua, además de una multa de 529 millones de dólares.

Antes de escuchar la sentencia definitiva, El Mochomo tomó la palabra en español.

“Le pido una oportunidad por mi familia”, dijo frente al tribunal federal.

No hubo concesiones.

Minutos después, el juez selló su destino con una sola palabra: life.

Durante varios años permaneció recluido en la prisión de alta seguridad de Hazelton, en Virginia.

Desde ahí escribió en 2021 una carta en inglés al juez que lo condenó, solicitando información sobre posibles reducciones de condena derivadas de reformas penales federales.

“He mantenido buena conducta”, escribió.

La petición nunca prosperó.

En junio de 2022, el Buró Federal de Prisiones confirmó su traslado a ADX Florence, conocida mundialmente como “la Alcatraz de las Rocosas”, la prisión más extrema de Estados Unidos.

Allí también cumple condena Joaquín Guzmán Loera, el hombre al que la familia Beltrán Leyva acusa de haberlo traicionado.

 

Organización Beltrán Leyva

 

ADX Florence fue diseñada para aislar completamente a internos considerados demasiado peligrosos para cualquier otra cárcel federal.

Las celdas miden aproximadamente dos metros por tres.

Tienen cama y escritorio de concreto, un pequeño lavabo de acero inoxidable y una estrecha ranura por donde entra la comida.

No existen ventanas hacia el exterior; apenas una abertura de ventilación permite el ingreso de algo de luz natural.

El régimen es brutalmente estricto.

Los internos permanecen encerrados 23 horas al día.

La única hora de “recreación” ocurre en patios individuales rodeados de muros altos donde apenas puede verse un rectángulo de cielo.

No hay contacto físico con otros presos, ni conversaciones, ni actividades grupales.

La exabogada de El Chapo describió públicamente las condiciones del penal con una frase que resume la lógica de ADX: “Ahí come, ahí duerme, ahí se baña.

No sale de esas cuatro paredes”.

El Mochomo vive bajo Medidas Administrativas Especiales, conocidas como SAMS, restricciones reservadas para internos considerados amenazas de seguridad nacional.

Sus llamadas pueden ser bloqueadas, las visitas son mínimas y toda correspondencia es monitoreada.

Desde su llegada a Colorado no existen declaraciones públicas de familiares, abogados ni registros de nuevos recursos legales activos.

El silencio alrededor de Alfredo Beltrán Leyva es casi total.

 

Alfredo Beltrán Leyva: desde sus inicios con 'El Chapo' hasta la caída de  una mafia de hermanos | N+ Univision América Latina | Univision

 

Especialistas en psiquiatría penitenciaria han advertido durante años sobre los efectos devastadores del aislamiento extremo.

Estudios realizados en prisiones de máxima seguridad documentan cuadros de ansiedad severa, depresión crónica, deterioro cognitivo, paranoia e insomnio persistente.

Organizaciones de derechos humanos han denunciado que el confinamiento prolongado puede provocar alteraciones neurológicas irreversibles.

Aunque no existe información oficial sobre el estado de salud de El Mochomo, reportes relacionados con otros internos de ADX Florence, incluido El Chapo, describen hipertensión, dolores crónicos, problemas de sueño y deterioro psicológico progresivo.

“El aislamiento destruye lentamente la identidad del preso”, concluyó un estudio psiquiátrico sobre confinamiento solitario prolongado.

Hoy, a los 54 años, Alfredo Beltrán Leyva permanece reducido a un número de registro dentro del sistema federal estadounidense.

Afuera, el imperio criminal que ayudó a construir quedó fragmentado: Arturo Beltrán Leyva murió en 2009; Héctor y Carlos fueron capturados; nuevas facciones disputan el control del narcotráfico mexicano mientras el negocio del fentanilo redefine el mapa criminal.

Dentro de ADX Florence, en cambio, nada cambia.

El mismo concreto.

La misma luz artificial.

La misma puerta de acero.

Y junto a su expediente, donde alguna vez existió la posibilidad de una fecha de liberación, solo permanece escrita una palabra: life.